The Charles Bukowski Tapes

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En Charles Bukowski historia y obra son casi indiscernibles. Por ende, resulta de especial interés tener la posibilidad de ver al viejo Hank sentado en el jardín de su casa bebiendo, recordando desventuras y expresando su particular visión de las cosas. De esto tratan The Charles Bukowski Tapes, de Barber Schroeder, disponibles en Youtube para quien quiera verlos.

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Fue bautizado en su Alemania natal como Heinrich Karl Bukowski . En Norteamérica, donde vivió desde los tres años hasta el fin de su vida, eligió la variante anglosajona de su segundo nombre para darse a conocer como escritor, aunque siempre prefirió que lo llamaran Hank. Le gustaba porque sonaba rudo. Bebió lo suficiente como para matar a diez hombres pero vivió 74 años, superando a no pocos corredores matinales y dietistas minuciosos. Ocurre que tenía que vivirlos. Había pasado décadas sumido en un degradado anonimato, viviendo en pensiones mugrientas, haciendo los trabajos que en la  supuesta tierra de las oportunidades ningún blanco quería hacer, recibiendo palizas en los bares, comiendo lo mínimo e intentando mitigar el dolor con hectolitros de alcohol barato, ese que lastima, el que  ni se disfruta. Todo esos años,  socarronamente esperanzado a veces, devastado otras, (quizá sosteniendo una navaja de afeitar contra su cuello frente al espejo del baño, como confiesa en uno de su poemas) supo que la literatura era su sino. Que escribir era lo único que podía aplacar su desesperación y hacer algo bello con toda esa basura. Estaba en lo correcto.

Llegó algo tarde: no hubo publicaciones de juventud para él. Tenía cincuenta y un años cuando se imprimió Cartero, su primera novela. Estaba basada en los once años en los  que padeció su condición de empleado de la  Oficina de Correos. Para entonces ya había publicado algunos poemarios de minúsculo tiraje y la recopilación de sus colaboraciones para la revista Open City, Escritos de un viejo indecente. Pero fue a partir de esta novela que pudo dedicarse exclusivamente a escribir  e inició un acelerado recorrido desde su condición  de escritor under  a la de discutida estrella literaria y mito viviente. Quien fuera una marginal  culminará viviendo en una mansión, codeándose con figuras de la farándula, manejando un BMW y siendo recibido a donde fuera como a un rock star. Para algunos de esos que nunca escasean, su riqueza y notoriedad constituirán una felonía. Pero él supo dejarles en claro que aquella añosa  furia, que aquella irreverencia seguirían intactas hasta el último día.

Cuando Bukowski  irrumpió en la escena literaria, los críticos le dedicaron sus destrezas. Intentaron  encasillarlo, pero esto resultaba difícil con él. No se sentía parte de ninguna corriente en particular ni provenía de ámbitos académicos. No estaba al tanto de las discusiones culturales en boga ni se sumaba a las muchedumbres bienintencionadas que pedían un mundo nuevo para la mañana siguiente. No le gustaban gran cosa los escritores de su tiempo, salvo tal vez Ernest Hemingway y Jhon Fante, un  talentoso novelista  ítalo-norteamericano de quien muchos supieron solo  por sus referencias.  Al escribir   incorporaba en sus comienzos usanzas  anticuadas. La más evidente era  la puntuación mañosa con omisión de mayúsculas, algo que ya había hecho la vanguardia poética de los años veinte. Y en sus historias plasmaba con fuerza, con enojo, con burla  y con ternura  su mundo de borrachos,  mendigos,  prostitutas devastadas, adictos al juego, asesinos potenciales, matones de bajo rango y perdedores y desesperados de variada índole. Y esto sin derivar nunca en las coloraciones metafísicas de Henry Miller, ni en las crónicas de ganadores y/o salvadores de la humanidad, como Hemingway.

Si la fantasía irrumpía en sus relatos, era consecuencia de sus delirium tremens. Y si había en sus relatos personajes que creían ser ganadores, bueno, así les iba.

¿En qué casillero ubicar, entonces, al borracho de la cara arruinada y los ojos siempre entrecerrados?

Beatnik, dijeron, que sea un beatnik más. Pero lo cierto es que Hank no mantuvo contacto con los representantes de esta movida y se ocupo de aclarar que no se sentía parte de ella con argumentos de escasa sutileza.

De sus historias es factible extraer una sabiduría desencantada, despiadada en sus apreciaciones sobre el norteamericano promedio, nihilista casi. Frecuentemente pone en ridículo la idea de ahorro, de progreso, de compostura citadina: el “sueño americano” le asquea.

Pero es cierto que Bukowski, puesto en la circunstancia del artista que opina sobre los temas candentes de la humanidad podía decepcionar un poco. No tenía mucho que decir sobre la situación mundial o el estado del arte, y no parecía que le importara gran cosa. No era un intelectual, su mundo era el de sus relatos: sus incursiones fuera de lo estrictamente literario nunca lo sacaron  de allí. El guión para Barfly, que dirigió Barbet Schroeder, trata sobre bares, borracheras y pensiones indecorosas.

Y la serie de entrevistas que le realizó la italiana Fernanda Pivano a principios de los ochenta, y publicadas como Lo que más me gusta es rascarme los sobacos en 1983, resultan atrayentes pero a cierta altura del libro el curso de la conversación se adultera. La periodista intenta que el escritor opine en forma sistematizada sobre “el problema nuclear”, la religión y la política, pero frecuentemente solo consigue del escritor respuestas zumbonas  y derivaciones que llevan al sexo, el alcohol y las carreras de caballos. Bukowski se remite a su universo. El intento de acompasar el mismo a las temáticas de candente actualidad resulta un tanto infértil.

Mejor es permitir que Bukowski despliegue su sapiencia en su terreno. Que en cualquier caso, los temas de tal índole aparezcan  enmarañados con sus anécdotas, desplegándose junto a ellas. Y dado que en Bukowski  historia y  obra son (casi) lo mismo, y que su mirada desconfiada y sonrisa de sobreviviente tenían encanto escénico, grabarlo en tales circunstancias, procurando no dirigir demasiado su charla, tenía que dar buenos resultados. Y los dio.

En 1985 Barbet Schroeder filmó a Hank durante 64 horas. Con ello compuso un total de 52 secuencias en las que el escritor discurre  sobre temas variados. Transcurren mayormente de noche, en la casa en Los Ángeles que compartía con Linda Lee, con quién aún no se había casado.

Previsiblemente el escritor bebe todo el tiempo. Usualmente habla de corrido, pero en ocasiones se detiene y mira de reojo a la cámara, molesto. A veces se distrae con algún ruido o mira al director al otro lado de la mesa, con esos ojos semejantes a rendijas, como inquiriéndole por el sentido de todo ese despliegue. En cierta ocasión llega a pedirle que le haga alguna pregunta, algo a lo que el director no accede: solo sigue filmando.  En algunas escenas, Bukowski  está abiertamente borracho, como aquella en la que discute con Linda frente a cámaras.

Lee algunos poemas, recorre su viejo barrio, mencionando anécdotas a cada paso, se sienta en el porche de la casa en que vivía cuando escribió Mujeres, entra a la que fuera su casa natal y recuerda las palizas que su padre le daba. Y no se priva de sus particulares aseveraciones.

Me gusta Kerouac” dice en cierto momento “él anduvo en el camino para inspirarse…..yo anduve en los caminos porque no me quedaba otra”.

Habla de las multitudes, a las que considera “vidas en conserva”. “Cuanto más pienso en la humanidad menos quiero pensar en ella” se inquieta en otro tramo. Incursiona en temas políticos, a su manera: “Si suficientes malvados consiguen suficientes seguidores por todo el mundo, se convierten en hombres buenos. Entonces hacen falta nuevos malvados para detenerlos”. Define la sabiduría: “Sabiduría es hacer todo lo que la gente común no hace. Lo invertís todo y obtenés el cielo que ellos buscan….así es como gano yo en las pistas de caballos”.

Decepciona  màs adelante a quienes  creen que marginándose artificialmente y poblando sus vidas de resacas van a recorrer una senda similar a la suya. “Morirte de hambre y llegar a estar hecho un hueso no te va a dar talento”. Pero, claro está, “todos creen que lo tienen”.

Con excepción de los tramos en los que Bukowski lleva a quienes lo filman de paseo, el resto del tiempo la atmósfera es la de una conversación de bar, en la cual el más viejo y experimentado ha tomado la palabra y los demás escuchan y aprenden. Y Hank evidencia, comedidamente, disfrutar de eso.  Se mueve lentamente mientras habla, acompaña sus decires con las manos, mira a los lados como si estuviera viendo las escenas que rememora. Algunas de ellas son por demás recomendables, como esa en la  que cuenta que eligió a un bar como su preferido cuando debido a una pelea comenzaron a volar botellas a centímetros de su cabeza al entrar por vez primera en él. Por supuesto, no ha de saberse nunca el porcentaje de certeza històrica en todo esto. Pero dado que, parafraseando a Cocteau, el artista miente para decir la verdad, es innecesario plantearse inferencias estadísticas.

El producto final fue estrenado en 1987, el mismo en el que lo fue Barfly, y se convirtió rápidamente en un film de culto.

Està subtitulado y a disposición de cualquier interesado en YouTube: basta con  tipear The Charles Bukowski Tapes. Un tal Fucking Youth lo subió hace casi un año, prolijamente dividido en sus 52 secuencias. Y de haber interés, son recomendables otras dos joyitas disponibles en Youtube relacionadas con Hank: una es la grabación de su participación en el programa del francès Bernard Pivot, Apostrophes, en 1978. Bukowski está allí completamente ebrio frente a las cámaras, escandaliza a los presentables presentes y se va tambaleándose en mitad de la entrevista.  Para encontrarlo basta tipear Bukowski Apostrophes. Hay un pequeño extracto con subtìtulos, y una versión más larga sin ellos. En rigor, ni falta que hacen. La otra, buena para cerrar el recorrido, es un corto de animación de Jonathan Hogdson, un artista inglès. El mismo interpreta el poema de Bukowski The man with the beautiful eyes, tipeando esto último se lo encuentra. En dicho poema un grupo de niños rondan intrigados una desvencijada casa a la que sus padres les han dicho que no se acerquen. Un dìa ven salir de ella un hombre joven, desaliñado y de ojos bellísimos, que los saluda despreocupadamente antes de volver a encerrarse. Nunca vuelven a verlo. Para los niños, ese hombre rùstico, quizá alcohòlico, quizá prófugo, es la antítesis fascinante de sus bien afeitados y rutinarios padres. La verdad es de una salvaje hermosura, y està prohibida.

Hogdson capta la esencia del poema y desarrolla una animación centrado en la visión maravillada del càndido grupo. No vemos ni a los padres, ni al hombre hermoso. Los primeros son sombras azuladas sobre el piso, el segundo es apenas un perfil visto a medias, y un destello de luz sobre las caras de los chicos. Este hombre es, probablemente, aquel cuyos ojos se ven, al decir de Bukowski en uno de sus poemas, como  “los de un tigre  mirando hacia el pasado”.  El escritor afirma allí no haber podido encontrar un hombre así en su vida entera. Eso no está mal del todo: es lo inacabado lo que alimenta el fuego. Y que sería de Hank sin sus derrotas. Casi con seguridad alguien que no generaría, solo sentándose a beber y hablar, el embeleso alojado en The  Charles Bukowski Tapes.

 

  • Luciana

    Qué linda nota!!!! Considero desde mi humilde punto de vista, que la misma transmite la franqueza y sinceridad del pensamiento del querido Hank, muy sentida la nota :)

  • Luciana

    PD: Además de la selección de la foto que la ilustra, no podía ser más apropiada, representa a esa belleza irradiante que pocos ven en la figura de Bukowski, preciosa!