Tita Merello

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10 años sin Tita. Estrella del cine, la canción y el teatro, su larga existencia la mostró como un valuarte de lo que llegó a ser: Tita de Buenos Aires. Escribe Raúl Manrupe.Tita, una porteña de aquellas

Tita Merello fue el espejo de muchas mujeres porteñas nacidas a principios del siglo XX. Su apariencia malhumorada, con toques de severidad, parecía un intento voluntario para alejarse de la vulnerabilidad femenina y afrontar años complicados. Muchas de esas abuelas o tías, o bisabuelas nuestras, habían pasado por una infancia dura, casi tanto como el trato que solían darles los padres, obreros o artesanos ocupados en hacer una América que no era tan fácil como les habían contado. A ellas, Tita incluida, los años les enseñaron a defenderse de los hombres y enfrentarlos para salir adelante.

Estrella del cine, la canción y el teatro, su larga existencia la mostró como un valuarte de lo que llegó a ser: Tita de Buenos Aires, a partir de los años 60; Ana Magnani criolla, por sus películas en las que supo explotar su perfil recio que ocultaba, según el caso, menores o mayores dosis de ternura. Pequeña de físico y tímida, su máscara la agigantó. Tal vez era lo que ella pretendía, aún en la declinación de sus últimos años. Si “La Carancha”, el personaje en el que Demare le dio su mayor lucimiento en Los Isleros, llevó hasta el máximo el punto de contacto entre los dos aspectos de su personalidad, es interesante y hasta tierno, observar la Tita juvenil de Tango. Con su pelo tirante peinado con raya al medio, fumando desprejuiciada, alisándose las cejas con saliva, antes de cantar, su imagen es la de una de tantas chicas que a los veintitantos, ya sabían bastante de la vida y esperaban todo.

Recordarla así, y oírla pedirnos “Manyen qué linda mujer” es un buen saludo a una de las mujeres del siglo pasado, que abarcaron la primera etapa del cine sonoro, la radio y la televisión argentinas. Etapas, que junto con el teatro que frecuentó, suelen citarse como épocas de oro de nuestro espectáculo. No hace falta reconocer entonces su valor, siempre presente.