Sobre “Aura”, de Carlos Fuentes

0
167

Una historia mítica de la literatura mexicana, la primer novela de Carlos Fuentes es analizada en este texto inédito exclusivo para Leedor.

- Publicidad -

Aura o el embrujo revolucionario de una época.

Aura”, la primer novela breve de Carlos Fuentes, llega a tu vida de un modo casual e inesperado, su lectura más por obligación que por gusto -no exenta del deber escolar- se revuelve entre las características propias de su extensión: 52 páginas y la edad de sus jóvenes lectores; lo que conlleva a una leída distraída y poco profunda. Incluida en la mayoría de los planes de estudio del nivel medio superior del país, un sinnúmero de profesores de español, literatura o materias afines, hacen de “Aura” el pretexto idóneo para acercar a sus alumnos al sutil mundo de las letras; ejercicio magisterial por demás loable no exento de imperfecciones y subjetividades mal orientadas. Lo que haré en las siguientes líneas es aventurar una nueva aproximación a la ya mítica historia protagonizada por Felipe Montero en una vieja casona de la calle de Donceles, en el centro dela Ciudad de México.

Editada originalmente en 1962, al inicio de una década que terminaría en un río de sangre, “Aura” debió ser para su creador, un aquelarre en el que el escritor en ciernes pudo dar rienda suelta a su universal imaginación, mezcla de una aguda inteligencia y estricta formación literaria. En algún momento de su vida, Fuentes explicó el origen de la dualidad Aura-Consuelo, propia de las hechiceras y arquetipo de su novela:

Esa obsesión nació en mí cuando tenía siete años y después de visitar el Castillo de Chapultepec y ver el cuadro de la joven Carlota de Bélgica, encontré en el archivo Casasola la fotografía de esa misma mujer, ahora vieja, muerta, recostada dentro un féretro acojinado, adornada con una cofia de niña, la Carlota que murió loca en un castillo. Son las dos Carlotas Aura y Consuelo. 1

  Sin embargo, “Aura” no se reduce a una presencia de lo fantasmagórico en la realidad (literaria) o a la supervivencia de dos dimensiones del tiempo o a una simple historia de vampiros; como algunas interpretaciones intentan explicarla. Esta nouvelle de aire misterioso, cuenta una historia sobre el amor benévolo que a través del mito de la hechicería, intenta restituir el papel “original” de la mujer-madre –surgido en la Edad Media- en la que fungía como tierra guardiana y nodriza fiel. Al principio de la novela, aparece Felipe Montero, joven historiador; cargado de datos inútiles, que se alimenta en cafetines sucios, y a quien únicamente le interesa obtener los medios para su subsistencia; escéptico e indiferente, vive en una sociedad moderna pero en crisis, decadente y desdichada, condición sine qua non al surgimiento de las hechiceras siempre –fantásticas y bienhechoras-. Parafraseando al historiador francés Jules Michelet, podemos decir que las condiciones que originaron el surgimiento de estas mujeres que derivaron del estricto control, restricción y persecución, que ejerció la Iglesia sobre lo que designó como herejía.2

Un día leyendo el periódico, Montero se entera de un posible empleo que inmediatamente supone está destinado exclusivamente para él, Felipe, lee el aviso oportuno en una segunda ocasión y decide ir a esa casona en la que entra en contacto directo con Consuelo y más tarde con una bellísima joven llamada Aura.

 

Tocas en vano con esa manija, esa cabeza de perro en cobre, gastada, sin relieves: semejante a la cabeza de un feto canino en los museos de ciencias naturales. Imaginas que el perro te sonríe y sueltas su contacto helado. La puerta cede al empuje levísimo, de tus dedos, y antes de entrar miras por última vez sobre tu hombro, frunces el ceño porque la larga fila detenida de camiones y autos gruñe, pita, suelta el humo insano de su prisa. Tratas, inútilmente de retener una sola imagen de ese mundo exterior diferenciado. 3

Aura/Consuelo, habita un mundo consustancial al de las hechiceras que solían vivir en bosques y landas, Felipe penetra en ese universo obscuro, húmedo y cruento, y sin embargo, los dos, o los tres, están excluidos del espacio social en el que finalmente coexisten; pero no del tiempo cíclico que habitaran para siempre cuando ambos se entreguen en un pacto del cuerpo y alma. A lo largo de toda la Edad Media, las brujas-hechiceras tan temidas como respetadas, eran llamadas bella donnas; nombre que también recibía una planta de carácter curativo que aliviaba los males postparto, muy utilizada entre las mujeres en un mundo anterior a la Medicina. Aura a pesar de practicar la hechicería (comida ritual, sacrificio de animales, cultivo de plantas venenosas) juega también el papel de bruja buena, ya que será ella, quien con su manto protector,  – no en balde se llama Consuelo- restituya a Felipe de su suerte de marginado.*

El primer encuentro con Aura es fáustico, crucial para Felipe, que rumora la presencia de ella a través del grácil sonido de su vestido. Los apasionantes ojos verdes, la figura omnipresente, delicada y misteriosa; que se pasea por el caserón en penumbras sosteniendo un candelabro y una campana y que le servirá de guía, tal barquero de Hades, hacia otra dimensión de vida, que Montero, desconcertado al principio, acabará aceptando como propia.

El “sacrificio” de Felipe, consumado desde la redención del amor, su contacto con lo Utópico, y su posterior condena a la inmortalidad, son definidos a partir de la desolación de los hombres. Una vez que los dioses fueron enfrentados contra la naturaleza misma, el sacrificio se hizo con víctimas humanas. Esta sería la metáfora de la novela, sin dioses, las víctimas seremos sólo humanos.

*Tiranía necesaria, pues sólo ella salva al hombre de la Historia resituándolo en un tiempo circular, a la vez andante y fijo. Que el hombre –privado, ¡ay!, de todo ritmo biológico- se remita a la Mujer; que mediante una atención minuciosa despose los retornos benéficos de la muda sanguínea y abolirá en sí las degradaciones del tiempo lineal, vivirá varias vidas, a la manera de los grandes Magos. La Mujer es por tanto mediación última, detiene el tiempo y, aún más, lo hace empezar de nuevo (Roland, Barthes, Michelet, FCE, México, 1988.)

El entusiasmo real de Carlos Fuentes, por los primeros años de la triunfante Revolución Cubana (1959) permite conjeturar que el arquetipo de su protagonista, la mujer Sabia que advierte que hay que morir antes de renacer, es también el dela Revolución. Las hechiceras, a diferencia de las sibilas, no sólo contemplan el porvenir profetizándolo, sino que ayudan a crearlo, tal como lo hace la bruja de la novela de Fuentes “ayudando” a Felipe a “ser alguien” o en todo caso recuperando para él su identidad original – baste recordar que al final de la novela Montero es identificado por Aura/Consuelo como su esposo, el fallecido General Llorente de quien el joven historiador deberá escribir sus “propias” memorias-.

Como toda buena literatura, Aura, parece dialogar incesantemente y de manera inteligente, con las novelas de Henry James, Alejandro Pushkin y los cuentos de Edgar Allan Poe, donde las almas se materializan, desdoblándose, para dar vida a presencias fantasmagóricas y tenebrosas, completando el cuadro de la perfección estética, la brevedad de dichos relatos. Sin embargo, no creo que ni “Los papeles de Aspern”, ni “La Damade Picas”, ni el cuento titulado “Ligeia” del gran Poe, alcancen la profunda interpretación de mitos en la cuarta obra de un escritor que nació para novelar.

La obra de Carlos Fuentes, representa para el conjunto de la narrativa nacional el periodo de transición más importante hacia su modernidad, es en la novelística de este escritor nacido en 1928 en la ciudad de Panamá, donde se muestran por primera vez la conjunción de lo mexicano y lo universal,  la historia, el mito y el presente. Preservarlo del olvido de los hombres, de su corta memoria, será tarea obligada para las futuras generaciones.

Al cerrar el libro uno tiene la certeza de que “Aura” siempre estará ahí para remediar los males de la humanidad toda.

ALGO MÁS SOBRE AURA:

  • Hace 21 años, el compositor mexicano Mario Lavista presentó en el Palacio de Bellas Artes, una ópera basada en la novela “Aura” de Carlos Fuentes, recientemente remasterizado el CD, puedes adquirirlo en la librería Educal al interior del Centro Cultural de Chiapas Jaime Sabines (CCCJS). Av. Central Oriente S/N entre 13 y 11 Oriente.
  • Strage in amore” es una película de 1966 dirigida por Damiano Damiani, basada en la novela “Aura”.
  • El ex secretario de Gobernación de México el panista Carlos Abascal Carranza (1949-2008) en el 2001, provocó que la directora del Colegio en el que estudiaba su hija, despidiera a la maestra que le pidió a sus alumnas leer la novela “Aura”.

    Notas

    1 (De “Los Fantasmas en la obra de Carlos Fuentes”, en Esguince de Cintura de Margo Glantz, Primera edición en Lecturas Mexicanas: 1994, CONACULTA, México.)

    2 Hay otra cosita rechazada por la Iglesia: la lógica, la razón libre {…} la Iglesia había construido con cal y cemento un pequeño in pace estrecho, la bóveda baja, iluminada por la luz mortecina que entraba por una rendija. Esto se llamaba la Escuela. Se soltaba a algunos tonsurados y se les decía: ¡Sed libres! Todos se volvían tullidos. Trescientos, cuatrocientos años confirman la parálisis. Es cómico que se busque aquí el origen del Renacimiento. El renacimiento tuvo lugar, pero ¿cómo? Por el satánico esfuerzo de la gente que atravesó la Bóveda, por la empresa de los condenados que querían ver el cielo. Y tuvo lugar lejos de la Escuela y los letrados, en la Escuela de los Matorrales, donde Satanás dictaba clases a la bruja y al pastor (Michelet, Jules, La Bruja. Un estudio de las supersticiones en la Edad Media, AKAL, Madrid, 2004.)

    3 (Fuentes, Carlos, Aura, ERA, México, 2009. (El subrayado es mío.)

* El autor de esta nota nació en México Distrito Federal el 13 de febrero de 1977. Vive actualmente en la Ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México. Estudió Antropología Social y Economía y se dedicoaa la promoción cultural en la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH). Es, además, asesor en Sistemas de Gestión de Calidad.