Django sin cadenas

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Notable opus de Tarantino: un western a su medida con actuaciones imperdibles y varias nominaciones al Oscar. Ojo, que en Django, la “D” no se pronuncia.

La carrera artística de Quentin Tarantino es sin duda envidiable y su nombre es hoy en día uno de los grandes e inevitables referentes de la cinematografía norteamericana. Por ello no puede sorprender que su nueva producción “Django sin cadenas” (“Django Unchained”) figure entre las nueve candidatas al máximo galardón de la Academia. Y ello pese a que su realizador, al igual que otros tres colegas, no podrá pretender ser elegido como mejor director, categoría reducida a sólo cinco aspirantes.

Existe indudablemente un “toque Tarantino” como sucede por ejemplo con algunos otros grandes artistas tales como Woody Allen, Martin Scorsese o el propio Steven Spielberg, cualidad reservada a pocos exponentes del cine contemporáneo. En el caso del director que este año (recién) cumplirá cincuenta años la violencia suele ser una constante y no es casual seguramente que su segundo y renombrado largometraje “Pulp Fiction” fuera rebautizado aquí como “Tiempos violentos”. Pero para reafirmar lo anterior basta recordar otros títulos tales como su opera prima, “Perros de la calle”, las dos partes de “Kill Bill” o la penúltima en la serie (“Bastardos sin gloria”), donde la venganza, los excesos y la brutalidad resultaban una constante.

Dentro de esa tonalidad, “Django sin cadenas” innova al ser un western, género en el que hasta ahora Tarantino no había incursionado. Hay en este caso una importante concentración de actores y personajes de raza negra, lo que además se entiende al tener lugar la acción mayoritariamente en estados del sur de los Estados Unidos (Texas, Mississippi) y dos años antes de la famosa Guerra Civil norteamericana. Además, el personaje central compuesto por Jaime Foxx, que da título al film, es al inicio un esclavo lo que refuerza la afirmación anterior. Su temprano encuentro y liberación por parte de un falso dentista europeo que lleva el germánico nombre de Dr Schultz (el ganador del Oscar y nuevamente nominado Christoph Waltz) le da un tono inusual y casi farsesco a este último y singular personaje. Lo que pronto sabrá el espectador es que Schultz es en realidad un cazador de recompensas (“bounty hunter”) y que formará una peculiar sociedad con su liberado compañero. Y también comprobará que a este último lo moviliza el deseo de venganza y más aún el de recuperar a su joven esposa Broomhilda (Kerry Washington) de raza negra pero criada en hogar alemán, idioma que ella domina. Obviamente esa coincidencia lingüística hará más fácil la búsqueda de la joven y su comunicación con el dúo central, una vez concretado el encuentro. Y aquí empezará a tallar un nuevo protagonista, Calvin Candie, a quien Leonardo DiCaprio dará precisa carnadura en el último tercio del film, sin duda el más violento, donde para muchos el nombre de Sam Peckinpah (“La pandilla salvaje”) podrá ser una referencia. Esa parte tendrá además a otro importante jugador en escena. Nos referimos a Stephen (Samuel L. Jackson, habitual actor de Tarantino), componiendo a un lacayo negro, que es vergüenza para los de su raza (y que seguramente explica la furia con que Spike Lee viene fustigando, se estima en forma equivocada, al director de esta película).

La extensa duración, de casi tres horas, permite que la acción se traslade a distintos lugares siempre en busca de posibles recompensas, o premios como le aclara Schultz sobre el significado de la palabra “bounty”,  a un Django que nunca la había escuchado previamente. Uno de esos sitios ocupará parte importante del metraje y producirá el encuentro con “Big Daddy”, un rico terrateniente a quien da vida Don Johnson, uno de los tantos actores “recuperados” por el cinéfilo director. Más adelante será el turno de Franco Nero, a cuyo itálico personaje el ahora más confiado Django le explicará que en su nombre la “D” no se pronuncia, afirmación que simbólicamente marcará cómo el ex esclavo va ganando confianza y seguridad. Durante ese episodio habrá una situación algo cómica, aunque no totalmente lograda en opinión de este cronista, pero que hará reír a más de uno relacionada con unas máscaras (tipo Ku Kux Klan) donde los agujeros para los ojos no están bien ubicados. Y que terminará con profusión de explosiones e incendios espectaculares, que pueden explicar una de las cinco nominaciones (mejor fotografía) que tiene la película.

Hay, como se decía, verdaderos homenajes a varios actores, muchos en cortas apariciones y a veces difíciles de reconocer al portar en su mayoría barba y entre los nombres famosos basta citar a  Bruce Dern, Russ Tamblyn (el de “Amor sin barreras”) y su hija Amber, Robert Carradine, James Russo, Don Stroud. Y también la mención del nombre de un personaje, Leonide Moguy, a quien a algún viejo cinéfilo le resultará familiar. (Nota: se trata del homónimo de un director nacido en Rusia y que luego emigró primero a Francia y durante la Segunda Guerra Mundial a Estados Unidos, con un  total de quince largometrajes en su haber).

Django sin cadenas” es una notable película que en ningún momento decae en interés. Tiene estupendas actuaciones y numerosos aciertos técnicos. La banda sonora tiene obras compuestas por el argentino Luis Bacalov, James Brown y varias de Ennio Morricone, artista predilecto de los “spaghetti westerns”. Hubiese merecido nominaciones a mejor vestuario y diseño de producción ya que logra perfectamente recrear el año 1858 en que la acción tiene lugar. Hay escenas muy fuertes pero no gratuitas pese a lo cual el humor está a menudo presente. Puede que se lleve algún Oscar y ya ganó dos Globos de Oro (mejor guión y actor de reparto -.Christoph Waltz) pero por encima de todo es una propuesta de un gran realizador que, desde su surgimiento hace 20 años, prácticamente nunca defrauda.