El cuaderno de Bento

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Un libro donde un escritor se dispone a imaginar el cuaderno de dibujos perdidos de un filósofo. El escritor es John Berger, el filósofo, Baruch Spinoza. 

No hay nada como un rumor para incitar la obra de un artista. Más cuando ese rumor habla de un objeto perdido. Porque, entonces, imaginarlo es implicarse en una búsqueda que difumina las fronteras temporales y vuelve visible lo invisible por hallarse perdido. Por lo menos así se lee en El cuaderno de Bento, donde el gran John Berger se dispone a imaginar el cuaderno de dibujos perdido de Baruch Spinoza.

“No esperaba grandes dibujos en sus cuadernos, si llegaba aparecer alguno. Tan sólo quería volver a leer sus palabras, algunas de sus sorprendentes proposiciones filosóficas y al mismo tiempo mirar aquellas cosas que él había observado con sus propios ojos.”

Así, relatos que leen dibujos o recuperan la instancia del dibujo, dibujos que disparan relatos y fragmentos de la Ética de Spinoza van armando un collage cuyo principal objetivo es poner en acto el acto de cuestionar con los ojos. Porque es ahí donde Berger y Spinoza se vuelven intercambiables, una misma conciencia con respecto a qué puede conducir la práctica del dibujo: “Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer visible para los demás algo que hemos observado, sino también para acompañar algo invisible hacia su destino insondable”.

Spinoza, descendiente de portugueses escapados de Portugal a Amsterdam, acusado de hereje y expulsado de la sinagoga por sus “hipótesis monstruosas” (aún antes de haberlas escrito y publicado), se convirtió en pulidor de lentes para ganarse la vida y se recluyó para filosofar. Poéticamente recrea su hacer Borges: El hechicero insiste y labra/ a Dios con geometría delicada;/ desde su enfermedad, desde su nada,/sigue erigiendo a Dios con la palabra. El dios que concibe Spinoza está dotado de infinitos atributos, de los cuales sólo nos son dados a conocer dos: la extensión y el pensamiento o espacio y tiempo. A diferencia de Descartes, las dos dimensiones o modos de Dios son Uno. Por lo mismo, lo espiritual y lo físico (alma y cuerpo) son indivisibles y pierden su realidad si se los divide.

Desde esta indivisibilidad, indaga John Berger la realidad como sustancia, la observa, la piensa, la dibuja, la relata. Porque hay escenas que insisten en llegar a materializarse en un papel, en volverse dibujo, volverse letra, como modos  de “marcar ciertos puntos, de situar las cosas y situarse uno mismo”, ya sea haciendo hincapié en algo esencial que está oculto o haciendo hincapié en algo esencial que se revela. La ética del artista reside en no eludirlas, y entrar en el ser de lo que está siendo dibujado o escrito.

Dibujar, escribir: modos de mirar, de cortar las distancias, de inquirir la presencia que empieza a aparecer en el papel para volverla palpable. La naturaleza, hombres y mujeres, pinturas, abusos sociales, momentos de la historia… traídos a la instancia presente del dibujo y de la escritura.  Y es desde ese ahí, espacial y temporal al mismo tiempo, que “miran pasar la vida y nos miran a nosotros a través de un agujerito desde la eternidad”, tal como Berger dice haber descubierto en la mirada de los bufones dibujados por Velázquez.