En el café de la juventud perdida

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Los ausentes: personas al margen de la vida, fuera del tiempo y del espacio, lejos de las convenciones sociales, de los ámbitos y los órdenes familiares: auténticos parias. Hombres y mujeres perpetuamente en fuga. Esos son los personajes que conforman el universo ficcional de “En el café de la juventud perdida”, el libro de Patrick Modiano. Porque vivir es perder y perderse, porque no hay forma de ganar la vida, sino que ésta se evapora inevitablemente, casi sin dejar rastros, a medida que la vamos viviendo. Los ausentes de este libro viven en una París ya inexistente, repleto de “zonas neutras” a las que huyen quienes ya no pueden ni quieren lidiar con un pasado y un presente de opresión, dolor y miseria material y espiritual.

Roland, uno de los protagonistas, es un sobreviviente que se sabe tal. Un hombre ya maduro que no se reconoce en este presente que se le ocurre desolador, cargado de códigos que desconoce. En su recorrido por los lugares, las calles, los hoteles y las plazas que solía transitar con los amigos de su pasado, especialmente con Louki, una joven alrededor de la cual se teje el gran misterio de la trama de esta novela, Roland busca desesperadamente recuperar el sentido ya completamente extraviado de su vida. A través del recorrido por el espacio, el personaje busca convocar al pasado. Espacio y tiempo se encuentran indisolublemente unidos en ciertas coordenadas específicas, en las que Roland será capaz de experimentar por única vez en su vida el tan anhelado Eterno Retorno de lo mismo nietzscheano. Modiano genera en esta novela una inquietante reflexión sobre un pasado que, al igual que Louki, se nos desliza permanentemente, dejándonos un gusto amargo en la boca y el anhelo de pertenecer a otra sociedad y a otro momento histórico. La novela se encuentra atravesada por esa impresión de eterno retorno que nos asalta cuando menos lo esperamos, en una calle cualquiera, en medio de nuestras actividades cotidianas. Así es este libro: uno tiene la sensación de haberlo leído antes, creemos conocer en profundidad a sus personajes. Y eso ocurre porque quizás todos somos de alguna forma individuos rotos, fragmentados por la “normalidad” de la vida, personas que habitamos en mundos similares a éste, el de aquel café, ya lejano y olvidado, de la juventud perdida