De los libros al cine y viceversa

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Algunas relaciones de estos dos universos y un blog que se dedica seriamente a tratarlas.

Ya es bien sabido que el cine abreva en la literatura. Una aserción tan repetida pudiera dar la impresión de un tópico marchito. Pero no es este el caso, en buena medida porque la aseveración, aunque cierta, es insuficiente. Una relación tan compleja y fructífera como la que se da entre ambas artes no puede reducirse a un simple préstamo unidireccional de ideas. Los hay, pero son de ida y vuelta y dan lugar a transformaciones a veces convergentes y otras no. De orígenes muy distintos y no sin roces u oposiciones incluso, ambas disciplinas se influencian desde el origen mismo de la más joven de ellas. La travesía más frecuente es la que lleva del libro al celuloide: muchos de los grandes clásicos del cine  están inspirados en obras literarias. El gran Hitchcock, por ejemplo, filmó Psicosis basándose en la novela homónima de Robert Bloch y Vértigo, en “De entre los muertos” escrita por  Pierre Boulieu y  Thomas Narcejac.  El caso es el mismo para otros grandes clásicos como Las uvas de la ira de JohnFord, de la  narración del mismo nombre de John Steinbeck o Ben Hur de William Wyler, sobre la obra de Lewis Wallace.

Más aún,  la mayor parte del trabajo de directores como Akira  Kurosawa, Martin Scorsese o Billy Wilder está cimentada, con mayor o menor fidelidad al original, en obras literarias.

Un caso interesante en el listado es el de 2001, odisea del espacio, de Stanley Kubrick.  Basada en cuentos de Arthur Clarke, en especial en “El centinela de la eternidad” publicado en 1951, el film se gestó en paralelo con la novela del mismo título, que fue publicada no mucho después del estreno del film. He aquí un probado ejemplo de influencia conjunta.

Conviene hacer notar que esta imbricación se intensifica en la época del cine sonoro. El cine mudo estaba influenciado en buena medida por otras formas de arte, el teatro popular, el vodevil, la pantomima. La aparición del sonido y la posibilidad de una trama construida desde la conversación en el cine cambian la forma de contar las historias y hacen más fructífera a la conexión entre este y la literatura. Más adelante emergerán tendencias que desafíen ese ligamen, llegando a desconfiar a veces hasta del guion (escritura a fin de cuentas) e iniciando la búsqueda de lo que consideran la autonomía del arte audiovisual.

Quizá menos perceptible pero igualmente presente, es el tránsito inverso: el que conduce del cine a los libros. Ya Tolstoi se manifestaba maravillado por el entonces novísimo arte y lo consideraba un ataque directo a los viejos métodos del mundo literario. Preveía que serian necesarias nuevas formas de escribir.

Y esto, de hecho  ocurrió. En mucha de la producción novelística, en  particular la segunda mitad del siglo veinte, se evidencia ese efecto. Los diálogos rápidos, las descripciones altamente visuales pero casi sin adjetivación,  la mayor cantidad  de secuencias en la estructura general dan testimonio de esto. Es en la escritura norteamericana donde es más manifiesto,  y el hecho de que allí  muchos escritores de principios y mediados del siglo veinte hayan sido también guionistas no es un detalle menor.

Enfoques que intenten aunar los dos fenómenos no abundan. Si se busca “cine y literatura” en la web los resultados arrojan o bien páginas dedicadas a la actividad cultural en general, o  sitios que se limitan a comparar películas invariablemente masivas con el libro (o el comic) que les dio origen. Son entretenidas: el tópico de “que fue mejor” o “fulanito no puede hacer de tal personaje, no le da la cara” es de por si jugoso.

Hay, sin embargo,  excepciones. Prolijamente inscripto como revista electrónica,  de edición bimensual, y con treinta y un números publicados, Letraceluloide (letraceluloide.blogspot.com.ar) es un sitio cuyo propósito es componer ambos registros, y no solo juntarlos o sobreponerlos.

La presentación es interesante. Aunque sabemos que la dirige Víctor Conenna, docente de la Universidad de Mar del Plata, no hay alusiones a su persona más allá de sus datos bajo los escritos que le pertenecen. El hombre no es ególatra, eso queda claro.  Y constituye una prueba adicional el hecho de que la palabra “crítica” este ausente. Se trata, nos dicen de “breves comentarios”  acerca de “películas basadas en textos literarios” que  buscan que “el visitante pueda descubrir, o redescubrir, versiones fílmicas y textos de diferentes épocas”. Sin estridencias. A tono con la intención manifestada, la configuración del blog es sobria. Sobre un fondo de uniforme gris se despliegan los textos, acompañados, nunca en más de una ocasión por nota, de una imagen de la película disertada.

Porque Letraceluloide parte (con alguna bella excepción como la de una nota titulada “Maupassant en el cine argentino”) desde el cine para ir en búsqueda del texto literario que lo subyace, y no a la inversa. Nada hay de malo en esto. Lo que ocurre es que en más de una ocasión lo que se inicia como viaje culmina  en un paseo circular. La novela o cuento que inspiró el film no pasa de ser una mención, sazonada con alguna anécdota. En otras, la referencia literaria  es un tanto oblicua o ambigua: se indica que el personaje nodal se basa en uno registrado en los libros de historia o que el director se inspiró en textos de diversa índole para filmar. Eso es llevar la relación cine-literatura a un plano demasiado vasto. Y quizá es falsear la premisa. En cualquier caso, eso ameritaría abordajes también vastos, y puede que más complejos.

Hay, sin embargo, análisis cautivadores, fundamentados, nunca crípticos. Encuentra uno argumentos y no improperios o meros encomios, como a veces abundan en los textos de muchos que si abrazan  el apelativo de “críticos”. La idea  de que una opinión expuesta sin escarnios implica languidez es de lo más usual en muchos ámbitos y esconde por lo general falencias argumentativas. Es placentero y fecundo para la inteligencia detenerse en singularidades como la de este blog.