Cenizas

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Cenizas, protagonizada por el maravilloso Patricio Contreras y dirigida por Alejandro Tantanian, cierra su temporada este fin de semana.  

Palabras para despertar muertos

Hay obras que te parten al medio como un rayo, otras que te generan ira, ganas de matar o morir, amor, desafección, nostalgia, nada. Hay obras que te duran en la mente sólo un suspiro y otras que no podés quitarte de la cabeza. Acertar con la elección de alguna puesta para ver es “a suerte o verdad” porque ni un actor preferido ni un autor de renombre  ni ningún otro criterio falible  nos pueden asegurar que la aventura (el teatro siempre lo es) será finalmente satisfactoria. El teatro es riesgo y lo supone.

Cenizas parece recurrir a una especie de fórmula de éxito que, en los últimos años, ha invadido los escenarios porteños (por lo menos los del  llamado Circuito Comercial): un gran actor, un director talentoso y una obra reconocida (y extranjera) a la que se le adjudica cierto grado de osadía. La misma dupla de Blackbird (Tantanian y Contreras) nos ofrece aquí el unipersonal escrito por Neil LaBute, el mismo que escribiese la controvertida Gorda, obra que se presentó también en Buenos Aires con gran convocatoria de público.

La historia nos regala una tragedia moderna en la que el destino del héroe es buscado, anhelado y no impuesto por el azar o el oráculo.  Edward Carr es un empresario exitoso, buen padre y buen esposo que debe afrontar la pérdida de su mujer después de una larga enfermedad. La escena transcurre durante el velorio de MariJo pero en un espacio intimo, casi de ensueño, un espacio incierto, nebuloso (como el humo que se desprende de los cigarrillos que fuma sin parar) donde el espectador puede acceder a los pensamientos profundos del protagonista. Su mente discurre, mientras del otro lado de la puerta quedan los familiares y las convenciones del duelo que todo hombre debiera respetar. Dice no ser bueno con las palabras pero, a medida que hace un racconto de la vida junto a su amada, nos damos cuenta de que es elocuente y que puede convencer de cualquier cosa. También dilucidamos que nos retacea información y nos convierte en cómplices de un secreto que quizá no queramos saber por sórdido e irreverente. Habla de las formas de amar, del deseo y su persistencia, de la muerte, de dolor de ver morir al otro.  Pronuncia algunas “palabras para despertar muertos”, para provocar o despabilar, cuatro palabras le sirven para revelar una existencia.

Muchas y muy buenas fueron las críticas que mereció esta propuesta a lo largo de estos meses de presentaciones. Su punto más álgido es la actuación de Patricio Contreras que demuestra una vez más su precioso talento y su enorme capacidad para dominar el escenario y hechizar al público. La puesta en escena es correcta y sólida, en esa sutil eliminación de la cuarta pared, y la escenografía denota una pulcritud que oculta la suciedad del inesperado final. Sin embargo, todos estos aciertos pierden intensidad en la dramaturgia que resulta débil y poco arriesgada a pesar de su aparente transgresión.

Cenizas es una buena obra de teatro, hecha para gustar. Y como sobre gustos se ha escrito mucho, podemos esperar diferentes reacciones del público: algunos llorarán en la inevitable identificación  previa y otros creerán que a veces se necesita mucho más que un gran efecto final para conmover y sentirse conmovido.