La vi mutar, Natalia Rodríguez Simón

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“El infierno son los otros”, afirma Jean Paul Sartre. Si bien, la relación con aquellos que nos rodean siempre tiene sus dificultades, para Vito, el protagonista de La vi mutar, el conflicto se agrava porque se origina en su familia, con sus padres, y alcanza a todo el pueblo de Los Álamos. Si agregamos que Vito es un nene que en vez de jugar, mirar televisión o ir a la escuela tiene que enfrentar a adultos crueles y poco comprensivos, a hombres búho y a mutantes que parecen salidos de una película de terror clase B, entendemos por qué la frase de Sartre se actualiza en cada página de la nouvelle.

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Natalia Rodríguez Simón es una joven narradora que concurre al taller de Alberto Laiseca, y La vi mutar es su primer libro publicado que, además, sorprende gratamente por varias razones. La primera, sin dudas, es haber logrado mantener a lo largo de todo el relato la voz del protagonista, una voz infantil que se transforma en el gran acierto del texto. La segunda es haber narrado una historia con elementos fantásticos, maravillosos y de ciencia ficción que sea creíble y, precisamente, es creíble, a causa de quién la cuenta.

Vito, entonces, vive en Los Álamos, un pueblo en el que hay un laboratorio que realiza experimentos peligrosos y en el que poco a poco muchas mujeres se transforman en mutantes, incluida la madre del protagonista. Hasta acá parte del argumento; sin embargo, lo original está en la mirada que percibe estos hechos, una mirada que responde a la concepción del existencialismo sartreano.

Sartre considera que el hombre está condenado a ser libre porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace, pero también en ese mundo hay otro que se hace presente de un modo manifiesto en la experiencia de la mirada, que es la experiencia fundamental en la comunicación. Vito construye el mundo desde su propia mirada; es más, no tenemos otro punto de vista en la nouvelle que no sea el de él. Todo lo que sabemos, lo sabemos a través de este chico que se enfrenta solo a algo que lo excede desde el principio: él relata las mutaciones; nos “traduce” los diálogos entre los adultos; nos explica lo que él entiende sobre lo que lo rodea –como si nosotros también fuéramos chicos que necesitáramos que nos aclare, por ejemplo, que “un velatorio es una reunión que se hace en un lugar que está para eso, para que todos nos podamos despedir del muerto”–; y nos describe hechos que suponemos más terribles y más sórdidos porque nos llegan desde la inocencia.

Cuando sentimos que alguien nos mira, agrega Sartre, sentimos que estamos delante de un ser con el que podemos contar, o al que nos vamos a oponer. De cualquier manera, esta relación con el otro siempre es conflictiva. En La vi mutar, Vito se vincula con sus dos amigos Julieta y Guille, por un lado, y con los adultos, por otro, pero es esta segunda relación la que domina todo y termina anulando la primera. La mamá del protagonista es una mutante y ya no puede hacerse cargo de su rol; el padre está ausente y, cuando está, no escucha a su hijo, no lo contiene, no se interesa en lo más mínimo ni por sus necesidades primarias; la policía es corrupta; y el resto del pueblo se transforma poco a poco en una horda de inadaptados que ejercen toda su crueldad sobre Vito, que lo cosifican –como también diría Sartre– para afirmarse en su propia fuerza.  En medio de estos adultos, solo surge como una ayuda la abuela de Guille que aparentemente sabe la verdad (es una especie de mentora que desde su lugar guía aVito), pero que tampoco puede hacer nada. Es inquietante que una anciana y un chico sean casi los únicos con sentido común en un pueblo lleno de verdades ocultas.

Volviendo al tema de la mirada, Vito ya está en desventaja desde su misma estatura –todo lo observa desde abajo–, y entonces el médico que lo cura es un “gigante” y los policías que visitan la casa de Guille son “enormes”. Su pequeñez lo hace frágil y lo transforma en un antihéroe a la manera de los personajes de los relatos de iniciación. Este nene emprende un camino hacia la verdad, un camino en el que lo acompañan ayudantes (Julieta, Guille, su hermana), pero en el que también encuentra fuertes oponentes, todos adultos que lo golpean física y espiritualmente, que le van dejando huellas y que lo hacen crecer a la fuerza. Esos otros también lo miran, perciben que está ahí, pero no hay comunicación posible.

En su camino iniciático, Vito nace en un pueblo en el que “todos los días eran de tortas y de caramelos, de juegos y de calor”, pero hacia el final ya es “grande” porque transitó el dolor, la soledad, las experiencias límite. En este sentido, están excelentemente narradas la escena en que Julieta y el protagonista intentan rescatar a las mutantes y se enfrentan con el cuidador, aquella en la que Vito come una cucaracha y la que transcurre con un extraño en el tren. Son altamente simbólicas porque están contadas desde la elipsis, y en lo que no se dice está lo grave y lo siniestro.

Como si lo anterior fuera poco, la nouvelle logra además descripciones surrealistas donde el sueño y la irracionalidad configuran imágenes que parecen salidas de un cuadro de Salvador Dalí o de René Magritte: “Explotó una vena de la tierra y sangró muchísimo”, “Me abrazó uno de mis demonios, pensé, y una rata se nos quedó mirando un rato […]. Todas las arañas, todos los murciélagos, todos los muertos”. Cuando como lectores creemos haber llegado a una certeza, el texto nos desorienta y nos muestra que es muy poco lo que sabemos, que todo es ambiguo, que la realidad no es más que una construcción a partir de aquel que la percibe.

Difícil de encasillar, como mucha de la narrativa actual, La vi mutar presenta una historia original y con entrecruzamientos más que interesantes que configuran un texto que no ofrece una lectura unívoca y que en cada página nos hace cuestionarnos nuestras certezas. En algún punto, nos remonta a Holden Caulfield, el antihéroe de El cazador oculto, paso previo para identificarnos con Vito y sentir que algo de lo que a él le pasa también nos pasó a nosotros.

  • Muy buena la lectura de La vi mutar, muy interesante la vinculación con lo sartreano.
    Muchas gracias

  • Adriana

    Gracias a vos, Luis. Fue un placer leer la novela y comentarla.