Adriana Varejao en el MALBA

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Ver, disfrutar, a esta joven artista brasileña es, podría decirse, una experiencia completa. El espectador, además de valorar una técnica impecable, es parte de un aprendizaje, aquel que  nos impone un recuerdo difícil y que nos lleva a pensar sobre qué cimientos estamos, aún, parados.

Adriana Varejao, Historias en los márgenes

Tomé contacto con su obra hace apenas unos cuántos meses en el Museo de Arte Moderno de San Pablo, cuando viajé para la Trigésima Bienal. Antes no la conocía. Adriana Varejão, su nombre, sonaba como el de tantos artistas contemporáneos que en mayor o menor medida ansiaba conocer. En aquella oportunidad, en Brasil, y luego de horas de recorrer la bienal y descubrir cientos de obras, pensé que una visita al MAM iba a ser sólo una muestra más en relación a todo lo que venía viendo. “Te va gustar”- insistieron quienes me acompañaban en el viaje y ya la conocían. “Te va a gustar”… No se equivocaron, pero además hicieron que la palabra “gusto” se instalara y rebotara en mi cabeza trayendo a colación su antónimo “disgusto” como si fuera parte de un todo que agrada, provoca, sensibiliza, impacta… disgusta y gusta.

En una segunda oportunidad, hace apenas unos días en Malba cuando se inauguró la muestra retrospectiva de Adriana Varejão, “Historias en los márgenes”, volví a experimentar la muy placentera sensación de gusto y disgusto. ¿Cómo es posible semejante paradoja? Sin la intención de entrar aquí en las profundas cuestiones de la Estética y los análisis de Gerad, Hume, Kant o Burke, en relación al gusto o a lo sublime, me pregunté cómo me era posible mirar una obra de Varejão y fruncir el entrecejo, bajar el mentón (acción impulsiva frente a lo que me produce cierta repugnancia) y acto seguido sentir y concluir: “esta obra es maravillosa”.

Me pregunté también cuánto conocimiento previo necesitaba para comprenderla y llegar a la rápida aseveración de lo “maravilloso” y me bastó con observar a los otros espectadores que en esos momentos tenía a mi alrededor: había adultos que parecían entendidos en arte y otros que no, había jóvenes, mayores, muy mayores, y niños, que no esquivaban ninguna imagen. Dejé de lado cualquier atisbo de timidez y pregunté eligiendo al azar: -“¿Qué le parece?” La mujer levantó las cejas, respiró profundo y dijo: -“Es impresionante”. –“¿Le gusta?” Insistí. “No es bello, pero sí”, respondió firmemente. Más tarde me enteré que era jubilada, médica y que había sido llevada a la muestra por una amiga artista que andaba “por ahí”. Junto a nosotras un par de niños miraban, sonreían de manera cómplice y cuchicheaban acerca de aquello que estaban mirando. No me sorprendió, pocas cosas atraen a los chicos como esas…

La obra en cuestión, era  Língua com padrão sinuoso, de 1998: una fracción de pared revestida con azulejos que parece haber sido cortada de alguna parte, o quizás valdría decir desmembrada, ya que un interior de carne, órganos y sangre es lo que los azulejos revisten. Eso, en apariencia, porque en realidad se trata de un trompe l’oeil realizado en óleo sobre tela y poliuretano, sobre soporte de madera y aluminio, en un considerable tamaño: 200 x 170 x 57 cm. La forma semeja la de una pared con lengua –lengua como sustantivo- que cae y se enrolla un poco, haciéndole perder al azulejo toda su materialidad rígida. En el extremo opuesto de la sala, otras obras de la serie “Lenguas y cortes” provocan otras tantas sensaciones a los espectadores… Son lenguas que, como el portugués nativo de Varejão, recuerdan la herencia de una patria colonizadora; y que habla, además, de sangre derramada y de esclavitud.

La relación con Portugal, donde el arte del azulejo se desarrolló desde el siglo XV y hasta la actualidad, es inequívoca. Mucho más palpable en obras como “Figura de convite”, I y II, de 1997 y 1998 respectivamente, o en “Propuesta para una catequesis- Parte I díptico: la muerte y desmembramiento” de 1993. En estas piezas, de grandes dimensiones también, la cuadrícula de supuestos azulejos narra diferentes situaciones. En algunos casos los lienzos  son tajeados (en clara cita al artista Lucio Fontana) o lastimados más severamente, dejando ver -a través del corte- la carne que ocultan. En la primera obra, por ejemplo, una Venus parada en medio de lo que sería una arquitectura colonial, posa de manera ligeramente impostada, mientras sostiene una alabarda portuguesa medieval. Detrás de ella y de la balaustrada palaciega, se suceden situaciones de violencia: alguien es quemado, empalado o desmembrado.

Los azulejos coloniales también aparecen en obras como “Extirpación del mal por repugnancia” o “Extirpación del mal por corte”, ambas de 1994, donde lo condenable de la colonización se extrae con ventosas (reales y colocadas en el óleo) o se secciona mostrando el azulejo/carne operado sobre una camilla. En Tea and tiles II, de 1997, el azulejo está completamente fragmentado y participando de una instalación con sillas, mesas y algunos otros objetos blancos o pintados de forma tal que se integren al trampantojo.

En otras obras, los “Irezumis”, palabra que remite a una tradicional forma de tatuaje japonés –cultura de la que también se nutre Varejão-, paredes de cerámicos blancos son soporte de figuras humanas realizadas con piel animal; esta última está tatuada como una mayólica. Luego, los azulejos se abstraen a formas geométricas como en “Pared”, una instalación de 18 telas, o se convierten –con un extraordinario manejo de la perspectiva- en saunas y baños en los que tranquilamente se podría “entrar”, no sin antes percibir una cierta sensación de vacío o abandono.

En la última sala de la muestra, aparece otra marcada referencia a Portugal y a los platos de la fábrica de cerámica de Rafael Bordalo Pinheiro (1846-1905) quien se destacó por una abundante creación de vajilla decorada con formas de la naturaleza. Varejão los realiza en fibra de vidrio, los agiganta y los pinta mostrando la opulenta naturaleza de su Brasil natal. Los platos también están presentes, -sanos o rotos- soportando un gran lienzo de azulejos en Azulejaria de rodapé sobre pratos”, o conteniendo restos de óleos cortados en “Carne a la moda de Frans Post”, el primer artista europeo que pintó paisajes brasileños.

Al llegar al final, se produce el encuentro con una de las últimas obras realizada hasta ahora por la artista: se trata de “Panorama de Guanabara”, 2012, que recuerda los paisajes del maestro japonés Sesshu Toyo, con el agregado de unas piezas en resina con forma animal. Esta obra, de 5 metros y medio de largo, completa la retrospectiva ocupando gran parte del pasillo del segundo piso del museo.

Una vez finalizada la muestra, y más allá de los contradictorios sentimientos y sensaciones experimentados, comencé el recorrido una vez más. ¿Dónde está la fascinación por lo doloroso? Me alejo aquí de la idea de morbo que desarrolló Susan Sontag en “Ante el dolor de los demás”. No siento que sea eso lo que aquí sucede. Sí, en cambio, estoy más cerca de pensar el arte de Varejão como aquello que debemos ver para no repetir y, que la misma Sontag, analiza en su libro frente a las imágenes fotográficas de la guerra. Para la autora ese arte expone: “Esto es lo que los seres humanos se atreven a hacer, y quizás se ofrezcan a hacer, con entusiasmo, convencidos de que están en lo justo”.

Ver, disfrutar, a esta joven artista brasileña es, podría decirse, una experiencia completa. El espectador, además de valorar una técnica impecable, es parte de un aprendizaje, aquel que  nos impone un recuerdo difícil y que nos lleva a pensar sobre qué cimientos estamos, aún, parados.