Mondongo, el regreso y con paisajes

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Vetas románticas en la nueva muestra del grupo Mondongo, en el MAMBA.

Terminaba el siglo XX y el filósofo, poeta, asiduo bloguero y profesor de estética, Rafael Argullol, se preguntaba si el Romanticismo había dejado de estar, alguna vez, de actualidad. La respuesta a su propia pregunta la expresó en estos términos: “Sí, (dejó su actualidad) en cuanto a forma o lenguaje, pero nunca en otro sentido más profundo, más civilizatorio”. Con los ecos de esta idea en la cabeza me enfrenté a la obra de Mondongo –que a partir del 2 de junio se abrirá al público en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires-, y me planteé si en realidad no estábamos viviendo una vuelta a ese lenguaje. La elección del paisaje por parte de estos artistas no me resultó casual. Al menos me vino como anillo al dedo para desarrollar lo que desde mi punto de vista tenía que ver con aquella mirada simbólica de la naturaleza.

¿Cuál es la relación que se puede encontrar entre este grupo artístico, famoso en su realización de retratos  monumentales de materiales diversos y nada convencionales, con ese lenguaje que a fines del XVIII y principios del XIX que se materializó, por ejemplo, en los paisajes de Friedrich, Turner o del norteamericano Thomas Cole? En aquellas plásticas, luego de atravesar las mieles del Renacimiento y de las Luces, los artistas reflejaron en sus obras aquella sensación de finitud que los invadía.  El hombre reconocía su escisión con la naturaleza, se sabía diminuto, insignificante y vulnerable frente ella. Su optimismo antropocéntrico, su fe en la Razón, se había desmoronado como un alud.

En estos dos siglos y algo más de aquel derrumbe, la humanidad al parecer pudo recuperarse de aquel sentimiento de inferioridad y arremetió con todo. La naturaleza fue abusada y la tecnología propició la creación de productos que desvinculan por completo, una vez más, al hombre de la naturaleza. Sólo trabajos como los de estos artistas nos sacuden y movilizan –en buena hora- por la culpa, la duda y la inseguridad o la seguridad de que la Razón, y su actual hija dilecta, la Tecnología, no lo explican todo. Y la angustia de saberse responsable es canalizada por quienes rescatan las imágenes de aquella naturaleza primitiva, no violentada, salvaje y, por supuesto, tan estimulante como tenebrosa.

Mondongo, reitero, elige en esta vuelta a las salas argentinas el paisaje. Un paisaje “a lo Mondongo” atravesado por este sentimiento romántico. De alguna forma son también las palabras de Kevin Power, curador de la muestra, cuando en su texto explica: “Sus versiones  nos sobrecogen  y nos trasmiten sensaciones de pavor y de asombro, de misterio y espiritualidad: toda una serie de emociones ante el complejo tejido de tensiones del mundo”. Y es así como en cuarenta y cinco metros de paisaje trasmiten “el drama latente de la naturaleza (…) la impresión inmediata de algo no simplemente visto sino sentido”.

La génesis de esta nueva serie, que rescata lo pictórico a través de grandes estructuras de madera y alambre, “pintadas” con plastilina, fue un viaje que la pareja Mondongo (Juliana Laffitte y Manuel Mendanha –ya sin Agustina Picasso-) realizaron al campo de un amigo  en Entre Ríos. Allí quedaron impactados por la virginidad de gran parte de este campo en el que se podía apreciar como asegura Power “la putrefacción fecunda de la vida vegetal (…) las señales de muerte y renacimiento tras las devastadoras y frecuentes inundaciones.” Así y luego de cuatro años de trabajo, se concretó esta indivisible serie de impactante realismo, sensación acentuada por el gran tamaño de las obras y la tridimensión obtenida a partir de los materiales empleados.

Una cárcava profunda que exhibe las enroscadas raíces de los árboles (algunos ya secos, enmohecidos o abarcados completamente por las epífitas); un enmarañado conjunto de arbustos, el estuario pantanoso de un río….rodean al espectador ni bien entra a la sala. Invitan a entrar, sacan a la luz los instintos exploratorios, pero al mismo tiempo algo nos alerta acerca de los peligros de una naturaleza indómita. Seductora, atrapante, y con la mencionada cuota de nostalgia por el lugar originario ya perdido. La presencia del hombre, por su parte, está sugerida por algunos elementos que se deben descubrir en la maraña de la vegetación: una oreja, un cetro chañá, un par de zapatillas, un helicóptero, unas calaveras. Solo la diminuta figura de un hombre en uno de los cuadros confirma su presencia, pero aun así nos permite hablar -aquí también- de una desantropomorfización del paisaje, algo tan característico del Romanticismo. El personaje en cuestión, contará Juliana, es real y vive en ese sector del campo desde hace décadas sólo acompañado por diez perros, avalando, de esta forma, el estado primigenio de esas tierras.

Fuera de allí, a metros de la salida del museo, una de las tantas avenidas de la ciudad porteña nos envuelve con el ruido de sus motores, con gases contaminantes, con urgencias, vértigo, escasa naturaleza y abundante cemento… un escenario que se contrapone enérgicamente a la sala con los paisajes de Mondongo. Quizás sea un nuevo signo de este romanticismo contemporáneo, la seducción que ejercen estas obras y que nos invitan a  permanecer unos cuantos minutos sumergidos, extasiados, en la necesaria contemplación de un gran paisaje…..de plastilina.

La muestra –más allá de que esta nota se detiene en los paisajes- incluye también, y bien vale mencionarlo, otra sala con retratos realizados por el grupo, género en el que siempre se ha sentido a sus anchas. Uno de ellos es el del escritor y sociólogo argentino Rodolfo Enrique Fogwill, quien frecuentaba el taller de los artistas, realizado en hilo de algodón y otro de los más destacados, es el de los hijos de Fogwill, obra que constituye para Power “una especie de representación simbolista, schoenbergiana, altamente cinemática realizada en cera. (Donde los niños) Parecen salidos de una película de Bresson o de Dreyer, en actitud expectante, como sombras oscuras y sensibles, como figuras espectrales”. Esta sala convive además con un interesante torso de gran tamaño realizado con moneditas y unos más que sugestivos escenarios de túneles o construcciones medievales empotrados en la pared.

La exhibición ocupará dos salas nuevas  correspondientes a la segunda etapa de reinauguración del Museo.