Povnia

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Por ocho únicas funciones, se está presentando en Buenos Aires, el maravilloso unipersonal protagonizado por la payasa Lila Monti. Quedan seis, no se lo pierdan. 

 

Una lo ha perdido todo. Cae del cielo como una bomba a punto de explotar pero no explota, sobrevive, resiste, nace a una nueva vida. No amortigua la caída, la vive con intensidad. Viene de Povnia, un pequeño país ubicado entre  Opa y U.R que ha sido arrasado por las catástrofes naturales.  No encuentra a sus amigos, no puede ubicar en el mapa el lugar en dónde cayó ni hablar la lengua de los nativos. Está sola en el mundo pero, entre sus escasas pertenencias, guarda algo valiosísimo que la impulsará a seguir adelante: su preciosa capacidad de asombro, anclada en la esperanza de todo lo bueno nuevo que vendrá.

Lila Monti es Una y Una podría ser cualquiera. Es decir, cualquiera espectador (en la propia lectura) puede reconocer o identificar en la historia sus pequeñas o grandes tragedias cotidianas. Pero Una también es una singularidad: es tierna y tosca, es sensible y fuerte, arremete contra un dios que hizo todo mal y se olvidó de ella, llora, grita pero también acepta (sin olvidar porque los recuerdos perdurarán en su semblante y en su modo de ser ) las nuevas posibilidades, las nuevas reglas, los nuevos amigos.

Así, lo universal y lo particular se funde y se complementan en una obra que podría presentarse, si no en todas partes, en muchas partes del mundo. La experiencia de Una se universaliza hasta convertirse en una metáfora escénica, con la ayuda de un lenguaje que es todos y ninguno (mezcla de ruso, inglés, francés y tantos otros), el necesario lenguaje del clown, capaz de derribar todas las barreras para acariciar la esencia de lo verdaderamente humano. En ese sentido, Povnia es (casi) una nueva Babel, una maravilla de la comunicación, basada en la risa y en la resignificación compartida del dolor.

Si uno recurre a la definición del diccionario, descubre que, en cierto imaginario popular, todavía perdura esa concepción del payaso como alguien poco serio, gracioso, incluso tonto (“fool” era el término que se utilizaba en la Inglaterra Isabelina para nombrar al bufón de la corte). Pero los payasos son otra cosa, son mucho más que eso. Hay un gran nivel de profesionalización, hay una búsqueda intensa en la propia subjetividad hasta alcanzar al payaso que se enconde en uno (todos tenemos el propio aunque no lo sepamos o lo ignoremos), con su particular visión de la realidad. Lila Monti da cuenta de ello: sobre el escenario juega, hace reír pero también pensar; es actriz, acróbata, cantante, una artista integral, hecha y derecha. No se trata sólo de talento (que lo tiene y mucho) sino también de técnica, de esfuerzo y de una cabal consciencia de lo que es ser un payaso.

Povnia, con la correctísima dirección de los maestros Cristina Martí y Guillermo Angelelli, es una delicada pieza de relojería. Aunque parezca improvisada por su naturalidad y frescura y porque la interacción con el público hace que cada función sea diferente, cada elemento está colocado en el lugar y en el momento justo, cada mirada, cada gesto interviene en el punto exacto para lograr el gag, la carcajada, la emoción.

Povnia es de esos espectáculos que todos deberían sentir la obligación de recomendar, por talento, inteligencia y distinción, porque nos recuerda que estamos vivos, aquí y ahora, y también que la escena independiente goza de muy buena salud. Desde Leedor lo recomendamos, además, porque nos dice que el teatro nos puede salvar un poco la vida.

Vayan y aplaudan de pie a la genial Lila Monti.