Cachafaz

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Tatiana Santana convirtió esta “tragedia bárbara en dos actos y en verso” en una pieza musical que destaca toda la potencia rítmica de la obra así como su fuerte aire carnavalesco, entre lo monstruoso y la algarabía. 

 

Entrar en el universo Copi es abrirse paso a un mundo con leyes propias donde un puto puede ser Dios y un malevo, rey, donde se puede morir y resucitar en un instante y donde (perdón, los susceptibles) Evita puede ser un travesti que huye de Perón. Aceptar esa excentricidad, esa desmesura, esa ficción que rebota en y fulmina la realidad,  supone situarse en un abismo para caer siempre un poco más hondo (otros abismos, el infierno, la incertidumbre). El lugar central  (tan merecido) que la producción de Copi ocupa hoy dentro de la literatura Argentina lidió duramente con la resistencia de los pacatos, de los guardianes del sentido (común, único, opacado), de los defensores de no sé qué autoridad o mandato. Es que su impronta es de liberación (social, sexual, literaria) y esa imposibilidad de cuadrar en molde alguno le valió varios resquemores, varios ninguneos.

De las once obras de teatro que escribió (por mencionar algunas: Eva Perón-1970- El homosexual o la dificultad para expresarse– 1971- La copa del mundo-1978- La noche de Madame Lucienne– 1978– Una vida inoportuna– 1985- ) sólo unas pocas nacieron en castellano, entre ellas Cachafaz– 1981- . Esa decisión no es arbitraria ni casual porque supone una vuelta (una revuelta) a ciertos géneros netamente rioplatenses: el sainete criollo, el tango y, sobre todo, la gauchesca, mezclado con el panfleto revolucionario y la tragedia clásica. Escrita en verso con un lenguaje revulsivo y escandaloso, la pieza traza una línea que va desde “Todo bicho que camina va a parar al asador” hasta “El comerse un bicho malo como lo fueron ustedes no tiene nada de malo, es muy decente. Mastique quien tiene diente.” De Martín Fierro a Copi cambia el código del hambre y ya no hay posibilidad de reconciliación. Hay que comerse a los milicos (literalmente), hay que comerse al estado (al poder del estado) antes de que él te devore vivo. La antropofagia como revolución.

En un conventillo medio mundo de Montevideo, Cachafaz y la Raulito intentan sobrevivir al amor a pesar del hambre y de la moralina de las vecinas. Se debaten el mote de puto (“Más no te me des de guapo porque aquí el puto sos vos”) y juegan en una ambivalencia que descree y subvierte los géneros (sexuales, literarios). La policía llama a su puerta por el robo de una butifarra y otros tantos robos menores que convierten al amante en un ladrón de poca monta. Pero ese estatuto cambiará cuando Cachafaz se ponga al frente de una revolución de la carne, matando milicos para alimentar a todo el barrio. De ladrón a héroe, de matrero a líder.

Tatiana Santana convierte esta “tragedia bárbara en dos actos y en verso” en un musical que rescata toda la potencia rítmica de la obra. La música en vivo que combina candombes y algunas milongas refuerzan el aire carnavalesco donde  lo monstruoso se enlaza con la fiesta y la algarabía. La lectura y una reconstrucción acertada de ese desierto que resultan las pocas acotaciones escénicas del texto le permitieron concretar una escenografía y una caracterización de los personajes que destaca toda la sordidez y el escándalo que nos propone el autor.

Las maravillosas actuaciones de Emilio Bardi (Cachafaz) y de Claudio Pazos (La Raulito) deambulan entre la atrocidad y la ternura, entre el lodo y la belleza poética. Permiten ver (si es que queremos y podemos mirar más allá de la grosería y la crudeza) las bondades de un amor libre, de un pueblo libre, de un teatro libre.

Vayan a ver Cachafaz para olvidarse de las certezas, para caminar sobre la cuerda floja del sinsentido o los múltiples sentidos, para llenarse de preguntas.