Vago

0
9

Vago retrata la realidad de Conurbano Bonaerense de fines de la década del 90´para enfrentarnos también a quienes somos. Conmovedora propuesta que no dejará indiferentes a los espectadores. 

El efecto de la realidad

Yosca Lázaro te mete de prepo en su obra pero esa arrogancia no proviene de su acción sino más bien de la nuestra, de  nuestra propia manera de leer el mundo, de juzgarlo, de confundirlo o negarlo. Y también de negar, confundir, juzgar a los otros, a los marginados, a los sumidos en el fango, a los que viven afuera (de la gran ciudad, de la ley, de las oportunidades), esos que nunca van al teatro porque, cuando se come y se hace lo que se puede, un bien cultural queda demasiado lejos, del alcance, de las ganas, del deseo. Hasta el título nos denuncia como portavoces de un término incriminatorio porque “vago” es hoy un estigma de pobres usado casi diariamente por cierta clase media, temerosa de perder, de caerse, de no ser.

“Esta noche, hipócrita espectador, mientras está viendo esta obra, (…) alguien, algún agrimensor progre se está garchando a su nene, alguien, un mecánico en su casa precaria está fajando a su mina…” Estas palabras (adaptadas de Cámara Gesell de Guillermo Saccomanno) nos introducen en la escena, no como meros observadores sino casi como personajes participes. A medida que el relato avanza y los protagonistas se presentan y se delinean en pequeños monólogos, el espectador se ve obligado también a definirse: ¿Quién soy yo en relación a los otros? ¿Soy mejor que la prostituta, el transa, el puntero, el drogadicto? ¿Sí? ¿Por qué tener justifica casi todo y no tener no justifica nada?

Vago es un espejo en el preferiríamos no mirarnos. Parece hablar de un sector de la sociedad pero habla de todos los que por acción u omisión abalaron el avance despiadado del liberalismo. Se desarrolla a fines de los 90´ en cualquier barrio pobre del Conurbano Bonaerense. Su tema es la subsistencia diaria, las luchas de poder y la violencia generalizada. Violencia ejercida sobre los cuerpos (el cuerpo vendido, el cuerpo enfermo, el cuerpo golpeado) y violencia del lenguaje para sacudir, provocar, hacer daño o despertar.

La Negra (Romina Oslé) convive con Camacho (Marcelo Saltal), el puntero del barrio, porque, a pesar del maltrato, es lo único que sabe o puede hacer para ayudar a su hermano, el Nene (Fernando García Valle), que sufre las consecuencias de un accidente cardiovascular causado por el consumo de drogas. El cuadro lo completan la Mili (Julieta Timossi), una “traidora” de su clase que prefiere prostituirse y dormir en el suelo por el puro morbo que le provoca, y el Tute (Nicolás Blandi) que no conoce otra realidad que la que le presentaron sus hermanos cuando a los doce años le dijeron “ya sos grande” y lo hicieron portador de su primer revólver. Como todos en las sociedades capitalistas, tienen una existencia anclada en el tener o no tener (esa es la cuestión) dinero, sexo, poder, una silla de ruedas, una camiseta de Racing o un pollo para comer.  ¿Quién puede culparlos? ¿El que quiere tener el último teléfono celular, la que se muere por unos zapatos de marca o por veranear en Cariló? Todos quieren más.

Vago tiene la gran virtud de mostrarnos la realidad sin matizarla con juicios de valor ni parodias de lo diferente. El efecto que provoca es de una contundencia vital inigualable: Podrá caerte bien, hacerte pensar o podrá ser una patada al hígado, al orgullo. Lo que si no podrá es dejarte indiferente.