The limits of control, Jim Jarmusch

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Marca Jarmusch para una perla que el director titula con el nombre de uno de sus libros favoritos. Inquietud, obsesión estructural y al mismo tiempo sensación de vacío para un cine siempre recomendable.

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El título del filme es el mismo que el de un ensayo de William Burroghs, escritor de cabecera de Jarmusch, que ha ejercido una inspiración fundamental en las poéticas y éticas de toda su generación, donde la clave del control pasa en buena medida por el lenguaje, como un elemento de poder. Primera paradoja, el lenguaje verbal destaca por la ausencia y no es en ningún caso herramienta de comunicación. La información no avanza por la palabra, sino desde las impresiones casi observacionales y mudas del protagonista, impecablemente encarnado en la cara y el cuerpo de Isaac de Bankholé, actor que ya ha transitado otras pelis de Jarmusch (Noche en la tierra, Ghost Dog: el camino del samurai, Coffe and cigarettes).

Sobre el tema del poder versa la película, donde la imaginación y lo conceptual son claves. La posibilidad de rebelión pasa por el pensamiento como energía y la sinergia como acción, y de cierto entrenamiento disciplinado para expresar antidisciplinas, que hacen que la obra pueda ser pensada como un “thriller zen”, categoría que se me acaba de ocurrir.

La fotografía de la película también contribuye al clima particular de la imagen. Según declara el propio director en una entrevista, su DF Christopher Doyle utilizó material vencido y descolorido.  El aire de Almería y Sevilla suma, como las locaciones, que siguen la línea minimal o constructivista de arquitecturas particulares. Un toque esteticista de la primera parte: los juegos entre los cuadros colgados en el Museo Reina Sofía que el protagonista visita como un peregrino y la continuación de esa imagen en el mundo exterior, acentuando el juego imaginativo y de ensoñación que adquiere la mirada muda del protagonista como fuente del punto de vista narrativo.

Un filme de idea, donde la obsesión por la estructura habla del control como método, la repetición como diferencia que provoca progresión y permite el cambio, que finalmente y de manera previsible, llega.