La xenofobia o la idea de un país pequeño pequeño

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La xenofobia se expresa de muchas maneras. En sus manifestaciones extremas, la violencia física dice presente, pero la sutileza es parte de su ardid. La xenofobia es el rechazo del extranjero, del no nacido en el país. En general no se aplica por igual a todos. Suele haber preferencias en cuanto a las nacionalidades. De este modo la xenofobia suele emparentarse con el racismo, entendido éste como el desprecio hacia determinados grupos étnicos. La xenofobia aparece en el discurso del sentido común, disfrazada de sentencia con lógica. Detrás esconde mezquindad y a la vez un claro sentimiento de inferioridad, de destino manifiesto pero interpretado a la inversa.

Se suele percibir un rechazo casi gutural cuando se menciona la posibilidad de abrir definitivamente las fronteras de un país. Extraña colonización mental la del liberalismo, que convence de la libre circulación de las mercancías y reprime y restringe la libre circulación de las personas (cuando, para colmo de contradicciones, como bien señala Marx, en el capitalismo, la fuerza de trabajo es también ella misma ¡una mercancía!).

La gente suele manifestar, ya que no pensar, que la apertura de las fronteras implica necesariamente una invasión masiva, descontrolada, de seres humanos que acechan, esperando la oportunidad para poder llegar. En algunos lados hasta llegan construir muros (alguno incluso, dicen, se ve desde la mismísima Luna) que no impiden el paso de la gente pero sí demuestran un sendero de clara decadencia. A los extranjeros se les endilga la ocupación de puestos de trabajo que deberían corresponder a los nativos, se les acusa de delincuentes, de no ser lo suficientemente trabajadores como para merecer esos puestos de trabajo e incluso se los acusa de vagos (sentencia esta que contradice la primera, pero sabemos, los prejuicios son inmunes a las contradicciones e inconsistencias). Es interesante señalar como en la Inglaterra de principios del siglo XIX, esos mismos prejuicios se aplicaban a los alemanes, que en función de la pobreza que reinaba en su tierra, emigraban hacia Inglaterra, donde la revolución industrial se estaba llevando a cabo y por lo tanto había necesidad de mano de obra.

La realidad es que la demanda de trabajo no depende de la voluntad de las personas que desean o no trabajar, sino de las necesidades concretas de una empresa por aumentar su productividad. Esta necesidad no necesariamente se satisface con más cantidad de gente trabajando, muchas veces la tecnología  hace esa tarea, pero en muchos casos no queda otro remedio que contratar personal. Allí se encuentra la disponibilidad de trabajo en una sociedad. Son los requerimientos materiales del propio sistema capitalista los que engendran tanto la oferta como la demanda de fuerza de trabajo. ¡Qué sencilla sería la vida si todo fuera una cuestión de voluntad! Desgraciadamente la mayor parte de los sucesos que nos circundan no dependen de cada uno de nosotros, no al menos enteramente y en muchos casos el control sobre las consecuencias de nuestros propios actos se reduce únicamente a lo inmediato.

La xenofobia es la manifestación de una enorme falta de confianza en las capacidades propias y de los connacionales. Es la percepción de un país que no puede crecer, que debe permanecer demográficamente como está o aún peor achicarse. La generación del ’80, en la Argentina, sostenía, entre muchas sombras, algunas luces. Entre estas últimas estaba la íntima convicción del destino de grandeza de la república. Apostaban por un país inmenso, con 100 millones de habitantes, que debía poblarse, pensaban ellos, mediante el aporte principalmente de la inmigración (en lo posible con características nórdicas, se esperanzaban, en un alarde de torpe racismo). Por el contrario, en la década del ’30, la década infame, los conservadores, patéticos herederos de aquellos tristes positivistas, tenían una mirada opuesta. Para ellos el país no podía sobrepasar los 5 millones de habitantes. Es más, planteaban que la cantidad de habitantes debía depender de la cantidad de vacas que había en el país. Una idea tan corta como sus aspiraciones.

Esa mirada miope parece impregnar los discursos actuales, por ejemplo los del Jefe de Gobierno, quien, en más de una oportunidad, se refirió a la “inmigración descontrolada”, como a uno de los males del país. Sería bueno que, en función de la responsabilidad que porta, revisara los datos de los censos y de la historia. Allí podría observar que desde la finalización de la segunda guerra mundial, el porcentaje de extranjeros en el país se mantuvo prácticamente constante, en el orden del 4%. Evitaría así algunos papelones.