El fin del mundo o el comienzo de otra zoncera

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Cada vez que hay alguna fecha singular, una reiteración de números en las cifras del mes, del día o del año, una combinación simétrica o capicúa o una que marca el comienzo o el fin de una serie numérica, surgen por doquier teorías y conjeturas sobre el fin del mundo. La más próxima tiene que ver con una fecha redundante, aunque no capicúa, 21/12/2012 y una suerte de burda interpretación de un calendario maya cuyo fin inevitable es la perdición.

En la historia de la humanidad la función de los calendarios fue siempre la de organizar la agenda de los cultivos, de las siembras y de las cosechas. La supervivencia depende de los alimentos y por ello la precisión de los calendarios es siempre una condición necesaria. De allí que los pueblos con los almanaques más precisos fueron siempre los pueblos agricultores. Entre los cazadores recolectores ese tipo de precisión es espuria y sus calendarios remiten a los tiempos de las migraciones de los animales, a sus períodos reproductivos, a las floraciones de bosques y praderas y a las estaciones del año en donde hay disponibilidad de agua.

A partir de la revolución científica iniciada en el Renaciemiento, comenzaron a aparecer otras necesidades en el horizonte científico y fue menester crear otras clases de almanaques. La astronomía ya no sólo se ocupó de las prioridades terrenales sino que comenzó a observar directamente al mismo universo. Fue entonces imprescindible crear nuevos calendarios, ya que las temporalidades terrestres resultaron insignificantes ante el vasto espacio-tiempo del cosmos.

En la actualidad poca gente sabe, por ejemplo, que el 1 de enero de 2013 entramos en el año 33 de la era Unix, que no se cuenta en años ni en días o meses, sino en segundos (ya superamos los 1355239830 segundos desde el comienzo de la era) y que no toma en cuenta los desajustes provocados por los años bisiestos. Este calendario se adecua a las necesidades de las computadoras y aprovecha las facilidades para el cálculo que poseen y aunque no lo notemos, rige nuestras vidas.

Ningún calendario puede predecir el fin del mundo, básicamente porque el final del planeta tierra no se va a realizar en un solo día. Lo más parecido a un fin del mundo que hubo en la historia de la vida fueron los episodios conocidos como “extinciones masivas”. Hasta ahora fueron 6 y todas sucedieron en los últimos 550 millones de años. En cada una de ellas se extinguieron más del 70% de las especies del planeta. Las causas siempre fueron múltiples y muchas veces combinadas. Desde cambios climáticos, pasando por mega erupciones volcánicas hasta caídas de meteoritos. La más famosa de estas extinciones es, sin lugar a dudas, la del Cretácico, ya que significó la desaparición de los grandes dinosaurios de la faz de la tierra, hace 65 millones de años. Pero hubo otras mucho peores, como la del Pérmico, hace 250 millones de años, donde se extinguieron el 95% de las especies marinas y el 70% de los vertebrados terrestres. Esta megaextinción fue generada por una multiplicidad de causas, entre las que sobresalen una inconmensurable actividad volcánica, el impacto de un meteorito y la liberación de gases en los mares y en la atmósfera con el consiguiente efecto invernadero letal.

Ninguna de estas extinciones se desarrolló en el transcurso de un día. Aún aquellas como las del Cretáico, donde la hipótesis del meteorito cobra cada vez más fuerza, pudo nunca transcurrir en un solo día. El meteorito cayó y generó una explosión gigante, de una magnitud superior a la de varias bombas atómicas. Pero los efectos de la extinción no fueron inmediatos, mucho menos si los medimos con el calibre de la corta vida del ser humano. Con suerte vivimos hasta los 75 años de edad en promedio. Lo que se denomina un efecto muy veloz en términos geológicos son, como poco, 500.000 años. Nunca menos (como decimos por aquí). Una vez desatadas las fuerzas del infierno extintor, se produce una resistencia de esas especies, que tratan de encontrar la manera de sobrevivir. Y como la vida, en su conjunto, no es un artilugio frágil (frágiles somos los individuos), al ángel exterminador le cuesta trabajo llevarse a las víctimas. Tarda cientos de miles de años en poner a descansar su guadaña.

El ser humano está acumulando méritos para convertirse en un ángel exterminador antrópico. El capitalismo es voraz. Está en su génesis convertir todo en mercancía, aún cuando esta transformación transite el camino de la destrucción. Hacia allá vamos, aunque ese fin no va a llegar en un solo día. Por cierto, ¿cuál es el fin que invocan? ¿el de la humanidad, el de la vida en la Tierra, el del planeta, el del sistema solar, el de la galaxia o el del universo?. Cualquiera sea el fin, nunca va a llegar en un solo día. Sólo las cosas muy pequeñas, los individuos por ejemplo, mueren en un día. El resto, siempre se las arregla para perdurar.