La semilla de la creatividad

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La capacidad de crear es una virtud necesaria de la naturaleza. En el ser humano, esta habilidad se exacerbó, como sucedió también con otros cuantos atributos que se encuentran presentes en otros seres del universo, principalmente y por necesidad de origen, en mamíferos. La creatividad tiene que ver con la posibilidad de generar algo nuevo, aunque la mayoría de las veces la novedad no sea más que el reordenamiento de objetos (materiales o ideales) anteriores. Una de las claves radica en la transformación que se produce en esos viejos elementos cuando se los reorganiza. Transformación que por determinista no implica linealidad y que permita que aparezcan, lo que en las ciencias del caos y la complejidad se denominan, “propiedades emergentes”.

Stephen Wolfram es un científico del caos que se dedicó a la clasificación de unos formalismos conocidos como “autómatas celulares”. Estas estructuras se encuentran entre los objetos matemáticos más simples que, a su vez, permiten generar comportamientos verdaderamente complejos. Estructuras impredictibles que poseen claramente el germen de la complejidad, esa que nos rodea y nos permite ser creativos. ¿De dónde viene la maravilla del Universo? No conocemos la respuesta metafísica, pero podemos hipotetizar que la Naturaleza, en su creatividad manifiesta, utiliza algunas clases de procesos similares a los que muestran los autómatas celulares. Procesos que utilizando la mínima simplicidad genera la máxima complejidad.

Los automatas celulares son estructuras conformadas en forma de grilla de una sola dimensión.  Podemos imaginarlos como un renglón de una planilla de cálculo como el excel. Pero este renglón tiene una particularidad y es que sus bordes se tocan, es decir la celda 1 se comunica con la última al final del renglón. Son en alguna medida circulares. Cada una de las celdas puede tener dos estados posibles, blanco o negro o bien 1 o 2 o cualquier otra dicotomía que se les ocurra. El estado de cada celda, blanco o negro, por ejemplo, se define a partir de una regla en la que se toma en cuenta el estado de sus vecinos. Para ello, por tanto, es necesario definir una vecindad, es decir una cantidad de celdas que rodean a ego y que son las tomadas en cuenta para actualizar el estado de ella. Las reglas pueden ser muy sencillas. Tomemos por ejemplo una vecindad de dos, es decir una celda a la izquierda y otra a la derecha de ego. Si las tres celdas son negras, entonces ego (siempre en el medio) pasa a blanca. Si ego es negra y tiene una negra a la izquierda y una blanca a la derecha, entonces ego se transforma a blanca. Si ego es blanca y tiene a izquierda y derecha celdas negras, entonces ego permanece blanca. Si ego es blanca y tiene a la izquierda una negra y a la derecha una blanca, entonces ego cambia a negra. Si ego es negra y tiene a la izquierda una blanca y a la derecha una negra, entonces ego queda negra. Si ego es negra y tiene a izquierda y derecha celdas blancas, entonces permanece negra. Si ego es blanca y tiene a izquierda una blanca y a la derecha una negra, entonces se vuelve negra.  Si ego es blanca y está rodeada de blancas, entonces sigue blanca. Podrán notar la hermosa simetría de las reglas, que se enredan y concatenan con perfecto ritmo poético. Esta regla sencilla se itera y reitera, una y otra vez, para cada una de las celdas, como una canción, un mantra o una letanía prodigiosa. Un ejemplo del patrón gráfico de esta regla ilustra el texto; puede observarse la extraordinaria complejidad en su manifestación plástica.

Pero ¿para qué sirve o qué ilustra ese claro objeto del mundo platónico?. Por lo pronto puede comprobarse que esas reglas que acabamos de dar, reiteradas, poseen computación universal, es decir que pueden realizar todos los cálculos posibles, cualitativos y cuantitativos, lógicos y matemáticos. Al mismo tiempo funciona como un generador de números pseudo aleatorios, una herramienta muy importante para la informática. Pero lo más importante y que emociona hasta la piel es que puede ser una de las claves de la belleza del Universo, de la generación de lo nuevo, en definitiva del milagro de la creatividad. Tal vez allí radique la semilla de los atardeceres multicolores, de las luminosas redes que conforman nuestro cerebro, de los olivares y “la hermosura de los troncos retorcidos” o del patrón gráfico que se dibuja en la piel del leopardo.

Stephen Wolfram, en su exhaustivo estudio de los autómatas celulares la bautizó con el número 30, en acuerdo a una clasificación que creó ex profeso. Sobre ella dijo que es la cuestión más sorprendente del mundo científico: “…Me di cuenta que allí está la clave del que probablemente sea el mayor misterio de toda la ciencia: de dónde viene, al final, la complejidad del mundo natural”.

  • aurora ferrari

    El tema es atractor. Y esta forma de contarlo, apasionante.