Breve ensayo sobre el olvido

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Tenía un montón de cosas importantes para decir aquí, pero por ser coherente con el título propuesto, me las olvidé. Así que no sé por donde empezar y sobre todo no quiero apelar a la memoria, porque de ese modo, estaría importunando al título y no es cosa de generar un conflicto con quien reina en la página apenas comenzado el ensayo. Mejor me escondo debajo de estos renglones y apelo al tema central del texto.

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Para no hundirnos en las profundidades y en las tinieblas de la desmemoria retomemos el concepto. Ya nadie recuerda, por ejemplo a los lotófagos, aquel pueblo que vivía en una isla a la que van a parar Ulises y sus amigos y cuyo principal atractivo era comer el fruto del loto y entrar así en el mar del olvido. Y cómo recordarlos si su mayor potencia era la de hacer desaparecer los recuerdos. ¡Lo que le costó al bueno de Ulises convencer a sus amigos de volver a Itaka!. Pero es que el olvido tiene un costado tranquilizador, es un opiáceo que nos sumerge en la tranquilidad de no recordar nada, ni lo bueno ni lo malo. Un estado neutro que ni siquiera activa la nostalgia de una antigua liberación de endorfinas.

El olvido no es omnipotente. Tiene una debilidad en su propio origen, en su propia significación. Una debilidad que, para nosotros, sujetos de ese cruel destino, es nuestra única arma contra la desolación eterna que nos acecha. Simplemente debemos aplicar la querida recursividad y un nuevo mundo aparece. Es decir, acordarnos de aquella vieja canción española, que aquí popularizaron Los Abuelos de la Nada y cantar su estribillo: “se me olvidó que te olvideeeeé, a mi se olvidooooó (…)”. El olvido del olvido genera la memoria y con ella comienza a ganarse la batalla contra la amnesia irreversible que nos propone el tiempo. Pero ojo, porque hay que saber detenerse en el momento justo. De otro modo uno podría caer en las garras del olvido que olvida que olvida y por lo tanto volver, ahora sí con la frente marchita, a no poder recordar nada.

La memoria, como contrapartida del olvido, es el resultado de un ejercicio. Por el contrario, el olvido es fácilmente contagioso y no tiene costo; aún más no tiene ningún gasto energético, podemos decir que es el ahorro perfecto. Su fundamento es básicamente el egoísmo, aunque ello no implica que no pueda expresarse socialmente. Los genocidios, por ejemplo, adquieren su potencia macabra del olvido generalizado de la sociedad donde ocurren. Los argentinos sabemos de ello y lo sabemos gracias a que un puñado de mujeres valientes decidieron hacer una causa de la lucha contra el olvido. Y pese a los obstáculos de un montón de desmemoriados que quisieron contagiar al resto del país su condición, triunfaron. O mejor dicho triunfan y vuelven a triunfar cada vez que ejercemos aquella Memoria.

El olvido no deja huella. Borra todos los rastros, altera las pruebas y reordena los signos. El juego que más le gusta es el de la confusión, el de la mezcla y el sinsentido. El de la aleatoriedad pura, no estocástica, ya que el determinismo no cumple ningún papel. El olvido es la expresión cognitiva de la entropía, el camino que eligió el destino para llevarnos hacia la muerte térmica a todo el Universo. En ese sentido la lucha contra el olvido es la lucha contra el propio destino y eso tiene, claramente, un carácter heroico.

Los humanos nos dimos la cultura, sin darnos cuenta probablemente, como una forma de asegurarnos la memoria. Como una manera de repartir las responsabilidades de su mantenimiento entre todos y no dejarla librada a la buena suerte de cada uno. Es por ello que en la cultura abundan los signos del pasado, del recuerdo histórico. Es por ello que allí se encuentra el acervo de la supervivencia, de la experiencia fallida o exitosa que sirve de recordatorio y guía para conocer que es lo que hay y que es lo que no hay que hacer frente a las vicisitudes que siempre depara el destino.
Pero ojo, por enésima vez, ojo. Porque el exceso de memoria puede generar rencor. Ya que al recordar y deformar una y mil veces y para siempre el hecho objetivo del pasado, vivimos en forma renovada aquel suceso. Vivencia que no sólo juega en la pantalla de nuestro pensamiento, sino que se manifiesta incluso con experiencias sensoriales; vuelve a doler o vuelve a dar placer, o si nos ponemos pavlovianos también volvemos a salivar y a ladrar.

Ahora sí, este ensayo llega a su fin. Por suerte y por definición ab initio rápidamente será olvidado, sus obviedades envueltas en un manto de piedad y guardadas en el arcón de los recuerdos inútiles.