La alegría de Copérnico

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Con la supervisión artística de Norman Briski, La alegría de Copérnico resulta una bella metáfora de nuestras formas de afrontar los cambios y la soledad. Se presenta todos los viernes el el teatro El Popular. 

 

La alegría puede ser a veces una paradoja. Sobre todo si los días transcurren inmersos en un basural. Pero ella resiste, insiste, perdura. No hay nadie más, no sabemos cómo ni por qué ni a dónde han ido a parar todos. Pero Copérnico está ahí, en el centro de la escena, buscando una salida, un punto de fuga, la novedad. Persiste en la vigilia de un recuerdo, de  algún sueño que todavía no esté muerto. Alegría, su compañera, aparece entre las bolsas de desechos (de vidas pasadas, de tiempos mejores, de sentimientos y sensaciones perdidos). Parece que ha estado dormida, que quiere rendirse, escaparse hacia otro lugar menos hostil. ¿Pero a dónde? Si el mundo parece aniquilado, no hay agua ni comida ni abrigo. Sólo existe el deseo y el vinculo con el otro (el único). Copérnico intenta retenerla porque sabe que en el fondo no puede ser sin ella. Somos en el otro y por él. Todo lo demás es vacío.

La alegría de Copérnico es una pieza profundamente alegórica que, aunque parezca remitirse a un futuro apocalíptico, nos retrotrae a las formas (siempre atemporales) de relacionarlos con la soledad y de ligarse (tierna o violentamente) a los demás, a través del amor, los miedos y también de la confusión.

Es difícil hablar de la obra porque casi no se puede hacerlo sin poesía. Es eso: un instante de sutil poesía cargada de imágenes que es necesario (o no) descifrar. Cada cual hará su propio itinerario de sentidos, su propia lectura de los diálogos que Copérnico (Federico Ibarra) y Alegría (Coral Gabaglio) dibujan en el aire con fluidez y simpatía, sostenidos en un impecable registro de actuación.

Podemos intuir que Alegría es una mujer pero también una metáfora, un deseo y la certeza de que si no hay amor es preferible que no haya nada.

 

 

 

 

  • federico ibarra

    Gracias Veronica