El último desafío

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Del más industrial e impersonal de los directores coreanos se estrena esta película con el gran Arnold Schwarzenegger, disparando las mismas viejas armas cargadas de antaño.Por la vuelta

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Y volvió nomás, como había prometido, allá lejos, en el futuro. Parece que los regresos están de moda. Seguramente la culpa sea de Silvestre, con ese juguete, figuritas coleccionables, llamado Los indestructibles 1, 2 y 3 (que no es aún, pero que seguro será; inclusive se comenta que hasta al Bueno de Clint lo invitaron a romper todo). Porque no solo el muñecote de Arnoldo (65 añitos) pegó la vuelta con la frente marchita por las arrugas; Están próximos a visitarnos: Stallone (66) con Bullet to the Head, la última película, de el también retornado Walter Hill, y Bruce “Yippee-ki-yay” Willis (58) estará haciendo de las suyas en Rusia en la nueva entrega de Duro de matar. Y, como siempre, en una discreta segunda línea está Jean Claude (53), pero éste nunca se fue. Y hasta se dio el lujo de meter uno de esos títulos que se te quedan clavados en el pecho, por inesperados, impensados y realmente buenos. Por si no la conocen, hablo de JCVD (2008), de Mabrouk El Mechri,  una película donde Van Damme hace de Van Damme y logra lo que parece un imposible: emocionarnos mientras nos mira de frente a los ojos.

Retomo, lo bueno (o lo malo) es que el operativo retorno se da disparando las mismas viejas armas cargadas de antaño. Quizás el merito mayor de El último desafío sea precisamente ese: el tener conciencia del paso del tiempo y jugar con la idea de un pasado aún valioso y un presente veloz, pero alcanzable, desde un par de líneas argumentales que corren en paralelo, hasta encontrarse, cara a cara, como en un duelo, promediando el film. Porque estacionados en la paz del ayer, en la vida tranquila y casi carente de tecnologías de punta, viven Ray Owens (Schwarzenegger), el sheriff, y la gente sencilla de un pueblito cercano a la frontera mexicana: Sommerton Junction, un lugar donde poco pasa, hasta que pasa. Y sin importar las limitaciones y miedos que puedan tener, un pequeño grupo de policías sin experiencia en la batalla, un civil que alguna vez peleó en Irán y Afganistán y un Jackass propietario de un extraño museo de armas con nombre propio sabrán defender su espacio, su frontera y su paraíso rural, haciendo frente a un ejercito de mal nacidos, llegados de la ciudad, de la Capital Federal, diríamos por aquí; hombres equipados con armamento de última generación, dispuestos a hacer lo que sea para lograr que su jefe, líder de un cartel de la droga, cruce la frontera a salvo, montado en un bólido, el ZR-1, más rápido y furioso que cualquiera. Y lo que el FBI, Swat y grupos de elite no puedan conseguir, ya sabemos quien sí lo conseguirá con sus frases, marca registradas, y con una ametralladora de la primera guerra mundial montada entre sus piernas.

Y para suplir lo que los años se llevaron, nada mejor que un director que conozca su oficio, que sepa disimular con el montaje y la edición. Alguien como Jee-woon Kim, el más industrial e impersonal de los directores coreanos. Un tipo capaz de cocinar un kimchi western como El bueno, el malo, el loco (el personaje de Johnny Knoxville en El último… está creado a imagen y semejanza del de Song Kang-ho en El bueno, el malo..) o dibujar esa especie de noir melancólico y lustroso que es A Bittersweet Life.

Veremos qué les depara el futuro no solo a Arnold (que ya anunció más regresos), si no también a Kim y a una pequeña avanzada de directores coreanos como Park Chan-Wook o Bong Joon-Ho, quienes dejaron su tierra, tentados por las luces y marquesinas del centro, dispuestos a hacerse la América; otro gran desafío, por un regreso con gloria.