El loco y la camisa

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Sigue en cartel El loco y la camisa, ahora en el Teatro El Picadero. Una obra brillante que enaltece la cartelera porteña. 

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Una familia del conurbano bonaerense venida a menos, descascarada como las paredes de su casa sureña, protagonizan la escena. La madre, sumisa y cariñosa, plancha y conversa a la espera de que su marido la escucha. Pero él, un hombre autoritario y violento, vive en su propio universo cargado de displicencia y oscuras seguridades. María Pía (la hija), una joven insegura y con un muy marcado complejo de inferioridad, presentará esta noche a su novio de Zona Norte, un abogado arrogante y machista que ella vislumbra como la materialización de su cuento de hadas, como una posible salida del fango. El problema es qué hacer con el loco (el hijo, el hermano) porque Beto concentra su condición en un defecto socialmente imperdonable: no puede parar de decir lo que piensa, no puede parar de decir su verdad. Nadie saldrá ileso de ese choque. “El loco es la verdad irresponsable”.

El argumento de El loco y la camisa se acerca  a ciertos tópicos muy transitados en el teatro argentino contemporáneo (el realismo descarnado, la familia disfuncional, la enfermedad, etc) pero no repite modelos ni copia textualidades. Es un trabajo exquisito que atrapa desde sus primeros movimientos, aparenta simpleza pero oculta dulces complejidades, desde una dramaturgia impecable, hasta actuaciones muy compactas, ceñidas por las justas marcas del director Nelson Valente.

Sucede, además, algo  indefinible al nivel de los cuerpos  y de las emociones. Cada espectador experimentará la sensación de estar presenciando un hecho muy íntimo y verá a los otros en esa misma incómoda situación. Ubicados en círculo y con las luces de la sala casi siempre prendidas, cada uno podrá ver a los otros en sus gestos y en sus reacciones de ternura, piedad o enojo. A pesar de que se encuentra bien establecida la cuarta pared, nos sabemos adentro, inmiscuidos en esa violencia, en ese desquicio, desnudos y desprotegidos.

Cuesta salir de la obra cuando ésta acaba. Miles de cosas para pensar, para desmenuzar. Pero resulta imposible desligarse de la figura del loco y de su influencia en el desarrollo de la trama. En una conferencia dictada en Tokio en octubre de 1970, bajo el título La locura y la sociedad, Michel Foucault  señalaba que el estatuto del loco se define históricamente por su exclusión de cuatro estamentos básicos de la sociedad: el trabajo, la familia, el juego y el discurso. Es interesante, sin entrar en el análisis ni en la especificidad del pensamiento del filósofo francés, ver cómo funcionan estos elementos en relación con nuestro personaje. El primero lo salteamos por obvio (Beto no trabaja aunque tiene asignada la tarea de ordenar su cuarto). A pesar de vivir en familia, Beto es marginado por su padre, que piensa que sería mejor internarlo, y por su hermana, que intenta encerrarlo en la pieza para que no moleste al novio; sólo la madre se vincula con él desde la aceptación.

Beto y el juego. Beto va a fútbol pero no le gusta. Su madre le replica que parece divertirse y él responde que lo hace para pasar desapercibido, que preferiría la natación, es más completo. A la hora del encuentro familiar, el loco propone un juego para intentar conocer a su futuro cuñado, la ronda de temas, y elige el tema menos indicado. Cada uno quiere atender su juego y nadie quiere jugar con el loco.

Beto y el discurso. Es relevante el modo que tiene el loco de apropiarse del discurso de los otros, para desmantelarlo y devolvérselos en estado crudo, sin la mediación de las buenas costumbres. Así, todas las miserias familiares, los secretos no resueltos, quedan al descubierto en un revés, donde la palabra del loco cobra valor, densidad. No es una palabra ninguneada, no son dichos sin sentido. Su poder corrosivo deja rastros. Volvemos a Foucault: “El loco ocupa en el teatro una posición privilegiada: el loco sobre el escenario es el que de antemano dice la verdad, el que la ve mejor que la gente que no está loca, el que está dotado de una segunda vista.” Retomando esta función, propia del teatro Medieval y del Renacimiento, Beto resulta una especie de héroe, un justiciero sin capa ni espada (aunque quiera dejar la marca del zorro), que se sirve de su mirada microscópica para buscar roña y ver la mugre que los otros quieren ocultar. La frase de Mayakovski que se encuentra en el programa (“El teatro no es un espejo de la vida, es una lente de aumento”) parece condensarse en el accionar de Beto, que muestra, a su familia y a los espectadores, que no hay nada más disparatado que la realidad y que la locura puede ser también un exceso de lucidez.

La compañía Banfield Teatro Ensamble llega nuevamente desde el Conurbano Sur para regalarnos una brillante obra de arte. Es un imperdible de la cartelera porteña, una bella flor arrancada de los jardines de Lomas. No se la pierdan.

EL LOCO Y LA CAMISA, de Nelson Valente
Compañía Banfield Teatro Ensamble.
EN EL TEATRO PICADERO, Enrique Santos Discépolo 1857, Buenos Aires, Capital Federal
Tel.: 5199-5793
FUNCIONES: miércoles 20.30 hs. / viernes y sábados 22.30 hs.

  • Lide Uranga

    Gracias gente por su análisis. Soy una de las integrantes del elenco (la madre). Me gustó muchísimo.