Lincoln, de Steven Spielberg

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La nueva producción histórica de Hollywood le llevó años a su director. Tiene todas las fichas para arrasar con sus doce candidaturas en los próximos Oscar que se entregan el 24 de febrero.

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Tres producciones fílmicas estadounidenses acaparan la atención del mundo del espectàculo en este comienzo del 2013: Lincoln, Django Unchained y Zero Dar Thirty. Son historias que describen un arco que arranca en los comienzos de la norteamericanización del capitalismo, de total trascendencia en la economía y en la política mundial actual.

Y es aquí donde se inserta Lincoln, cuyo relato abarca el debate entre Representantes del Congreso por la aprobación de la XIII Enmienda Constitucional que permitió abolir la esclavitud, en plena Guerra Civil. Bueno es recordar dos detalles para comprender la película: por un lado, que la guerra se produce, justamente, porque los estados esclavistas del sur no apoyan las iniciativas abolicionistas del norte, y en este sentido se comprende la premura con que Lincoln entiende la necesidad de aprobar la enmienda ante una guerra que se busca concluir y por otro lado, no menor, el hecho de que este presidente fuera uno de los fundadores del Partido Republicano que -al contrario de lo que sucedería después- tenía entonces un sesgo federalista, progresista y reformador.

La película prácticamente se centra en este debate que sancionará la abolición el 31 de enero de 1865, y culmina con el asesinato de Lincoln tres meses después.

Hay un detalle que distingue esta producción y es el acento puesto en lo doméstico. Por un lado, la disputa sucede en espacios públicos minimizados y captados en sus interiores. Así, la Casa Blanca y la Sala de Representantes son dos casonas que destacan por la profusión de gente que entra y sale en un el bullicio de gritos y proclamas, y a su vez el espacio de la calle tiene el aspecto de un pueblo cuasi de western. Es interesante en este sentido comparar la resolución del espacio en esta película y en Django Unchained dirigida por Quentin Tarantino, cuya historia transcurre inmediatamente antes del estallido de la guerra de Secesión y está atravesada por el tema de la esclavitud.

Este detalle que decimos gira en torno a lo doméstico como look&feel de la película, también se percibe en la unificación del espacio de acción política del presidente con su espacio privado (las habitaciones familiares), remarcando especialmente el flujo sin obstáculos de un mundo al otro; el hijo menor del presidente se mueve a sus anchas por toda la casa, y este clima de hogar interrumpe las reuniones de su gabinete de ministros. Esta cuestión se ve reforzada por cierta elección por planos cerrados, donde la argumentación de trascendencia histórica sucede en las recámaras y frente a la chimenea.

Otro detalle destaca lo doméstico y es el tratamiento de los personajes implicados en el debate a favor o en contra de la ley, que atraviesan la historia volviéndola a momentos un tanto compleja de comprender, con diálogos muy ágiles y de un alto grado de entrenós para los conocedores de la historia norteamericana. Algo de intimidad, de color local, de trastienda de cómo se aprueba una ley pervive en la mente de quienes vemos la película, más allá del valor histórico de la ley o la alcurnia de las personas que la debaten.

Lincoln es una película histórica, centrada en un momento particular, los últimos meses de este presidente. Sin gestos épicos,.Más bien acorde a los tiempos contemporáneos donde los presidentes nos dejan sus comentarios en twitter, suben videos, tienen facebook y conversan con la gente.  Pareciera una pelìcula hecha desde la certeza que da el hecho de que, por esas cuestiones del flujo unidireccional del conocimiento y de lo que nos toca saber, casi todo mundo tiene claro quién es Abraham Lincoln o qué era la XIII Enmienda, como sabe hoy quién es Barack Obama, el primer presidente afroamericano que asumió ayer su segunda presidencia ante 800 mil personas y en televisación global vía CNN.