Curacó, agua de piedra

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Original poética y montaje para abordar la vida de Aníbal Ford.
Nos llaman de modo distante e imperativo, como para que estemos más expectantes de lo que va a continuar. Y sigilosamente, la habitación del protagonista nos espera en una penumbra donde el detalle se roba las miradas.
En una primera instancia, la instalación que retoma los viejos mapas y planes de Anibal Ford hacen que nuestro recorrido construya una cartografía personal de proyectos y paisajes aún desconocidos. Y si bien 2 actores nos guían, el compás de su voz testimonial sobre aspectos cotidianos de la vida nos atrapa y a la vez  guía nuestra mirada hacia dos pantallas con imágenes de la naturaleza en quietud y movimiento.
Tan solo fragmentos en un clima improbable que nos transporta a la siguiente habitación con todos los sentidos agudizados y preparados para el montaje escénico.
Curacó, agua de Piedra, no es una biografía sobre el co-fundador y profesor consulto de la carrera de Comunicación de la UBA, sino que es un recorrido, a modo de viaje, por sus propias aventuras y la de sus personajes literarios.
Sin una conexión causal, el relato se enlaza por la arbitrariedad y la utilización de objetos multifuncionales que originalmente se transforman en algo inesperado para dar paso a un sin fin de personajes, propios de nuestra pampa y quizás testigos del objetivo que en algún momento movilizó a Ford: el deseo de poder unir la región de Cuyo con el mar a través del Curacó, aquel río seco que cobijó sus aventuras.
Porque se puede navegar un río sin agua, la puesta en escena de Graciela Camino busca a través del cruce de lenguajes- como el video, la historieta y el teatro-  transformar un viaje en una aproximación a la memoria. La memoria como territorio anacrónico, de cruce entre pasado y presente y  de protagonistas y narradores.
Y todos estos procedimientos son aquellos que estructuran la puesta en escena para construir una poética original que la misma directora denomina” Road movie galponera”.
Al mismo tiempo la originalidad radica en el uso de la luz que focaliza en los detalles dejando el espacio casi en la penumbra para hacer de cada escena un cuadro donde la plásticidad de la imagen se torna coprotagonista del juego actoral. Y son los mismos actores quienes, en la difícil y perfectamente lograda tarea de componer varias historias a ritmo vertiginoso, van disponiendo los objetos para hacernos viajar por territorios míticos y a la vez reconocibles.
Curacó, agua de Piedra, tiene el gran mérito de hacer del detalle un gran relato. Porque una canoa, un collage de anotaciones y mapas, jaulas, e imágenes proyectadas, son fragmentos que se convierten en indispensables, cuando nos sorprenden por el sin fin de historias que pueden contar.
Y quizás, la posibilidad de recrear infinitamente los elementos es la clave de esta obra. Un mutante que, como la memoria, no nos deja de sorprender.