Graduados

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El miércoles  pasado terminó la comedia romántica protagonizada por Nancy Duplaá y Daniel Hendler. pensamos aquí algunas claves del éxito televisivo del año. 

 

Es sólo televisión pero me gusta

Aunque ahora vea poco, nunca tuve prejuicios para mirar televisión y creo que es porque jamás le pedí más de lo que puede dar: entretenimiento y efímera diversión. No considero que la TV de hoy sea mejor ni peor que la de antaño a pesar de que los melancólicos se empeñen en sobrevalorar las supuestas joyas del pasado. Basura hubo siempre como también productos (sí, son productos para gustar y para vender) de calidad, hechos con talento e inteligencia, que lograron marcar el imaginario popular. La mal llamada “Caja boba” (mal llamada porque es de todo menos boba) tiene una virtud de la que carecen el cine y el teatro (que es, sin lugar a dudas, un espacio todavía lo suficientemente elitista como para conseguir atraer nuevos públicos): es masiva,  accesible, convoca y reúne.

Y si  nos preguntáramos  hoy qué fue lo que convirtió a Graduados en el éxito del año, la primera respuesta que surgiría tendría con ver con eso: Fue la ficción que supo reunir frente al televisor a varias generaciones desencontradas, a personas con gustos antagónicos e incluso a hombres absolutamente desafectados de la comedia romántica.

Meses atrás observaba con asombro cómo todas las conversaciones con mis amigas se desviaban indefectiblemente hacia algún comentario sobre las escenas de la novela, me he sorprendido deslizando alguna absurda reflexión sobre el llanto de Nancy Duplaá en mitad de una digresión sobre la narrativa de Fogwill y he disfrutado sentirme más cerca de una amiga que está lejos cuando cualquier frase de Dana Goddzer, el fabuloso personaje encarnado por Mirta Busnelli, nos juntaba en el muro de facebook. También he vivido con alegría la posibilidad de volver a hablar el mismo idioma que mis alumnos , cuando una clase sobre ciencia ficción se desvió hacia los cambios de épocas: ellos hablaron, como quien habla de piezas de museo, del Italpark, de Pumper Nik, del cofre de la felicidad que permitía a aquellos que obtenían la llave ganadora viajar a Bariloche, del casette y de su relación fundamental  y casi amorosa con la lapicera y de cómo su realidad de adolescentes era tan diferente y a la vez tan cercana a la de sus padres.

Graduados tuvo un “gancho” infalible: apeló con audacia a la nostalgia más profunda. Los 80´ regresaban cada noche para recordarnos quiénes fuimos y  ya no volveremos a ser. Todos estábamos ahí: los que fuimos niños en aquellos años, los que vivieron su adolescencia más furiosa en pleno resurgimiento de rock nacional, los que vieron crecer a sus hijos y a sus nietos en las mieles de la primavera democrática y también los otros, los que no entendían nada pero quería saber de qué se trataba. Y cada viaje hacia el pasado de los protagonistas, nos embarcaba en nuestro propio itinerario de barrio, escuela, familia y amigos. La empatía funcionó perfectamente.

Claro que no fue sólo eso. Era una comedia coral donde, por momentos, perdíamos de vista a los protagonistas para centrarnos en otros personajes que se fueron espesando y cuyas propias historias se volvieron imprescindibles. Imposible olvidar a Clarita, la mucama interpretada por Mercedes Scápola, que logró correrse del cliché para componer a la cordobesa más creíble de la televisión argentina sin serlo; y a Walter “el chino” Mao (Chang King Sung), el delirante asistente de Clemente Falsini (Juan Leyrado) sin cuyas intervenciones nada (pero nada) hubiese sido igual.

Otro gran acierto fue evitar la fórmula fácil a la hora de armar el elenco y recurrir a una serie de actores, digamos, “poco televisivos”. Lejos de la figura del galancito, Daniel Hendler, actor de intervenciones efímeras en televisión pero de gran trayectoria cinematográfica, supo componer un héroe perdedor incapaz de abandonar sus ideales pero, sobre todo, de crecer. Paola Barrientos, reconocidísima actriz de teatro que supo lucirse en obras como Un tranvía llamado deseo, Estado de Ira y últimamente en Las criadas, brilló con la entrañable Victoria Lauría, una psiquiatra desquiciada y buena amiga, a la espera del  verdadero amor.

Nos llevaría una vida nombrar a todos los actores pero sí cabe destacar que fueron un grupo compacto, que cada actor encontró en el otro un espejo donde mirarse para ser mejor y que, aunque no se sepan los nombres, es seguro que todos recordarán por mucho tiempo a los Goddzer, a Loly, a Bon Jovi, a Augusto, a Jimena Benítez devenida en Patricia Longo, a Guillermo Almada, a Martincito, a Vero y a Tuca, personajes con dobleces que, a pesar de las convenciones de un género que gusta de los extremos, no fueron ni del todo buenos ni del todo malos, simplemente fueron, con todo lo que supone ser un buen personaje de ficción.

Sabemos que sin autor no hay obra y también que un final tibio no desmerece un ciclo cautivante. Por eso mencionamos y aplaudimos a Ernesto Korovsky, Gabriela Bono, Silvina Fredjkes, Alejandro Quesada, Ana Goldemberg, Martín Méndez y Santiago Martorana que nos regalaron una historia (que fueron en realidad muchas historias) fresca, entretenida, verdaderamente divertida y con algunas buenas dosis de sincera emoción. No creo que se le pueda pedir mucho más a una ficción televisiva.

Terminó Graduados, lo escribo para convencerme y para barajar nuevas posibilidades. Mientras me voy, saludo a mis amigas y a mi mamá con quienes compartí esta dulce complicidad. Es sólo televisión pero nos gusta…

 

  • Vero

    va ser difícil olvidar una novela donde se fueron cruzando muchas vidas: las de ellos y las nuestras!…los vamos a extrañar!