De realidades, ficciones y luchas en Checkpoint Rock

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Descubro en estos días de incipiente verano “Checkpoint Rock” (2009), la película Fermín Muguruza. Me encuentro con la fascinante vitalidad de los músicos palestinos, que resisten ante todo y contra todo. Los géneros de la música occidental: rock, hip hop, rap, mezclados con instrumentos de Medio Oriente como el laúd, adquieren un nuevo brillo, un aura que sólo puede tener sentido en una coyuntura tan injusta. “Nuestra realidad es ficción para ustedes”, afirma uno de los músicos a cámara. Pienso que existen tantas realidades y tantos mundos posibles como países, clases sociales e individuos haya. Realidad y ficción son dos conceptos opuestos que no son tales, que se resignifican mutuamente en cualquier circunstancia, en distintos momentos. Pienso que escribo estas líneas, en las que intento reflexionar sobre la reversibilidad de estos conceptos, justo un 20 de diciembre, cuando un día como hoy pero hace once años, este país estallaba en pedazos y la realidad se asemejaba a las peores pesadillas, las mismas que es capaz de generar la más potente de las películas de terror. Sólo que para el pueblo palestino la terrorífica realidad continúa desde hace décadas y más décadas, todos los días, a cada hora. Peor aún: se acentúa. Y sin embargo la película nos muestra que la música actúa como una suerte de bálsamo, como una instancia de refugio, de resistencia y de recordatorio de un pasado y un presente de saqueo, de destrucción y de barbarie, y de un futuro prometedor, que augura la liberación.

Unos de los momentos de la más pura conmoción que haya experimentado en mucho tiempo ante una pantalla de cine, es aquel en que unos músicos tocan el laúd, mientras se escucha la voz del poeta Mahmoud Darwish, entonando los versos de su poesía: “No hay tiempo para el mañana”. Pienso entonces que efectivamente quizás ya no haya más tiempo que perder. No porque el mundo se termine mañana, tal como pronostican quienes han interpretado erróneamente el calendario maya, sino porque la lucha es hoy. Todas las luchas, todas por igual, empezando por la de un pueblo que reclama y exige el fin de una ocupación absurda, que ha dejado miles de muertos en el camino. Y continuando por la de cada uno de nosotros, en nuestras vidas cotidianas: una lucha contra la anestesia que impone la rutina, contra todos los imperios. Una lucha contra el odio. Pienso entonces que la música es quizás una de las actividades más maravillosas que creó el hombre. Y la guerra, la más deleznable. Esos versos se resignifican en mí: “No hay tiempo para el mañana”. No, no lo hay. Sólo hay tiempo, hoy, ahora y siempre, para luchar y disfrutar.