La mujer puerca, la necesidad de creer

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Gran obra de Santiago Loza magistralmente protagonizada por Valeria Lois en Elefante Club de Teatro.

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Una mujer busca a Dios. Lo hace obsesiva y compulsivamente. La vida se le va en ello: llega hasta el límite de sus fuerzas, hasta al agotamiento físico y mental en su pretensión de obtener la santidad, en lograr que Dios se le manifieste a través de un pequeño milagro. Entonces ocurre lo que es prácticamente inevitable: lo alto y lo bajo se tocan. Desde siempre los extremos funcionan en la misma dirección. La mujer decide hacerse puta, convivir con aquellas otras mujeres, “las nocturnas”, escapándose de un hogar en el que padecía la rigurosidad de su tía y de sus primos. Nuestra mujer, la protagonista de esta obra encarnada magistralmente por Valeria Lois, había nacido “manchada”, su pecado original fue el de “matar” a su madre apenas ella nació. Desde María Magdalena en adelante, a quien se le atribuye haberse dedicado a la prostitución antes de conocer a Jesús y convertirse en una de sus discípulas más distinguidas, las mujeres han sido tradicionalmente portadoras de lo sublime y de lo más inmediatamente pulsional, santas y devotas, putas y pecadoras, son sólo dos caras de la misma moneda. Dos aspectos que la sociedad insiste en mantener separados, pero que se encuentran en realidad inextricablemente unidos.

De lo que verdaderamente trata esta gran obra de Santiago Loza, dirigida por Lisandro Rodríguez, es de la profunda necesidad que tenemos las personas de CREER. Creer fervientemente en algo, en alguien, en uno mismo, no importa en qué, en el marco de un mundo completamente desangelado, en el que ya no sólo han caído las grandes certezas, los macrorelatos que daban sentido unificador, sino también las pequeñas invenciones cotidianas de cada individuo para lograr sobrevivir en este reino del “sálvese quien pueda”, en que se han convertido nuestras sociedades contemporáneas.

Los miles de matices, la gestualidad por momentos feroz de Valeria Lois, la máscara permanente que la actriz construye en su constante interpelación al público, no hacen más que generar una potentísima verdad escénica para narrar esta historia trágica y cómica a la vez, negrísima y luminosa, que da cuenta también de la vanidad y el orgullo que se esconden agazapados en la pretensión compulsiva de santidad y de pureza.