La mujer justa, Sándor Márai

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La mujer justa se destaca como una reveladora indagación en las emociones y la psicología humanas y, al mismo tiempo, como el retrato de una cultura y de un momento histórico. Es un cautivante relato, que tiene como marco la sociedad burguesa de Budapest en la época de entreguerras, donde tres personajes narran su versión de una historia de pasiones que los involucra.

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La novela, entonces, se plasma a través de tres distintas miradas y el uso de la perspectiva, del punto de vista, resulta en este sentido un recurso fundamental. Este texto se estructura en tres partes; cada parte es contada por un narrador diferente. Marika, una mujer tan enamorada que ama más a su marido (Péter) que a su propio hijo. Péter, un hombre de una familia rica, carcomido por su amor hacia Judit, una mujer que no pertenece a su clase. Judit, una mujer pobre que ha sufrido las más aberrantes privaciones y que ve en su unión con Péter la posibilidad de conseguir aquello que la sociedad le ha negado.

Cada personaje le cuenta su versión, su experiencia, a un personaje que lo escucha, como puede ser un amigo o un amante. Y es en este monólogo ?ya que este segundo personaje interlocutor nunca interviene en la conversación, es solo un recurso literario? donde el lector puede sentir que la historia, en realidad, se la están contando a él mismo. Así el lector pasa a ser un privilegiado testigo de una trama fragmentada que adquiere fuerza y coherencia a medida que se van desarrollando cada una de las tres versiones que tejen este relato.

Las descripciones que realiza el autor son muy detalladas y le permiten conocer al lector cómo era cada aspecto de una familia de la alta burguesía de la época, como la de Péter. Por ejemplo, el guardarropa de esta familia es descripto como algo inconmensurable: alberga infinitos guantes para cada ocasión, corbatas de tantos colores como el arcoíris y zapatos que superan el espacio físico destinado a guardarlos. La casa se describe más como un museo donde se coleccionan objetos, que como un hogar. Allí cada integrante tiene un piso para sí mismo y los cubiertos de plata, la porcelana fina y la cristalería se guardan como si fueran reliquias y sólo se utilizan en ocasiones muy especiales. Pero las descripciones, tan bien logradas en esta obra, no se quedan en la superficie: no alcanzan solamente a pintar una época, una clase, el estilo de vida de los personajes y su aspecto físico. También se describen sentimientos y pensamientos con gran agudeza y profundidad, lo que deja ver en Márai a un sensible observador del comportamiento humano y de aquello que lo motiva. Por medio de las reflexiones de los personajes, de la narración de sus sufrimientos, sus esperanzas, sus miedos, sus decepciones, la condición humana es mostrada como frágil y contradictoria. Es a través de esta indagación en las emociones que constituyen lo humano como Márai construye sus personajes con maestría.

Por otra parte, en boca de cada narrador, se pueden leer poderosas reflexiones como cuando Péter define los celos como “una forma innoble y miserable de orgullo”, el amor como “egoísmo sin control” o cuando se pregunta acerca del deseo: “Y el sentimiento que empuja a un hombre hasta una mujer, ¿de verdad está dirigido a la persona? ¿Su objeto no será el deseo mismo, que a veces toma forma corpórea por un tiempo?”. Lo que hace pensar que esta historia se centra justamente en la eterna búsqueda de algo que nunca se consigue (y esto se observa, en alguna medida, en los tres personajes). Es decir, se muestra que el deseo nunca llega a ser satisfecho porque su objeto no es algo fijo: siempre está cambiando. O cuando es alcanzado, el personaje descubre que no era lo que había imaginado. Y así la mujer o el hombre justos siempre estarán en otro lugar y serán los que no se tienen.

La descripción del mundo visto por los ojos de Judit, la criada pobre de quien se enamora Peter, resulta potente y precisa. Ella, que ha pasado su infancia dentro de un hoyo con roedores en la tierra, muestra una percepción singular de todo lo que la rodea. Su relato ofrece impresiones sensoriales muy vívidas que enriquecen la narración. A lo largo de esta tercera parte de la novela, la presencia de los olores forma parte vital de los entornos que Judit describe.  Primero está el olor de su infancia, aquella que la ha marcado de por vida, pero cuyo olor rescata como algo más esencial y auténtico que el olor de los ricos: “… siento ese otro olor de mi infancia medio humana y medio animal, el cielo azul, el bosque humedecido por la lluvia y con olor a setas, el sabor de la luz del sol, que era como cuando tocas un objeto metálico con la punta de la lengua”. Luego está el olor a la guerra: el de las cloacas, los cadáveres, los sótanos, los vómitos, el aire viciado y la muchedumbre apretujada que contrasta con el olor de excesiva limpieza de Péter, un olor a heno enmohecido que le da arcadas a Judit y que él conserva aun en medio de la destrucción total. Es ese olor y la sonrisa imperturbable que lleva Peter, junto con su actitud cortés y amable, aún a pesar de haber perdido todo, lo que hace que Judit se de cuenta de que ella le ha podido quitar riquezas a los ricos, pero hay un elemento que va más allá de lo material, que ella nunca podrá asir. Así como los ricos nunca la llegarán a comprender a ella.

Esta obra también podría analizarse como una historia de contrastes, donde conviven la pobreza más devastadora y la riqueza más absoluta, la guerra y la paz, el amor y el desamor, la pasión y la frialdad, la entrega y la traición, los valores más tradicionales del estilo de vida burgués con la rebelión a estos mismos valores.

El rol que en aquella época desempeñaba la mujer en la sociedad es otro punto interesante para analizar en la novela. Para Marika, el sentido de la vida de una mujer es un sentimiento al que se entrega por completo, con todo su ser. Ella se refiere al amor por un hombre. En la segunda parte del libro, Péter dice que los hombres hablan de las mujeres como de “una tribu rebelde, que está controlada pero no rendida (…) conquistada pero no sometida”. Luego también observa que la mujer siempre está en venta, y confiesa que le resulta triste asistir al constante pavoneo y coqueteo de las mujeres, a quienes, por otra parte, no les queda otro remedio, ya que no tienen acceso a las profesiones liberales, por lo que deben depender de un hombre. Y finalmente, sentencia: “Para la mujer (…) solo hay una patria de verdad: el territorio que ocupa en el mundo el hombre al que ella pertenece”. La palabra “pertenece” en esta frase ya nos está indicando que la mujer era considerada casi como una posesión más para el hombre, según la visión de Péter.

Tal vez lo que algunos lectores podrían cuestionar de la novela sea cómo la conducta de cada personaje parece tener causas absolutamente transparentes, cómo todo tiene una explicación en esta historia y poco queda librado a la imaginación de quien la lee. Por un lado esto dota de profundidad y detalles al texto, pero por otro deja la impresión en el lector de que todo ha sido revelado y que no hay mucho por dilucidar. En todo caso, aquel que disfrute de la exploración de la psicología y alma humanas encontrará un gran deleite en la lectura de La mujer justa; sin embargo aquel que guste de llenar los espacios en blanco quizás pensará que este texto explicita demasiado.

Para concluir, se podría establecer que La mujer justa muestra una cultura que está muriendo (debido a la guerra y a las transformaciones sociales) y que no solo consiste en conocer las grandes obras, sino también en la forma de comportarse en un restaurante, por ejemplo, o en el hecho de conocer ciertas aceitunas rellenas. “La cultura, al parecer, se ve no sólo en los museos sino también en las casas de la gente”, observa Judit. Mientras que Péter sostiene que para el artista, la cultura supone una experiencia de vida, pero para el burgués es “el milagro de la domesticación.” Un proceso que se vincula también con el de la civilización, vista por Péter como la gran censura de los sentimientos y de los deseos, aunque la lectura de esta novela nos deje con la sensación de que domesticar al ser humano no es del todo posible.

 

Sándor Márai nació en 1900 en una ciudad húngara que hoy forma parte de Eslovaquia. Trabajó como editor y periodista. Con la llegada del comunismo, abandonó su país para emigrar a Estados Unidos en 1948. Márai ya era en ese entonces un escritor de prestigio, pero fue recién después de su muerte (en 1989) que su obra cobró mayor popularidad y reconocimiento a nivel mundial.