La noche del ángel

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La noche del ángel, obra del italiano Furio Bordon, marca el regreso a los escenarios de Federico Luppi. Acompañado por Susana Hornos y Nehuen Zapata, se presenta domingos y lunes en el mítico Teatro El Picadero. 

 

La noche del ángel tiene anclaje en el decir, en el duelo verbal que se entabla entre padre e hija, entre actor y psicóloga y sus mundos hechos de palabras, de tecnicismos. La palabra es también una máscara que oculta lo que ya no se puede ni debe verbalizar (lo que es mejor callar para que duela menos, como si no hubiese ocurrido o le hubiese ocurrido a otro) y acompaña a los otros disfraces (la corona de rey con todo su poder y el traje de profesional segura y autosuficiente) que caerán en los despojos de una noche atroz y definitiva.

Ana (Susana Hornos) regresa a su casa después de un congreso y se encuentra con la visita intempestiva de su padre (Federico Luppi), un viejo actor que ha conocido la fama y que cree que el  escenario es la única verdad posible, aunque su hija le recuerde que “en la vida lo que cuenta es la vulgar realidad”. Ese encuentro, que aparenta en un principio ser un enfrentamiento corriente entre familiares cercanos, con roces, reproches y pases de facturas, se va transformando en otra cosa, va dejando entrever en sus resquicios (más allá de los parlamentos, de las disquisiciones teóricas y de alguna postura ideológica que los enfrenta) una profunda oscuridad que los hermana, desde otro lugar, inefable y siniestro. La aparición sorpresiva de un paciente (Nehuen Zapata) los acorralará, los volverá frágiles ante un pasado que se hará, otra vez, presente, sin máscaras. Pura y dolorosa verdad.

El recién llegado, un adolescente víctima de violencia familiar, contará su historia sin medias tintas, expondrá la crudeza de una vida llena de desamparo y de desamor: “ En mi caso, el gato y la zorra eran mamá y papá, un gato y una zorra que se insultaban, peleaban, se golpeaban y cogían con la puerta abierta. Cualquiera puede preguntarse qué les costaba cerrar la puerta, ¿Para qué hacerlo si estaban solos?, si aquel chico insomne, que temblaba en su cama y se cagaba de miedo, en realidad, no existía.”   Cada dicho arrojado a la cara de los otros será como un espejo refractario de su propia historia que los obligará a tomar posición, a hacerse cargo que lo que fueron y de lo que son, en consecuencia.

La escena primera, enmarcada en los límites del realismo, vira con la llegada del adolescente hacia lo sobrenatural, como si el horror sólo pudiera decirse desde esa perspectiva. No hay lugar en la realidad para nombrar lo imposible, lo que no debería haber existido.

Furio Bordon, dramaturgo, director y novelista italiano, construyó un texto inquietante, con el filo necesario para no dejarnos indiferentes. El maltrato familiar, el incesto, los límites del psicoanálisis, la desprotección y la necesidad de afecto (en todas las edades de la vida) aparecen como temas o, más bien, preguntas que provoca terror responder.

La noche del ángel marca el regreso a los escenarios de Federico Luppi, que también dirige la pieza. Con una soberbia actuación logra imprimir el pulso correcto a cada escena, atravesando momentos de profunda emoción, tensión y cierta ternura.