Apuntes sobre la actividad escénica en Buenos Aires

0
9

Ahora que el año está terminando, quisiera escribir unas breves líneas a modo de reflexión sobre la actividad teatral en la Ciudad de Buenos Aires. Escribo no sólo desde mi condición de investigador y de crítico, sino también y fundamentalmente, a partir de estar pensando el teatro desde hace muchos años desde el campo de la dramaturgia, la dirección y la actuación. Quiero aclarar también que estoy tratando de pensar en lo que se refiere a las artes escénicas del espacio off o alternativo, dejando de lado las obras enmarcadas dentro del teatro comercial y las que se encuentran bajo la lógica del teatro oficial.

Tal como se viene verificando desde hace por lo menos una década, el teatro de la ciudad goza de una gran salud en lo que se refiere a la cantidad y a la variedad estética de las propuestas que se estrenan todas las semanas. Asistimos así a espectáculos que proponen mundos ficcionales muy diversos, a partir de estrategias y procedimientos narrativos de lo más disímiles: el teatro documental, las obras de cruce entre distintos tipos de lenguajes y formatos (pienso en puestas que abordan la danza, el teatro, el circo, la música, el audiovisual, etc.), zonas de intersección que a mi entender vienen siendo de lo más interesante que se puede ver dentro de las tendencias contemporáneas, y por supuesto obras más convencionales, en las que se narra una historia con un conflicto claramente orquestado, en donde el fenómeno de la “cuarta pared” aún sobrevive.

Y sin embargo, la situación de las artes escénicas en la ciudad dista de ser de la mejor. Los creadores se enfrentan a problemas de todo tipo, que incluyen atrasos en el pago de subsidios, en la compleja relación que mantienen tanto con el estado nacional (léase Instituto Nacional del Teatro), como con el estado municipal (léase Proteatro y Prodanza). La profesionalización para quienes se dedican a la actividad es una suerte de ideal imposible: muy pocos creadores pueden vivir de lo que hacen, y por lo tanto se dedican a actividades paralelas. Sinceramente, debo decir que no sé si esta profesionalización es algo deseable o no (escribo esto último desde mi lugar de realizador, a título personal), pero entiendo que sea una aspiración más que válida para muchos creadores.

A las salas, que sobreviven en condiciones muy difíciles, tampoco les va mejor: los subsidios de los entes estatales, cuando existen, no alcanzan a cumplir con los requerimientos mínimos que éstas poseen. Es decir que el financiamiento del estado siempre corre muy por detrás de la necesidad ya creada anteriormente. Y por otro lado, no parece existir otro modelo de financiamiento y de producción sustentable y viable en el tiempo más allá de éste, que no sea el del propio esfuerzo, tiempo y dinero de quienes se ven involucrados en la actividad.

Quiero también referirme al público, uno de los aspectos que más hay que atender a la hora de pensar sobre la actividad escénica en Buenos Aires. En este punto nos encontramos con un gran problema: la necesidad de generar un radio de público mayor que nos permita salir de la endogamia. El hecho de que quienes ven teatro off, para hablar de lo que más conozco, son fundamentalmente estudiantes, actores, directores, dramaturgos, estudiantes y/o familiares de todos ellos. Cómo hacer, cómo lograr que los espectáculos de las artes escénicas constituyan una actividad que trascienda a los iniciados, a los convencidos. Este es claramente uno de los grandes desafíos que sigue teniendo por delante la actividad. Porque es también, claro está, la gran cuenta pendiente. De ahí la importancia de los programas de formación de espectadores, como el que se lleva a cabo desde el Ministerio de Educación de la Ciudad, bajo la coordinación de Ana Durán y Sonia Jaroslavsky, quienes además han publicado este año un libro sobre el tema: Cómo formar jóvenes espectadores en la era digital (Editorial Leviatán). No obstante, el acercamiento de nuevo público a las artes escénicas sigue siendo un camino sinuoso, dependiente de muchas variables, entre las que figuran también los esfuerzos que los propios creadores puedan hacer para mejorar la comunicación y la difusión de sus espectáculos. En este sentido, no está demás pensar en la realización de obras en espacios no convencionales. Quiero decir: si Mahoma no va a la montaña…

Y finalmente, me gustaría referirme a la necesidad que tengo, desde el campo de la investigación y la crítica teatral, de buscar lo nuevo. Me refiero a intentar escuchar los silencios de una época, o mejor, lo que ésta murmura, lo que dice sólo en voz muy baja, apenas audible. Intentar pensar, ser capaz de ver lo que esta época calla. Pensar todo el tiempo, en relación al teatro, qué espectáculos me estoy perdiendo, cuáles no estoy pudiendo ver, por más que sean de una factura notable, más allá de las autores y realizadores ya canonizados y establecidos. E incluso de las jóvenes promesas consolidadas. Redescubrir lo escénico a través de otros ojos, por otras vías. Me parece que mi tarea se centra entonces en esta búsqueda incesante de preguntarme por lo otro, lo disruptivo, lo que no ha sido tomado por el sistema de la crítica institucionalizada, sea la que se expresa a través de medios impresos o digitales. En ese sesgo, en esa línea me interesa también continuar desarrollando mi trabajo en el próximo año que está a punto de comenzar.