El modelo aéreo, Leonardo Sabbatella

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¿Qué espacios quedan vacíos cuando ya no estamos en el mundo? ¿Qué dicen de nosotros los objetos que nos rodean? ¿Qué queda resonando en el cotidiano? La primera novela de Leonardo Sabbatella, compone una cartografía que delinea todas estas formas. Una mirada explora íntimamente los ecos de la ausencia, como en un loop que resuena. Dejaremos el mundo y en él  nuestros rastros, relatos, nuestra historia. El modelo aéreo se construye sobre estas resonancias.

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Para retomar alguno de los hilos en la urdimbre de este modelo, le escribo a Leo, el autor –pero antes mi amigo– y le cuento que estoy escribiendo sobre su novela. Comenzamos un intercambio electrónico que, entre cuestiones literarias y personales, se vuelca hacia la atención de lo epistolar. Nos encontramos en un zigzagueo de registros, y sin darnos cuenta, empezamos a relatar los detalles de espacio-tiempo en el que escribimos: donde estamos, qué ocurre a nuestro alrededor y, sobre todo, qué objetos adornan y componen nuestra escena. Ese modo del registro, lúdico y puntilloso, es el mismo que inaugura El modelo aéreo, donde la escritura parece tomar la forma de ritual.

Hace poco me hablaron de la posibilidad de meditar mientras hacemos algo, una actividad que atrae la atención y la pausa, como cocinar, lavar la ropa, tejer o pintar. La suspensión como acto expansivo, como potencia creadora. Así parece construir Leonardo, sin intención aparente, su propio rito de escritura.

En la novela, dos recientes ausencias apuntan la historia. Dos muertos –el pintor y el profesor– dejan un espacio vacío, una posibilidad. La escritura avanza en un consciente ejercicio del lenguaje, que solo transita por la superficie como recorrido cotidiano que se resignifica, que retumba en eco.

En el puesto del canillita del barrio, hay un diario que sobra cada sábado,“ese que el pintor no va a necesitar”; el shampú anticaspa que usaba el profesor, “permanece intacto en un rincón del botiquín del baño, la etiqueta despegada se arruga en la punta”. Leonardo atiende a una descomposición de universos que quedan en desequilibrio. La etiqueta despegada en la punta tienta a la corrección, a la intervención en un espacio que ya no lo permite. Una especie de impotencia –o inercia– sutil bordea estos fotogramas de los restos de la ausencia.

La historia, múltiple, huidiza y por momentos inabarcable, es a la vez el detalle. La escritura es cinematográfica: planos cercanísimos seguidosde grandes panorámicas que arman el recorrido por los escenarios y personajes. Esta superficie de imágenes desplegadas es sostenida por un suelo mayor, un espacio de raíz más profundo.¿Hasta dónde se amplía nuestra existencia? ¿Hasta dónde en ese espacio que aun habita el otro seguimos, como en un efecto de resistencia, existiendo?

En los recuerdos de Pavel o Greta que retienen al pintor, la memoria es un dispositivo esencial, pero también, y casi fundamentalmente, lo son los objetos: portadores de una memoria sin persona, anónima, memoria del mundo.El modelo aéreo arma y desarma, en un ejercicio que desafía la amnesia.

Los personajes van y vienen; algunos solo se asoman una vez, en uno de los pequeños capítulos que construyen la novela, para armar el modelo. Son juegos temporales en donde hablan los objetos. Hay movimientos, silencios, pensamientos veloces, un sentido que se configura por fuera del lenguaje.

Pavel está en el subte, “la muerte del pintor todavía lo impresiona, cuando se acuerda de que ha muerto, siente que se lo dicen por primera vez. Siempre es como la primera vez”. Este es el gran gesto poético de la novela, donde condensa su magia.

En el espacio reflexivo que promueve el silencio posterior a la lectura, Leonardo alumbra sobre una pregunta más: ¿Qué es lo que importa de la literatura? El modelo aéreo nos invita a estar presentes, nos abre una mirilla hacia un modo de conciencia. ¿Una novela del existencialismo? No, el giro es otro. Se abren preguntas que apuntan a la presencia del lector, del escritor, casi al unísono. En este relato íntimo de un universo que apenas habla de sí mismo, hay que volver, desandar, escarbar, para descubrir ese modelo, que trasciende lo corpóreo.