1982, Obertura solemne

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En épocas donde afortunadamente se ha revitalizado el debate político, 1982, Obertura Solemne se pregunta sobre sus posibilidades, sus alcances y sobre qué pasaría cuando tenés que sentarte en la misma mesa del que piensa distinto que vos.

Cuatro personas encerradas en un espacio común, cuatro discursos  enfrentados que se debaten su legitimidad. Belicosidad en tiempos de paz (¿En tiempos de paz?). Es como si  el autor  se hubiese preguntado (después de ese viaje en taxi compartido con un tachero ex combatiente de Malvinas, que funcionó finalmente como germen de la trama)  qué pasaría si cuatro posturas, más o menos ideológicas, más o menos políticas, chocaran en una situación aparentemente trivial, qué contradicciones revelarían, cuánta ignorancia, cuántas fisuras.

Se trata de una materialidad discursiva anquilosada, vertida en cuatro personajes que responden a ciertos estereotipos: el taxista fanático de Radio 10, la militante de izquierda, el artista que cree que no todo es política y el conciliador. En lo que dura la obra, la situación inicial (un domingo cualquiera, un taxista llega por una eventualidad a la casa de Martín que prepara una Obertura como la de Tchaikovski pero vernácula y su cuñado gay cree que ese testimonio podría serle de utilidad. Pero la novia de Martín empieza a preguntar demasiado)  irá virando hacia otras zonas y lo esperable se tornará incómodo, insoportable y nadie podrá quedarse en ese lugar donde, en principio, se había puesto.

Las posibilidades de diálogo verdadero parecen escasas. En el piso del living, entre otros libros, descansa una edición de Para una crítica de la violencia de Walter Benjamin. Si bien en el texto se habla desde la relación entre el derecho y la justicia, una cita nos resuena: “Hay una esfera hasta tal punto no violenta del entendimiento humano que es por completo inaccesible a la violencia: verdadera y propia esfera de ´entenderse´, la lengua.” Porque en la obra las palabras parecen romperse y lo que queda es una acción delirante y violenta. Se habla de Malvinas (de lo que se dice sobre Malvinas) pero también se va más allá: el tema termina siendo el enfrentamiento maniqueo de pensamientos irreconciliables que nos atraviesan como sociedad, esa obligación de estar de un lado o del otro de la línea imaginaria que divide los fundamentalismos posibles. Todo lo demás es leído como tibieza.

La verosimilitud de la escena es llevada al extremo: la escenografía aprovecha el espacio real  de la sala con sus puertas y su cocina visible, música en vivo, aromas que nos recuerdan situaciones vividas, silencios incómodos, frases escuchadas hasta el hartazgo y personajes creíbles aun (y quizás por eso) en sus lugares comunes. Es todo tan realista que en un momento deja de serlo para ser absurdo, delirio, grotesco.

En épocas donde afortunadamente se ha revitalizado el debate político, 1982, Obertura Solemne se pregunta sobre sus posibilidades, sus alcances y sobre qué pasaría cuando tenés que sentarte en la misma mesa del que piensa distinto que vos (Un saludo a la tía Marta que seguramente no me está mirando). Una obra incómoda que no da respuestas pero que obliga a cuestionarse, a pensar, a ubicarse o desubicarse en el decir y hacer cotidianos.

 

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