Ir de milongas por Buenos Aires

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En las milongas, el ritual del abrazo bailado ocupa un sitial que ya perdió en la habitualidad de las mayorías. Esto hace que acercarse al mundillo milonguero implique descubrimientos varios y la refutación o confirmación de prejuicios. Un repaso por lo que implica hoy ir de milongas.En un círculo bajo luces tenues un grupo de parejas con los ojos cerrados, fundidas en un abrazo que parece tener tanto de encuentro como de lejanía, avanzan mientras giran, logrando una coreografía que en ocasiones excede a la pareja e implica al grupo como un todo. Por sobre y entre ellos, el machacar del fuelle y el sollozo de los violines pareciera querer llevarlos lejos, a una edad en que la música que bailan tenía una significación harto más vasta y profunda para la sociedad en la que surgió. Entrar  al mundo  de las milongas implica descubrir que el baile de tango actual compromete muchos más saberes y pareceres que los que cualquiera esperaría de un lugar para ir a pasarla bien. Se trata de un ambiente con códigos estrictos en su definición pero ambiguos en su aplicación, en el que  la impostura marca el ritmo de las vivencias, y la idea de que se trata de algo “nuestro” solo es creída por los extranjeros.

Vale aclarar que referirse a las milongas no es hablar del tango.  Como acervo cultural este implica mucho más, cierta visión de las cosas, cierta nostalgia inaugural idealizada y una poética que ya quisiera uno encontrar en las canciones populares de hoy día.  Y ha ido mucho más allá de producir sonidos lo suficientemente previsibles como para ser bailados. Basta con mencionar a Piazzolla, aunque la lista es larga. De hecho se planteó  en cierta época la oposición tanguero-milonguero. En esta el milonguero llevaba la peor parte, siendo considerado  alguien al que lo más sublime del tango  dejaba impertérrito, que  solo se interesaba en los afeites de la noche y rechazaba complejidades estilísticas con el trivial latiguillo de “eso no se puede bailar”.

Esto es casi completamente cierto, aunque hay que mencionar que habiendo visto el tango reducirse su nivel de influencia de manera tan drástica, plantear dicha oposición ha perdido sentido por esto mismo. La llamada música ciudadana ya casi no tiene presencia por fuera de las milongas. Tanto para los pareceres  del magro público interno como para los del foráneo (que es el que cuenta para los empresarios y al que van dirigidas las almibaradas maniobras publicitarias), música y baile van fusionados y comparten códigos y atmósferas. Con excepción de ciertos circuitos ínfimos, en los que los asistentes pertenecen en mayoría al ambiente musical, o de presentaciones de viejas glorias consagradas, el tango se ejecuta y se escucha en las milongas. Y esto lo lleva a realizar concesiones . Varias orquestas han incorporado a desgano a bailarines, al comprobar que gran parte de sus audiencias ya no concibe al tango sin ellos. La población  más joven, que no conoció la diversidad de otras épocas, es probablemente la más cercana a este sentir. Para ellos, el tango es una suerte de show multimedia, una alternativa diferente cuando ya se están cansando de los boliches convencionales, algo tan “propio” como lo puede ser una puesta en escena de salsa o de swing. La visión de una pareja bailando fundida en un abrazo es magnética, desde ya. Eso sostiene la atracción en un principio, pero cuando el interesado en aprender el baile comprueba lo dificultoso que es adquirir la destreza necesaria, y la escasa o nula paciencia  que tienen los iniciados con los principiantes, el interés desaparece. Solo algunos caracteres muy particulares persisten en un camino que requiere casi tanto esfuerzo como aprender un idioma nuevo.  Y es que la interiorización de la técnica se complejiza y alarga cada vez más. La relación de esto con el “mercado” del tango es evidente. Hay una variedad de personas viviendo de la parafernalia que en su nombre se ha montado. Las personas con  edad suficiente para haber vivido la edad dorada de las milongas suelen comentar que entonces  bailar el tango no requería tanta exigencia. “Se lo caminaba, nada más” oí una vez decir a alguien. Mientras las milongas fueron fiestas multitudinarias y auténticamente populares, la técnica ocupo un lugar secundario, no existió nada parecido a un compendio de saberes y las exigencias estilísticas quedaron destinadas a un pequeño grupo de personajes notorios del ambiente. Cuando ya solo un drenaje artificial mantiene los disminuidos cauces, surgen  recopilaciones y tratados, frecuentemente disímiles entre sí, que aspiran a acaparar las instancias de difusión. En el camino, lo que era espontáneo se vuelve complejo, la distancia entre el iniciado y el principiante se abisma  y la validación se extranjeriza cada vez más. Hoy un danzarín consagrado, supuesto representante del sentir de Buenos Aires, es alguien a quien casi la totalidad de los porteños desconoce  y que pasa la mayor parte del año en Europa o Japón. Las clases  de tango más valoradas de esta ciudad, y quien escribe lo certifica, suelen dictarse en spanglish. En las actividades del estudio DNI Tango o de La Escuela Argentina de Tango (nótese en ambos casos las fuertes referencias a la identidad), ser local constituye en ocasiones un detalle pintoresco entre la multitud de germanos, asiáticos y norteamericanos que asisten regularmente.

Un paseo por internet confirma esta tendencia. En Google, la página Todo Tango aparece primero en su versión en inglés. Incluso las referencias al Festival de Tango Independiente, que supuestamente representa lo opuesto a esta propensión, están en idioma sajón. Tienen versión castellana, claro está, pero esta aparece  atrás en las búsquedas. Las revistas que se distribuyen en las milongas son bilingües, y muchos de sus anuncios publicitarios solo están en inglés. Bailar tango ya no es cosa nuestra, aunque el marketing turístico necesite afirmar lo contrario.

Lo notable es que esto suele ser ingenuamente creído por los practicantes  foráneos. No es infrecuente  escuchar  a extranjeros expresar asombro por lo reducido del circuito milonguero.

“Me dijeron que iba a encontrar una milonga en cada esquina” me comentó una vez una señora alemana. Vender buzones, parece, sigue siendo nuestra marca en el orillo.

Da la impresión que  muchas veces el instante en el que cierta práctica se codifica y busca canales establecidos de transmisión, es aquel en el que  se ha empobrecido su arraigo cotidiano. No se nutren ya sus raíces en la tierra, sino dentro de un ornamentado florero. A menor escala y sin la proyección internacional del tango, ocurre algo similar con la celebración del carnaval en la ciudad de Buenos Aires. El momento en el que surgieron cursos de murga en centros culturales poblados por alumnos de clase media universitaria, y de los que emergieron agrupaciones de murga-teatro a veces con planteamientos políticos inusualmente programáticos y radicalizados en la historia de esta tradición, represento una suerte de epitafio para la gloria del carnaval tal como la conocieron nuestros padres y abuelos. Y no hay feriado doble que pueda revertir eso. El sentir cultural de las poblaciones no se manipula desde las oficinas de los funcionarios del área.

Volviendo a las milongas, y haciendo foco sobre los escasos practicantes argentinos jóvenes (porque hay que decirlo, el tango es la actividad recreativa básica en los clubes de jubilados) que no están allí con intención de transformar la práctica en una profesión, encontramos que los planteos anteriores brillan por su ausencia.

En efecto, un altísimo porcentaje de este tipo de público ignora las fuentes de lo que practica y  nunca ha escuchado tango en su casa ni tiene intenciones de hacerlo. Llegan a confesar, incluso, que no les gusta, que solo vienen a bailarlo, como si fuera la música de las discotecas. Está claro que no se inician en las pistas por amor a la música o interés en la tradición cultural. Sus razones son más pedestres.

No es de sorprender. El baile de tango se presenta  al lego como algo íntimo y refinadamente erótico. Los torsos acoplados, las mejillas juntas, las piernas del varón jugando a entrar y salir entre las de la mujer, todo parece insinuar que el baile es el preámbulo de placeres más intensos que tendrán lugar después, cuando el baile termine. Pero contra lo que pudiera creerse, la mímica del acto pocas veces conduce al acto, aunque ningún “macho” milonguero lo admitirá abiertamente. La erotizada es la ceremonia, no aquello a lo que la ceremonia alude. Los tiempos cambian y la cercanía corporal ya no implica lo mismo.

En la edad dorada de las milongas, allá por los años cuarenta, los hábitos eran muy otros. Decir que la sexualidad se hallaba más reprimida que en nuestros días es una respuesta fácil y por ende, incompleta. La sexualidad humana es esencialmente conflictiva, sinuosa, imprevisible. Abunda en dobleces, gusta de simular.

Que hoy en día se hable de sexo en todos lados, que exponer la intimidad sea casi un precepto y la calificación de una buena vida amatoria tenga ribetes esencialmente cuantitativos no ayuda a que la sexualidad sea menos conflictiva que hace setenta años. El eje de la conflictividad se ha desplazado, simplemente. Sobreexponer y vulgarizar algo puede ser otra manera de reprimirlo.

Aquella edad dorada milonguera, entonces, era una en la que el pudor y el disimulo otorgaban una significación y un poder inmensos a un baile en el que los participantes se abrazaban  y enlazaban su aliento. Hoy esto solo podría remedarse. Pero el remedo, dignamente llevado, puede dar resultados interesantes. Erotizar el decoro puede ser un juego bello de jugarse. No es por nada que la decisión de comenzar a bailar tango en frecuente en parejas con varios años de convivencia,  que salen a la pista a redescubrirse juntos. También abundan los desahuciados del amor y timideces de intensidad variada. Las milongas están plenas de corazones rotos y solitarios crónicos, de gente que olvida en ese abrazo los otros, más fuertes, que ha perdido o nunca tuvo.

Más acá de los fuegos de artificio y  las estrategias publicitarias destinadas a otros, de la soberbia de tantos docentes y la creciente estética de  music-hall, este ceñirse para girar juntos, concentrados, brindando en el abrazo quién sabe qué  a la ocasional pareja, es quizá lo único auténtico en las milongas hoy, su savia y su alegato.

 

  • Sandra

    Excelente nota. Innovador análisis.
    Te pregunto, Fabián: ¿bailás tango?

    • Fabián

      Sandra: por supuesto. Frecuenté las milongas durante varios años y llegué a bailarlo bastante bien. Presumo que tu pregunta se debe a que considerás que una visión crítica del ambiente tiene que provenir de un patadura. Estás completamente equivocada. Saludos,
      Fabián.