El don de la palabra

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La obra escrita por el australiano Andrew Bovell se presenta de miércoles a domingos en el Teatro Picadilly, en una puesta dirigida por Alejandro Tantanian. 

 

Las palabras y las cosas

Dos matrimonios al borde del naufragio protagonizan la escena inicial. Entreverados en sus conflictos buscan en algún otro, en alguien cualquiera, una alternativa al tedio cotidiano, una respuesta a la única pregunta que resuena (¿Por qué?) y un poco de vértigo. Sus voces se entrecruzan, se mezclan, hablan al unísono, dicen lo mismo. Pero lo mismo es otra cosa cuando el anquilosado discurso amoroso se resignifica en las voces de León, Sonia, Juana y Pedro.

En el prólogo de Fragmentos de un discurso amoroso, Barthes señala: “Dis-cursus es, originalmente, la acción de correr aquí y allá, son idas y venidas, ´andanzas´, ´intrigas´” El Don de la palabra, escrita por el australiano Andrew Bovell en 1996, parece responder a esta premisa: todo en la obra parece correr hacia alguna parte o hacia ninguna, los personajes, las palabras, los cuerpos. Hay una secreta confabulación que lleva la historia hacia otra parte, se abisma hacia una zona poco segura, se arriesga.  Así, la comedia de enredos del comienzo se desliza hacia un punto ciego donde todo lo demás también se modifica: los personajes se vuelven otros (Valeria, Nicolás, Juan, Rita y Nelson) y el discurso amoroso se abre para hacer aparecer el psicoanalítico, la confesión y hasta el policial.

Relato dentro del relato. Dos personajes de la situación primera pretenden restablecer el diálogo con sus parejas y para ello cuentan una historia (cada uno, otra historia). Un zapato de mujer y un borceguí son los significantes que permiten que nuevos relatos se desplieguen. Los nuevos personajes que aparecen son, en un primer momento, palabras pero luego se materializan y se adueñan de la escena.

Somos discurso y relato. Entre las palabras y las cosas (zapatos, cartas, un contestador automático, un teléfono público) hay seres anclados en el dilema de intentar crear lazos sin saber bien cómo hacerlo. El título de la obra se revela entonces como potencia pero, a la vez, como carencia o falta. Se puede decir mucho, se puede crear una obra de estructura casi perfecta pero hay algo que se escapa, que se esfuma. Estamos atrapados en el lenguaje y éste se sabe insuficiente (“Yo no creo que sepas lo que siento”, “no sabés lo que siento”).

La comedia vira hacia una tragedia sobre la soledad que nos abruma, sobre la imposibilidad de construir puentes, de entender al otro, de abrazarlo. Tenemos el don de la palabra pero, como diría Susana Thénon, “No hay liturgia ni fuego ni exorcismo/ para detener el fracaso risible/ de los idiomas que conocemos.”

El don de la palabra es una pieza de gran complejidad que Alejandro Tantanian resuelve en una puesta muy inteligente, en la que música, escenografía y correctas actuaciones se combinan para lograr un espectáculo emotivo y con exquisitos matices de interpretación.

Se presenta en el llamado Circuito Comercial pero esté seguro de que, como pocas veces, no podrá sacarse esta obra de la cabeza por varios días.