A Mamá

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La sala Apacheta celebra sus diez años con una renovada versión de A mamá, segunda parte de una Orestíada vernácula. Teatro visceral y brutalmente auténtico, bello en toda su sordidez. 

 

Hay rituales que se repiten hasta el hartazgo como la cena familiar de fin de año en cualquier casa del Conurbano Bonaerense o el afán (no siempre acertado ni lúcido) de revitalizar los clásicos del teatro universal. Juntar esos dos gestos en una misma propuesta resulta una empresa, por lo menos, riesgosa,  un movimiento absoluto y violento que tiende a golpear fuerte, a generar una serie de sentidos, otros, extremados, insolentes.

A mamá (la nueva puesta de aquella que inauguró la Sala Apacheta y que ahora vuelve renovada para los festejos de los diez años de existencia y de supervivencia en la siempre difícil escena independiente)  es una versión vernácula de Las Coéforas, segunda parte de La Orestíada° de Esquilo, trilogía que se completa con Agamenón (primera parte) y Las Euménides (tercera parte), y es definida a partir de una “poética del desborde” que utiliza el grotesco como un procedimiento de búsqueda actoral. En ellos, en los actores, se centra la tensión de la trama, esa trama ya conocida (Orestes vuelve a la casa materna para vengar la muerte de su padre)  que nos llega de lejos en los nombres de los protagonistas (Orestes, Electra, Crisótemis, Egisto y Clitemnestra) que se mantienen para generar cierto extrañamiento al alejarse de su lugar originario y acercarse a una noche (cualquiera) de año nuevo bonaerense. En ese desplazamiento, en esa distancia estética se instalan los cuerpos que cargan con el peso (mítico, narrativo, trágico) de sus nombres y se desenvuelven con una ferocidad arrolladora en ese nuevo ámbito que se manifiesta siniestro y, a la vez, absurdo.

Durante la cena, la última cena (del año, de algunas vidas) la imposibilidad de decir de Electra ( Iride Mockert), la duda y el deseo de venganza de Orestes ( Gabriel Urbani), la voluntad conciliadora de Crisótemis (Clarisa Korovsky) y la perversidad  de Egisto ( Aldo Alessandrini) y Clitemnestra ( Paula Fernández Mbarak) se verán traducidos en los cuerpos, en las formas de comer, de moverse ,de animalizarse, de interpelar al otro. Ese otro interpelado es, en muchos momentos de la obra, el propio espectador, que se sentirá perturbado en su estancada seguridad  para irse después lleno de preguntas y lleno de imágenes que tardará en olvidar.

A mamá, del Colectivo de Investigación Teatral Apacheta (CITA), es excesiva, extrema, revulsiva pero también bella en toda su sordidez. Permite pensar en las posibilidades de actualización de un clásico y en su anclaje en el hoy que (más allá de la pelopincho, el asado y la Quilmes)  revela cierta atemporalidad de los conflictos. También  en el deseo de los artistas que siguen apostando a un teatro de calidad, visceral y brutamente auténtico.

 

 

 

° La Orestíada fue escrita por Esquilo en el año 458 A.C. Se trata de una trilogía ligada (que desarrolla un único argumento mítico). Estos tres dramas cuentan el destino funesto de la Familia de los Atridas: El retorno de Agamenón tras la Guerra de Troya y su asesinato por parte de su esposa, Clitemnestra, y su primo, Egisto; la venganza de los hijos de Agamenón (Electra y Orestes) y la persecución que sufre Orestes por parte de las Eriníes que quieren vengar la muerte de su madre.  En la trama resuenan dos hechos anteriores que condenan la estirpe de Agamenón: Su padre Atreo asesinó a los hijos de su hermano Tiestes y luego se los ofreció en un macabro banquete. A su vez, Agamenón sacrificó a su hija Efigenia para conseguir vientos favorables para partir hacia Troya.