A propósito de “Plegarias para el Gauchito Gil” de Hugo Echarri

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Hace poco, el artista argentino Hugo Echarri presentó en el Centro Cultural Borges una serie de obras basada en la figura de devoción popular argentina del Gauchito Gil. Posmoderno en las formas y contemporáneo en la temática, Plegarias para el Gauchito Gil ha logrado mostrar con gran atino cómo una manifestación religiosa popular se afianza en el imaginario colectivo y cómo se vive de distinta manera en carne propia por sus fieles.

La elección del Gauchito Gil como temática no es accidental. Héroe rural, entre peón de campo y ladrón, según se cuenta, su presencia se ha institucionalizado en nuestra sociedad a través de un culto que ha crecido enormemente en los últimos años. Y es que hay un mundo inmaterial compartido por la mayoría de las personas que existe a pesar de del espacio en el que se emplaza, del instante en que sucede o de la fuerza que lo motiva: es la manifestación de la espiritualidad en cada uno de nosotros. Y cuantos más son los que comparten una misma fe, su plasmación se hace más sólida.

Se sabe que Antonio Mamerto Gil Núñez nació en la provincia de Corrientes, y que murió el 8 de octubre de 1878 a manos de la policía, cerca de la ciudad de Mercedes. Estos pocos datos históricos pueden corroborarse, lo demás es fe. Se dice que el Gauchito Gil instó a su verdugo a rezar en su nombre para salvar la vida de su hijo enfermo. Así lo hizo el verdugo y su hijo se salvó. Con esta primera plegaria comenzó un movimiento en la zona, que de ser una práctica rural, se extiende e instala cada vez más en ámbitos urbanos. Lo interesante es que su imagen ha ganado terreno en las ciudades y se hace visible en parques, esquinas de barrio, hasta haber llegado a la mismísima Av. 9 de julio, justo frente al Obelisco.

La serie retoma la figuración del arte pop al trabajar este ícono de la imaginería popular nacional. El artista hace variaciones sobre el tema de la plegaria y la unión devocional. En cada obra se reproduce un mismo motivo pero variando las posiciones, los colores, y otros elementos compositivos. Pero a diferencia del arte pop tradicional, aquí la repetición no es usada para agotar el sentido del tema, sino para que éste gane fuerza, al igual que lo hace la voluntad de cada peregrino que se suma a una procesión: cuanto más reproduce el motivo, más sólida se hace la presencia del Gauchito.

Sin quedarse entonces con las formas vacías del arte pop, las pinturas elaboran la explosión y la pasión de una necesidad trascendental humana cuando Echarri agrega textura a la superficie de sus obras con salpicaduras, chorreaduras, pinceladas y acción. Así, la religiosa inmaterialidad de una devoción se transforma en la materialidad de una obra artística.

Además de las pinturas Echarri presentó una instalación que incluye la figura del Gauchito y telas rojas, en clara referencia a los altares de este personaje. ¿Quién no ha visto sus pequeños y grandes devocionarios a la vera de caminos en el campo, en rutas nacionales o al pie de los puentes en los suburbios de la ciudad? Quienes prestan su simpatía al Gauchito, dejan muestras materiales fácilmente reconocibles: se le deja vino, tabaco, y otras ofrendas de cosas cotidianas y “populares”, aquellas que él hubo de frecuentar en algún tiempo pero que a las que ya no tiene acceso, a no ser que sea por un pedido especial de sus devotos, o por agradecimiento o como seña de respeto.

Al lado del altar del artista, la instalación se completa con series de cabezas de personas estigmatizadas por su condición social: mujeres protegidas por angelitos que sueñan con su propia la libertad y la de sus pares, una libertad que hay no sólo tras las rejas de instituciones penitenciarias sino también de prejuicios, maltratos y prácticas de exclusión y precarización sociales. Y es que el culto al Gauchito Gil arraiga sobre todo en espacios marginales, como cárceles, villas, barrios carenciados, y muchas veces relacionado a otras figuras de devoción americanas como San La Muerte, de quien el mismo Gauchito era devoto.

La adherencia al culto al Gauchito Gil en estas tierras se nutre de la fe popular y ha construido alrededor de este paria rural un misticismo con vida propia, algo característico en nuestro continente. La Iglesia católica no lo ha reconocido como santo oficial… aún. Quién sabe si con el tiempo, no formará parte de la lista canónica de sangre americana. Después de todo, la serie de obras presentada por Hugo Echarri en una institución artística de renombre como lo es el Centro Cultural Borges nos confirma, una vez más, que la fe popular logra imponerse hasta en los espacios más consagratorios de la sociedad.

 

Sobre el artista – (http://www.hugoecharri.com.ar).

Hugo Echarri tuvo una temprana formación artística que se hizo más importante a partir de 1988. En los años siguientes se instruyó en dibujo, pintura y monocopia con maestros de la zona Oeste del conurbano de Buenos Aires. Posteriormente incursionó en la escultura y vitrofusión. Paralelamente, ha estudiado de sus referentes principales en la pintura y el dibujo, como lo son los argentinos Castanigno, Policastro, Raúl y Carlos Alonso, Roux y Miguel Davila y los internacionales da Vinci, Caravaggio, Turner, Van Gogh o Francis Bacón.

Realizó su primera exposición en 1990 y al día de hoy ha presentado obra en muestras colectivas e individuales en distintos salones, ferias y galerías de arte de Buenos Aires. Ha ganado dos premios en el I y II Salón Nacional del Silgo XXI de la UMSA-FUNDEJUS.

 

  • Fabio Sambartolomeo

    Muy buena nota. Felicidades!

  • Hugo Echarri

    Muchas gracias Cecilia por tu nota. Has captado como ninguna – y mira que a raíz de esta muestra me han hecho notas en muchos medios, algunos muy reconocidos – la esencia del mensaje que trate de trasmitir. Un afectuoso saludo. Hugo Echarri