El fenómeno Potemkin

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Algo está pasando, hoy y ahora,  algo está en el aire, cada vez que voy a ver a “Acorazado Potemkin”. Algo definitivamente trascendente, innombrable, sagrado. Algo fuera de todo orden y medida. Justamente eso: algo completamente desmedido. Una energía contagiosa y desafiante que nos invade, nos toma completamente, nos sacude la modorra, la inercia y el desasosiego, y ya no nos suelta nunca más.

Algo que es un hormigueo de felicidad que no nos abandonará, si somos capaces de evocarla y de mantenerla rebotando por los intersticios de todos nuestros órganos. Algo como lo que sólo ha generado en mí antes y ahora “The Clash” y “Die Toten Hosen”. (Y acá el lector puede completar y/o reemplazar como más le guste).

Los shows de “Acorazado Potemkin” suelen caracterizarse por ir ganando paulatinamente en un in crescendo musical y emocional devastador, hasta dejarnos sin aliento, tanto al público  como a los propios músicos. Llegado un momento de la noche todo ha estallado, nada importa ya, sólo el goce y el disfrute, el placer único y desenfrenado que puede producir una música incomparable. La misma que queda habitando en nuestro cuerpo, en sus ritmos cardíacos, sus pulsos, sus fluidos, sus entrañas. Esa música que llevamos siempre en nuestro interior, sólo que no nos acordamos que estuvo todo el tiempo allí, lista para salvarnos cuando menos lo esperamos. Es esa música la que nos susurra melodías suaves y potentes a la vez, tensas y cambiantes, la que nos dice que no hay de qué preocuparse, que todo va a estar muy bien. Melodías fabulosamente místicas que nos incitan a vivir más y mejor, a correr nuestros límites, a intentarlo todo. Viendo y escuchando a “Acorazado Potemkin” recuerdo lo que ya sé, pero que muchas veces está dormido en mí: todo es posible, nada es inalcanzable. Tomar el cielo por asalto. La revolución a la vuelta de la esquina. Las células bailan y vibran en mí, y me piden que recuerde, que retorne al origen, donde cada uno de nuestros pasos escondía un secreto oculto, una verdad que sólo nos está destinada a cada uno de nosotros. Es decir, a todos.

“La tierra es del que la trabaja”, dice Juan Pablo Fernández, voz y guitarra de “Acorazado Potemkin”. “Y las canciones de quien las canta”, agrega. Y luego abren el show que dieron el último jueves en el Ultra Bar con “Unos versos”, una canción que antes era de Adriana Calcanhotto y ahora de “Acorazado Potemkin”. En ese momento compruebo que la adhesión y la empatía que tengo con estos músicos es total: no sólo es de índole artística sino también ideológica. No importa cuántas veces los haya visto antes. La sensación de un aquí y ahora irrepetible es única cada vez. Es una experiencia que no solamente vale la pena tener por primera vez, si uno no la tuvo nunca antes, sino que se torna imprescindible repetirla indefinidamente, todas las veces que sea posible. Porque “Acorazado Potemkin” nos recuerda algo básico, aquello que no debemos olvidar: esa conexión “íntima y urgente” (Fernández dixit) con lo divino, con el ritual, con el rock (antes de que éste se convirtiera en un envase de yogurt pasteurizado, a la venta en cualquier FM y/o empresa discográfica multinacional de turno), con la alegría y el llanto, el dolor y el placer, la vida y la muerte. Sabemos entonces al final de la noche que estamos más vivos que nunca, porque hemos participado en otro show, nunca uno más, de esa gran banda llamada “Acorazado Potemkin”.