Bajo un manto de estrellas

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La primera obra de Manuel Puig, pensada estrictamente para la escena, llegó a la cartelera porteña con la dirección de Manuel Iedvabni y un elenco de destacados actores. 

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Manuel Puig siempre tuvo esa pícara capacidad de dejarte a la intemperie, mirando el cielo o la noche oscura, haciéndote preguntas, intentando respuestas siempre imprecisas a la espera de una mejor. Es que fue (es… los inigualables nunca mueren) un escritor inquietante que alcanzó la popularidad pero también el reconocimiento académico a fuerza de retazos, de materiales diversos (y poco literarios), de voces que llegaban desde lejos (de la infancia, de Villegas o del cine). Su estilo fue aparentar no tenerlo, en ese juego narrativo (y tramposo) donde los personajes se adueñaban del texto por medio de diálogos que hacían olvidar la tan mentada figura del narrador. Una literatura casi teatral.

Puig empezó su derrotero por la dramaturgia después de que, amenazas mediante, el exilio lo alcanzara en 1973. Tenía ya tres novelas en su haber (La traición de Rita Hayworth, Boquitas pintadas y The Buenos Aires Affair) a las que siguieron otras que le dieron fama y consagración mundial (sólo por mencionar algunas: Pubis angelical y El beso de la mujer araña). La adaptación de esta última fue su primer acercamiento importante al teatro; después llegaron, ya estrictamente pensadas para la escena, Bajo un manto de estrellas (1981), El misterio del ramo de rosas (1987), Triste golondrina macho (1988). También contó con una serie de guiones cinematográficos y de obras musicales escritas entre 1974 y 1988.

A pesar de ser un novelista indiscutido, colocado hoy en la centralidad de canon literario argentino, su producción teatral permanece en una tibia penumbra. Sus obras fueron editadas y algunas representadas con éxito dudoso pero continúan siendo escasamente analizadas, sigue pendiente el interrogante sobre qué lugar ocupa su teatro en relación al resto de su obra, y más aún, cómo la completa, la modifica o la resignifica.

En plan de darle visibilidad, de mover el avispero, este año llegan a la cartelera porteña dos de sus obras: Triste golondrina macho (subirá al Teatro Regio, dirigida por Guillermo Arengo y Blas Arrese Igor) y Bajo un manto de estrellas que se estrenó el 10 de enero en el teatro La Comedia, bajo la dirección de Manuel Iedvabni. Hablaremos aquí de esta última puesta.

Bajo un manto de estrellas es  compleja, un tanto escabrosa, difícil de leer (“leer” dicho en un sentido amplio aunque quizás deberíamos decir “descifrar” o “descubrir”) porque está formada por capas concéntricas, cuya parte más superficial (la que se corresponde con lo real) se desmorona al primer soplido. La escena inicial encuentra a la dueña de casa (Adriana Aizenberg) y al dueño de casa (Héctor Bidonde) esperando la llegada de su hija (Paloma Contreras) en quien temen cierto desorden mental y de una nueva mucama. En la conversación, que se da en una sala de casona rural burguesa, se filtran otros datos: la chica es adoptada, sus padres murieron en un dudoso accidente automovilístico, la dueña de casa amaba al padre verdadero de la chica. Enredos que se complejizan cuando llaman a la puerta dos visitantes (María José Gabin y Pompeyo Audivert) que son, al parecer, ladrones de joyas. A partir de ese momento la trama se enrarece y resulta difícil decir de qué va la cosa: ¿Es todo una alucinación? ¿Un sueño? ¿La materialización de los deseos? ¿De los miedos? Es improbable dar con la clave de ese delirio escénico.

Lo que hay son puntos de contacto, aproximaciones, lecturas posibles. En una entrevista publicada en el diario El País en mayo de 1979, a propósito de la publicación de Pubis angelical, Puig señalaba: “A mí me gusta no darle todo resuelto al lector. Ofrecerle los elementos y, a la vez, un tiempo durante el cual pueda él poner en orden los datos que yo le doy y extraer sus propias deducciones.” La afirmación bien puede aplicarse a los espectadores de esta puesta: se trata de animarse a buscar sentidos, a hipotetizar y a jugar un poco al detective. Por eso, quizás sea un espectáculo para ser visto más de una vez.

Dos características vamos a destacar de la obra. La primera es la negación rotunda del realismo y la referencialidad (“un piedrazo en el espejo de la realidad”) para dar paso al sueño, al anhelo, a lo que late detrás, al inconsciente. Lo real no existe o se transforma en otra cosa, ambigua e insegura (“Aquí todo es real, empezando por nuestros deseos” desliza en un momento la dueña de casa). La segunda, es una marcada pulverización de la categoría del personaje, tal como lo conocemos y  como estamos acostumbrados a ver. Los personajes (sin nombres propios) son máscaras difusas que se diluyen y cambian según la mirada (el deseo o el miedo) del otro: Algunas creen ver en el otro a un amor perdido, otros/as al sujeto de sus pesadillas o de sus sueños ardientes. En este juego de apariencias, nadie es quien dice ser, no llegamos a conocer a ningún personaje porque sus rasgos se nos escapan de las manos. Pura pulsión.

Muy buen trabajo realizaron Iedvabni y equipo, en una propuesta que respeta la estética de un autor riesgoso de llevar a escena. Con un elenco talentoso y compacto (donde se destacan las actuaciones de María José Gabin y Pompeyo Audivert que marcan el ritmo y disparan algunos destellos de gracia) y un vestuario y una escenografía que recupera cierta mística “muy Puig” (una indicación del texto advierte: “todo es muy estilizado, nada natural”), la obra celebra y homenajea la cosmovisión de uno de los escritores más importantes de nuestro país.

Bajo un manto de estrellas es una experiencia que supone ganas de pensar y de emprender un viaje hacia otros lares, incluso a la locura. Quedarán flotando las preguntas (¿Cómo se lee y se lleva a escena hoy esta compleja dramaturgia? ¿Cuál es su lugar dentro del Teatro Argentino?) y, a cielo abierto, seguiremos queriendo (siempre y mucho) a Manuel Puig.