Restos Humanos, por Álvaro Abós

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Tras las agotadas ediciones de Puntosur y la Urraca, la colección Extremo Negro de la editorial Del Nuevo Extremo, vuelve a editar Restos Humanos, de Álvaro Abós.

Para las crónicas rojas de la época y para las que le siguieron y siguen apareciendo: en el verano de 1955, el carnaval porteño se vio conmocionado por la aparición de un torso, de unas piernas y, finalmente, de una cabeza, desparramados en distintos puntos de la ciudad. Primero llegó la identificación de la víctima cuando el rompecabezas terminó de armarse en la morgue judicial: una mucama salteña de 27 años, Alcira Methinger. Luego, la del asesino: el vendedor de libros Jorge Eduardo Burgos. Una cicatriz en el hombro fue la palabra justa con que el cuerpo de la víctima denunció a su asesino y descuartizador. Apresado en Maipú, en el tren que lo llevaba a Mar del Plata, Burgos habló y así lo relata Álvaro Abós en la crónica que escribió para una revista dominical en febrero de 2006:

“Conocía a Alcira desde el año 1944, cuando ella, recién llegada de Salta, alquiló una pieza en el departamento de la familia de él. Cuando Alcira se fue de la pieza siguieron viéndose. Burgos, con la verborragia propia de las homicidas que confiesan, siguió así su relato: discutían porque ella quería “concretar” y él dudaba. Durante febrero, la familia Burgos se había ido de vacaciones a Necochea. Jorge Eduardo quedó solo en su casa. Burgos narró los paseos de la pareja durante aquel verano. Las visitas al departamento. La discusión, aquella noche de febrero en Montes de Oca. La carta de otro hombre que él había descubierto en un libro que tenía Alcira en la cartera. La pelea feroz, los dientes de ella apretándole un dedo. La furia de él, que para desprenderse le aprieta el cuello, y la caída. El pánico, cuando se da cuenta de que ella no respira. El cuerpo desnudo de Alcira en la bañera, Burgos que se saca la ropa para descuartizarla. Las ocho horas que le lleva cortarla en pedazos. Los paquetes. Los viajes en colectivo para arrojar los bultos en distintos lugares.”

Los porteños siguieron hablando del caso meses después de la detención. Ahora, revista especializada en crímenes y noticias del espectáculo, era devorada por miles de lectores los martes y los viernes. La polémica entre los que defendían a la trabajadora provinciana y al porteño educado estalló, como meses después, 16 de junio de 1955, estallarían las bombas navales sobre civiles en la Plaza de Mayo.

El caso Burgos pasó al olvido. Sólo quedaron restos en la memoria colectiva y, principalmente, en la de un adolescente de 13 años llamado Álvaro Abós. Confiesa en una entrevista: “Mi padre al volver del trabajo traía La Razón y yo devoraba la contratapa, con los chistes e historietas, y las páginas de deportes y policiales. La aparición de restos humanos desperdigados por la ciudad causó conmoción y la prensa dedicó mucho espacio al caso. La ciudad se llenó de rumores y miedos: por ejemplo, se decía que había un asesino que mataba mujeres indiscriminadamente. Mi madre y mi hermana mayor tenían miedo de salir a la calle.” Luego en 1963, como preso político conoció el frío patio de la cárcel de Caseros y allí lo vio a Burgos: “era un hombrecillo adusto que daba vueltas al patio sin hablar con nadie”. Le nació entonces el deseo de escribir sobre el caso y en los setenta comenzó a investigarlo, leyendo la causa y hablando con testigos.

Pero en el encuentro definitivo con la escritura, en Álvaro Abós prevaleció el deseo de trabajar con y desde los restos, evitando así caer en la tentación de una reconstrucción non fiction del caso. Más provocativa, más opresora, Restos Humanos apuesta al desmembramiento como procedimiento estético. Un adolescente dirige la batuta que da entrada o corta sucesivamente las diferentes voces que van armando el cuerpo de la novela, casi con la misma avidez desesperada con que se buscó dar con el asesino ante la posibilidad de que se tratara de un asesino serial y con que se habló socialmente del crimen cometido. Un cuerpo mutilado habilita el horror al vacío; sus partes deben ser integradas; el todo restituido. Así lo deja entrever la novela en esa mezcla desaforada de relatos entrecortados, inconexos, con sujetos de la enunciación intercambiables, del comisario Ramocino (inspirado vagamente en el mítico Meneses), de los protagonistas de la historia del amor-odio (Jorge Burgos y Alcira Methinger), de la imaginación ferviente del adolescente que lo vuelve protagonista de una historia de atentado, amor y persecuciones (mezcla de Arlt y Puig), junto a un loco almirante, al delantero de Racing, Rubén Bravo, y a la actiz María Schell.

Entonces,  Restos Humanos violenta la historia del crimen a narrar, la vuelve imposible de ser contada de una vez; más aún, imposible de ser contada como resultado de una investigación policial o detectivesca. Y no simplemente porque el caso Burgos era conocido y entonces el misterio queda diluido como para atrapar con una investigación. Más profundo y consistente se devela el deseo que moldea la escritura hasta desmembrarla para estilizar el clima de oposición, desencuentro y violencia histórica que explotaría en el bombardeo a la Plaza de Mayo, sólo unos meses más tarde.