Dos hermanos

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 Dos hermanos recala en Buenos Aires, después de haberse presentado en Córdoba y antes de hacerlo en México. Ganadora del premio Iberescena. es una obra que indaga sobre los vínculos y las distancias. Son ellos y somos todos. 

 

“Cuando el mundo se acabe, van a quedar flotando en el universo todas nuestras historias, nosotros, nuestros juegos, nuestro cariño. Y todas esas partículas se van a empezar a mezclar con un montón de otras historias sueltas, y todo lo que fuimos va a no ser nada y va a ser una sola cosa con las cosas de todos.”

Esta es la preciosa  y tan poética premisa con la que se inicia Dos hermanos, un docudrama del futuro (así lo definen ellos), que tiene como protagonistas (y no del todo como personajes) a los hermanos Smith, Dennis y Virginia. Ella vive y trabaja en México a donde llegó luego de transitar tiempos atravesados por convulsiones sociopolíticas  en Londres y Nueva York. Él vive en Buenos Aires, hace teatro, cine y es dueño de una voz prodigiosa, ya lo conocemos. Su obra anterior, Negra, se presentaba como una comedia incómoda. Esa misma incomodidad  (para el espectador, para ellos mismos) reaparece ahora en este nuevo proyecto y por motivos semejantes: el trabajo sobre materiales autobiográficos (los vínculos familiares) y una desoladora obsesión por la muerte, como temática pero también como posibilidad (para preguntarse o reconciliarse, con uno mismo y con los otros).

Dennis tiene el alma inquieta y lo traduce en cada movimiento. Me recuerda la frase “Hace falta  tener un caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella bailadora”. Para ordenar ese caos contó  esta vez con Cipriano Argüello Pitt, un reconocido director cordobés, que supo dar forma escénica a ese sinfín de desventuras emocionales, tejiendo (y también borrando) una delgada línea que une realidad y ficción para hacer brillar, finalmente, esta nueva estrella.

La obra plantea una situación límite: ¿Qué pasaría si el apocalipsis sorprendiera a dos hermanos a miles de kilómetros de distancia? ¿Qué será de vos, de mí, de nuestra historia? Esas preguntas extremas permiten que los protagonistas se replanteen sus vidas y sus decisiones, sobre todo Virginia, sobre quien recae casi todo el peso de la historia; ella es la se fue y no volvió, ¿Por qué?

El fin del mundo llegó, ellos se han chamuscado pero no han perdido la memoria, esa memoria les permite reconstruir, reprochar, comprender, hasta teorizar. La distancia y la catástrofe son dos términos complementarios, van de la mano: Más lejos estás, peor resulta todo. Y otras preguntas resuenan: ¿Dónde estuviste cada vez que estalló mi pequeño mundo? ¿Dónde estarás la próxima vez?

Ganadora del premio Iberescena, Dos hermanos fue creada desde la des-territorialidad: tres ciudades (Buenos Aires, Córdoba y el Distrito Federal de México) y tres formas de hacer y pensar el teatro  dan como resultado una cuarta alternativa que fusiona imaginarios diversos. Tal des-territorialidad funciona también a nivel del espacio escénico (todo sucede en México, en Buenos Aires, en cualquier o en ningún lado) y a nivel del género: Hay biodrama (dos hermanos reales cuanta la historia y el devenir de su vínculo filial) pero también hay ficción futurista, un cuento infantil (como alegoría o deseo) y canciones, como señales de recuerdos compartidos.

En esa mezcla es fácil confundirse y entrar  en el juego que proponen desde la propia historia, los propios hermanos y  distancia que nos separa. De ahí la incomodidad, el vértigo, la emoción y una esperanza: qué el fin del mundo nos pille bailando y, si es posible, juntos.