Gabinete, teatro para un espectador

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Experiencia única e irrepetible entre un espectador y dos actores en la penumbra de un gabinete de escasas dimensiones. 

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Un  hueco atraviesa una pequeña pared (la cuarta pared). No hay otros ni punto ciego donde fijar la vista. La oscuridad abunda y cuando se hace la luz, no aparece del todo la certidumbre. Sólo los actores, sólo yo con mi “yo” aumentado al extremo. Los sentidos se potencian, también la paranoia y el estado de alerta frente a lo desconocido. Hay una historia, representada en cinco minutos y cuarenta y cinco segundos, y hay otras historias que se cuelan por algún agujero de la mente: la sensación de haberse convertido en el partener involuntario de algún mago con serrucho que procederá acto seguido a partir la caja en dos, o el miedo infundado a aparecer en cualquier otra parte o la pregunta sobre qué habrán experimentado los espectadores anteriores una vez que la puerta se cerró. Los relatos que giran alrededor del relato duran fracciones de segundo. No hay tiempo para más. En escena hay un artista que nos atrapa al vuelo para mostrarnos (sería mejor decir “mostrarme”) el dilema de su existencia, la lucha encarnizada con y contra su propio ego. Un instante de su vida que se une a un instante de la mía en la penumbra de un gabinete de escasas dimensiones. Un momento único, personal e irrepetible.

Gabinete, teatro para un espectador, que llega desde Chile por primera vez a Argentina, indaga sobre las reacciones individuales del público, lejos de la influencia de una masa que indique cuándo aplaudir, si reír o no o si arrojar abucheos hacia el escenario. Todo sucede en la proximidad más extrema: de los actores nos separan pocos centímetros de distancia y el mismísimo director (Felipe Rubio Morales) es quien nos recibe, nos explica las condiciones de lo que veremos y nos lee, mirándonos a los ojos,  un fragmento del Manual de urbanidad y buenas maneras para uso de la juventud de ambos sexos de Manuel Antonio Carreño Muñoz. Se nos dice, por ejemplo: “Son actos descorteses y groseros el conversar o hacer cualquier otro ruido en medio del espectáculo, llamar la atención de las personas inmediatas para pedirles explicaciones relativas al acto que presencian, reír a carcajadas en los pasajes chistosos de una pieza dramática, interrumpir en exclamaciones bulliciosas en medio del silencio general, y romper en aplausos inoportunos.” Esa lectura se convierte en una ironía pero también en una posibilidad de abrir el juego, de preguntarse sobre las formas (¿inagotables?) de la recepción y de la representación. Con un solo y único espectador que crea, que se emocione, que se fastidie, que goce, que piense, que aplauda, la escena es posible, existe, tiene entidad y razón de ser.

La obra (01 – Epicentro (Opera Prima), una versión libre de El canto del cisne de Chéjov),  termina cuando la puerta se abre y esa puerta que se abre es un universo que se cierra para siempre porque ni ellos ni yo volveremos a experimentar ese momento de confusión y lucidez, esa sensación de ser visto, de saberse presencia, silenciosa pero imprescindible. Sin mí no hay obra porque la obra es para mí.

Gabinete… forma parte de un proyecto más amplio llamado Red de gabinetes, núcleo que reúne a las puestas que comparten ciertas condiciones de realización. Existen en la actualidad más de cuarenta obras en este formato. Su creador fue el chileno Leonardo Medel lo definió como Una caja negra inspirada en los juegos de arcade de los años 80´s, en donde ya no existe la protección ni uniformidad de reacción de la masa, lo que convierte la experiencia teatral de Gabinete en un suceso único y personalizado”.

Se puede ver en Buenos Aires hasta el viernes 26 de abril. El precio es voluntario pero les aseguro que la experiencia es invaluable.