Bellflower: El final de todo esto

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Dos hombres jóvenes inmersos en la pesadilla del sueño americano de esta época: aquella que se refiere a la idiotez permanente, dada por la comodidad que brinda la adolescencia eterna. Dos amigos que se comportan como ridículas caricaturas salidas de MTV, los Beavis y Butt-head de los dos mil. Seres que invitan a pensar en un país integrado por individuos lobotomizados, arrasados por la sociedad de consumo, los psicofármacos y la ignorancia más simple y llana. Estos dos hombres, quienes se proponen vivir una suerte de secuela de “Mad Max” (1979), llegan al pueblo que le da nombre a la película. Y poco a poco, si el espectador es paciente y deja que la trama vaya imponiéndose de manera gradual, nos encontramos ante un film muy potente, en el que el desengaño amoroso deja paso a un aspecto mucho más perturbador: aquel que hace referencia a la destrucción de una sociedad que se fagocita a sí misma a pasos acelerados. Un entorno social compuesto por “machos” vacíos, que ya sólo pueden devenir puro gesto, pura formalidad de ritos anacrónicos. El apocalipsis de “Mad Max” con el que tanto sueñan los muchachos, ya no se encuentra en el sentido purificador del fuego, que explota en todas direcciones en la película, sino en el interior de las mentes de estos personajes con daños cerebrales irreversibles. Entre la realidad y la ficción, entre lo cotidiano y lo onírico, la película avanza paso a paso hasta llegar a un final disruptivo: ya no sólo nada es lo que parece, sino que no tiene la menor importancia saber qué es lo que “en verdad” ocurrió. Porque si hay verdad, o mejor dicho, verosimilitud, ella se encuentra en todo caso en el proceso y nunca en el final en tanto acontecimiento cerrado. Lo inquietante de esta película es que justamente nos deja pensando que el temido apocalipsis no tendrá lugar a partir del cambio climático, de las guerras nucleares, o por el fin del calendario maya, sino que somos nosotros mismos quienes construimos y destruimos, los que hacemos y deshacemos nuestro propio infierno, como así también el de los otros, el de que aquellos a quienes más amamos. Es por eso quizás que las llamas ardientes, en el principio y en el final de “Bellflower”, no hacen más que invadirlo todo.