Marilyn: La mujer de los sueños

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Mañana, 8 de marzo, en el día Internacional de la Mujer se inaugura en el Centro Cultural Borges una muestra de fotografías de más de 90 fotografías de Marilyn Monroe. 

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Muchas de estas fotografías fueron entregadas a la prensa como “publlicity stills” con el objetivo de promover el rodaje y el estreno de un nuevo film. La exposición incluye también imágenes tomadas durante estrenos de sus películas, junto a sus maridos, Joe Di Maggio y Arhur Miller. Las fotos provenientes de la Colección de la Bilderwelt Galerie tienen como centro su producción cinematográfica y las imágenes realizadas en los estudios durante el rodaje de sus películas. Los caballeros las prefieren rubias (1953), Almas perdidas (1954), La comezón del séptimo año (1955) y Los inadaptados (1961), son algunas de sus películas más conocidas que estarán representadas en la muestra.

Entre las curiosidades de la muestra puede mencionarse una fotografía de 1945 que tuvo una gran importancia para la carrera de Marilyn Monroe. Muestra a Norma Jean Dougherty en el papel de una trabajadora en una fábrica de aviones (drones) en Los Angeles, el 26 de junio de 1945. La foto fue hecha por el fotógrafo del ejército David Conover, quien quedó entusiasmado con ella a tal extremo que le hizo algunos retratos fuera de la fábrica. Esas fotografías llamaron la atención de otros fotógrafos y de algunas agencias.

A 50 años de su muerte, el fenómeno Marilyn Monroe sigue siendo la imagen más fuerte que atravesó el celuloide, para pasar a encabezar la nómina de los mitos eróticos de todos los tiempos. Marilyn era más que una rubia escultural dueña de una mirada de terciopelo, boca entreabierta y risa siempre a punto. La explicación se relaciona con algo que pertenece al mundo de lo inasible: «Tenía algo».

Lo que realmente iluminaba a Marilyn, lo que la hacía sobresalir, vívida y cercana era su capacidad de transmitir la vida y por lo tanto, el deseo. Una capacidad percibida sólo en los personajes que habitan los sueños, más allá de las meras representaciones que pueblan la vigilia.

Durante algunos años Marilyn contó con todos los atributos de esos personajes oníricos que, desprovistos de pasado, de cualquier referente que permita ubicarlos en el tiempo o en la memoria, se adueñan con extraordinaria fuerza de la duerme vela. Fue entonces Marilyn Monroe, por encima de cualquier otro icono del ‘star system’ hollywoodense, uno de los mejores ejemplos de aquello que Roland Barthes definió como un mito fetichista. Un mito basado en el físico y en todos los atributos que complementaban la representación viviente y permanente del erotismo. Algo que hubo de ser construido, con el tiempo y el cuidado suficiente, mediante una hábil gestión del ídolo, con especial dedicación al cuerpo, pero también con una extrema atención a los gestos, a los vestidos, a los movimientos y al uso posterior de la iconografía.

Lo que la fotografía reproduce es un instante, que es siempre una elección para representar la realidad. Pero a la vez da cuenta -en este caso- del modo en que deseamos mostrarnos a los demás. Porque el sujeto de estas series de fotos es un mito que sobrevive en ellas.

Y este obsesivo compromiso estético con lo que deseaba transmitir su protagonista -comunicando al mundo su imagen de gran estrella- debe de haber estado cargado de una inmensa exigencia. Nunca sabremos si esto pudo llegar a ser disfrutable o pudo haber sido una tortura, o un juego entre ambos sentimientos. ¿Cuánto de alegría, cuanto de tristeza, cuanto de autenticidad, de simulación, desenfado o transparente naturalidad hubo en ello? No lo sabremos.

Sabemos que ella fue motivo de inspiración de innumerables poetas y pintores, entre ellos de De Kooning, Dalí, Warhol, y la idea es justamente correrla -en el mejor de los sentidos- en este caso de la serie, que no deja de ser una metáfora de cómo es leída.

Portadora de una inusual combinación entre inocencia infantil y luminoso atractivo sexual -de lo cual era consciente- más allá de las inseguridades, el miedo y una formación que fue realizando desde muy abajo, donde ponía toda su voluntad, y tesón. Actitud, que acompañaba con la claridad de que el fin en muchas oportunidades justificaba los medios. Una triste realidad, que seguramente le jugaría muy en contra a su futuro equilibrio emocional.

Participó en 30 films, pero su quinta intervención cinematográfica en La jungla del asfalto (John Huston, 1950) modificaría no solo su suerte, sino que definiría un cambio importante en su carrera respecto del desarrollo de su capacidad. Porque esto la hizo pasar de modelo de película a actriz seria.

Es mi intención, que al observar estas fotografías tengamos en cuenta, que nadie es nunca otra cosa más que una copia, de una copia real o imaginaria, cuyo parecido remite a la identidad del sujeto, pero que nunca lo será en su totalidad.

Como sabemos todo icono posee dos caras. Pero habría que atravesar un universo interior, para descubrir la otra cara del mito. Esta muestra, que el Centro Cultural Borges y la Bilderwelt Galerie de Berlín presentan este año está pensada para oficiar de homenaje a ambas caras, aunque sólo podamos exhibir un recorte de su imagen cinematográfica.

( Blanca María Monzón, curadora de la muestra)