Intenso azul

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El unipersonal dirigido por Carlos Belloso e interpretado por Ana Schauffele – autora de la obra junto a Alaleh Nejafian- es una obra sencilla e inmensa que nos devuelve la mirada hacia la intensidad de la vida, de la muerte y del amor.

Inmenso intenso azul

Cuando entramos a la sala nos encontramos con una puesta sencilla, sin pretensiones. Los materiales de la escenografía, sus estampados, texturas y colores, nos sumergen en un mundo naïve, de ensueño. Árboles de cartón, flores de papel, una antigua bomba de agua. Todo nos lleva a prever que estamos a punto de presenciar una obra amable, inocente.

Esto se potencia cuando aparece Rosa, redundante (o, más bien, coherente) en su apariencia, su vestimenta, en su tono de voz, su peinado, su mirada. Los textos del unipersonal transcurren con fluidez, en una propuesta actoral que denota un trabajo de inclusión de diversas técnicas. Ana Schauffele, fresca, mantiene encantado al público durante los cincuenta minutos que dura la obra y en los que también transitamos por multiplicidad de espacios que se abren entre los pintorescos y sutiles objetos escénicos, y por la disposición de unas luces de acertado diseño.

A medida que nos relata los sucesos que ha franqueado, Rosa, Rosita, nos lleva a conocer cómo ha sido atravesada por la vida toda. Rosa ríe, sufre, seduce, divierte, emociona. Rosa crece, pero por sobre todo, Rosa sabe. Rosa sabe ver, en el cómo del decir y del mirar, si hay verdad en el discurso de una persona. Ella posee el saber de la vida que habita en cada ser humano. Un saber lejano a las academias, ajeno a los laboratorios científicos. Un saber que es también un conocimiento fácilmente inducible con sólo detenerse a cuidar las plantas, a conocer cómo influyen las estaciones, cuándo es momento de renacer y cuando de dejar caer. Para Rosa, el cuidado del jardín es esencial, pues ese jardín es su obra en la vida, aquella que entrega, aquella que es para los demás.

La vida, la muerte, la vida, la muerte, la vida… Con una temporalidad suave pero constante, casi oriental, el relato de Rosa nos reconecta con los ciclos vitales. Ella no sólo tiene el poder de gestación y creación propio de cada mujer, sino que también le ha tocado enterrar a sus muertos. Y así conoce que una mujer no sólo da vida sino que también sabe cuándo es el momento de la muerte. Nosotros la acompañamos en este crecimiento, este proceso que ya ha atravesado pero que nos actualiza en imágenes mentales a través de su relato, jugando así, con la magia de una teatralidad pictórica (algo romántica y rococó, quizás).

La puesta, intuimos, demarca circularmente -acentuando lo cíclico de la existencia- los territorios por los que transita Rosa. Y entonces, llegando al final, aparece el nombre que da título a la obra: intenso azul. Como la vida, como el amor, como el cielo, cómo imaginamos que debe la eternidad, todo aquello que no es aprehensible para nosotros seres finitos, cómo debe ser la inmensidad del universo: azul e intenso.

Lo anuncia el programa de mano: la obra finaliza con una frase de un texto de Elena Valdez que pertenece a “Psicografías de la Reina de los Ángeles”. Esas palabras, que resonarán en el personaje de Rosa, resignificarán el trayecto que ha transitado y la impulsará hacia delante con la tranquilidad de que ha obrado desde el lugar que le correspondía.

Pasados los cincuenta minutos, la hipótesis que preveíamos al comienzo se ha caído a pedazos. No hay nada de naïve en la sabiduría de la vida que se ha puesto en escena. Intenso azul es una obra sencilla e inmensa que nos devuelve la mirada hacia la intensidad de la vida, de la muerte y del amor. Le damos las gracias por eso.

  • Una obra que queda grabada en nuestra retina y en nuestro corazón para siempre.