Samurai

0
8

Después de El desierto negro o de Aballay era de esperar que siguieran los ecos en la producción de historias en cruce entre la literatura y el pasado histórico de la Argentina del siglo XIX. La Pampa y sus criaturas, más allá también, y sus gauchos castigados por la guerra, hombres llevados a la leva, caballos robados en planicies.

La historia de la segunda película de Gaspar Scheuer (El desierto negro) que se presentó en competencia argentina del 27º Festival de Mar del Plata es de por sí rara: una familia japonesa escapa de la persecución a los samurais implementada por el Emperador en 1876, uno de ellos Saigo Takamori, el lider de la rebelión samurai, entra en la leyenda cuando se dice que viaja a tierras lejanas. Esa extrañeza va a durar toda la película. El contraste entre el joven Takao, el mandato que le deja su abuelo de buscar al mítico Saigo, y el gaucho sin brazos (algo de Aballay tiene) que luchó en la Guerra de la Triple Alianza, que deja a su familia por pendenciero y mal llevado, es tan grande que nunca termina de zanjarse.

Samurai es una ficción abordando otra ficción que es la Historia. En el transcurso, la película no puede definir los límites y termina sin aportar alguna cosa comprensible ni creíble, dos personajes a la deriva por un territorio desconocido, al menos para uno de ellos, el gaucho engañador y el joven japonés ingenuo e idealista. Una comparación histórica fallida entre esa tradición milenaria (marcada por la admiración de un émulo de Mitre) y el gaucho tullido, por ejemplo, dos rebeldes fracasados, fagocitados por las fuerzas del poder en plena constitución de los estado-Nación.

La película de Scheuer transcurre en Argentina, decada del 70 del 1800, terminada la guerra del Paraguay, y en la previa de la llegada de los inmigrantes. Tiene una fotografía estimulante que juega con el blanco y negro, el monocromo o el color pero que no termina de contagiar ese estímulo hacia algo más vital o más intenso en la historia que relata, quedándose en una superficie lo bastante opaca como para que quede gusto a insuficiente.