Trilogía Argentina Amateur

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La patria fría, Al servicio de la comunidad y Después del aire° constituyen un tríptico nacional que indaga la relación (siempre conflictiva) entre política y espectáculo en tres momentos cruciales de la historia argentina. 

 

Tres obras tres. Un tríptico de la argentinidad (al palo). No son relatos históricos sino que la historia atraviesa cada relato como (parafraseando a los autores) un fantasma que ya no asusta y hace reír aunque nos siga pareciendo siniestro. Esa síntesis entre los fantasmas del Rey Hamlet y el  de Canterville desemboca en una materialidad discursiva múltiple, compleja, ramificada en tiempo y espacio, en una arquitectura diversa, itinerante, en una épica de los derrotados. Es la Argentina a la que le crecen los enanos, es la Argentina con su Hamlet vagabundo y desdentado, con sus opas, con su delirio, con su cárcel eterna de la que es imposible escapar.

Tres obras tres y un mismo dilema: la conflictiva relación entre el espectáculo y la política. Los tironeos, los boicots, las intervenciones, la bravuconada, el poder,  la traición, la bipolaridad maniquea (siempre, ayer y hoy) aparecen allí, en el mismo lodo, todos manoseados. En La patria fría, un circo decadente se disputa el público con la “Perona”. El tren solidario de Evita se aproxima a Basalvilbaso, un pueblo perdido del interior, y capta al hipotético público de la función, lo que provoca la indignación, la ira de los artistas y revela conflictos internos. Al servicio de la comunidad plantea la irrupción en los festejos del Centenario (1910) por parte de un grupo de vagabundos que reniega de la mendicidad (necesaria para la política de empréstitos) para formar un grupo filodramático y así montar una versión criolla de Hamlet. El arte por sobre la política, el arte (aun en su precariedad) lo es todo. En Después del aire, el conflicto nace cuando la hipocresía política se cuela en el interior de una compañía de radioteatro que se debate entre el drama gauchesco y el melodrama afrancesado, entre el autoritarismo disfrazado de nacionalismo a ultranza y los restos de una democracia vapuleada, en plena Década Infame. Una similar estructura que se dispara en el tiempo, en poéticas y en relatos autónomos, independientes pero que juntos, al hilo, permiten nuevas resonancias (y disonancias) de un germen que nos repite, que nos condena.

Tres obras tres y una veintena de personajes atravesados, en su fina y delicada composición, por los discursos de una época (de tres épocas furiosas, como todas). Palabras que dicen que no hay resistencia que pueda con el poder de la historia, personajes hijos de un forcejeo, de la locura de la patria. Se trata de seres menores, periféricos, reventados por el filo de la existencia, que reflejan en su hacer las peripecias del karma nacional. Como representantes de los vencidos, vemos discurrir en escena un crisol (también de razas, de racismo) de la marginalidad que resiste. Un payaso cooperativista, un funambulista borracho, un lanza cuchillos tuerto, un presentador autoritario y antiperonista, un ex enano, una contorsionista guaraní embarazada (La patria fría), un protagonista sin dientes, unas prostitutas frágiles y enfermas, una madama sin escrúpulos, un diputado y su padre terrateniente tan hipócritas como descarados (Al servicio de la comunidad), una opa con voz prodigiosa, una estrella disfónica, un locutor radical y desesperanzado, un jefe defensor de un confuso nacionalismo (Después del aire), todos hablando al unísono, con las voces del pueblo, con sus contradicciones y sus insólitos afanes.

Tres obras tres y un espacio que se desdobla, se divide o se agiganta, el interior y el centro, el adentro y el afuera  (del circo, de la casa de citas, de la radio y de la escena de cada obra en general), la escena dentro de la escena (el teatro dentro del teatro). Es interesante el juego que propone la Trilogía con la exposición  del coreto, del ensayo, de los fuera del aire como metáfora de la revelación de lo oculto, del corrimiento de las máscaras, de denuncia de las mentiras. Un espacio artístico que pretende mantenerse indemne pero que es invadido por el avance del afuera (a veces inerte, a veces fértil, siempre violento) que resuena como un eco imposible de callar.

Tres obras tres y la actualización de un género de raigambre nacional: el grotesco criollo que entra en diálogo con el sainete, con el radioteatro, con la tragedia. Un diálogo abierto hacia la tradición y hacia adelante. Si bien sólo La patria fría se define como grotesco ambulante, ese registro marca el ritmo de las tres obras que respetan la condición básica del planteo de situaciones cómicas que desnudan la realidad trágica. Obviamente con nuevos recursos, con un lenguaje fuerte y cruda ironía, La Trilogía Argentina Amateur señala la vigencia de un género al que es posible encontrarle nuevas aristas y nueva profundidad. La tragedia argentina llevada al absurdo, entre Discépolo y Shakespeare. Traición, huída, deseos de escapar, paternalismo, amor, fuego, frío, sangre, enfermedad, desquicio, esperanza. Y una gitana que nos grita la verdad, que presagia nuestro destino inevitable (como las brujas a Macbeth) pero a la que nos cuesta creerle porque la deseamos Casandra y preferimos vivir en esta dulce locura nacional.

La Trilogía Argentina Amateur puede verse los sábados en Apacheta Sala Estudio. No es descabellado presenciar las tres obras en una misma jornada, el tiempo se pasa volando entre la inteligencia y la belleza de las propuestas y el excelente nivel actoral. También se pueden ver de forma autónoma pero seguramente se quedará con ganas de más. Recomendar es  un acto un poco suicida pero a veces uno se tiene que jugar la cabeza por lo que considera insoslayable. Por eso se la recomendamos con ímpetu y fervor.

 

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