Semana de Cine Europeo: Holy Motors

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La última película de Leos Carax es una película viva. Una que mira para atrás, a la historia del cine, para alimentarse, pero también para adelante, al  futuro del cine, para seguir respirando.

LIMUCINE

¿Como se hace para meter tanto cine en palabras, oraciones, ideas, sin sentir que al abecedario le faltan letras o que uno no está a la altura? ¿Como hago para hablar de Holy Motors sin ceder al simple y cómodo recurso de los adjetivos calificativos (¡soberbia, enorme, sorprendente etc., etc., etc.!)? Dejemos que  la pasión mande, a ver qué pasa.

Un hombre (el propio director) se despierta, encuentra una puerta misteriosa en su habitación, la abre y un pasillo, poco iluminado, conduce el interior de un cine. La función ya comenzó. Una limusina blanca recorre las calles de Paris, desde el nacimiento del día hasta la noche profunda. En su interior, una especie de camarín de las musas ambulante, Oscar (Denis Lavant, en la piel de este y 10 personajes más) se prepara o caracteriza antes de salir a escena, a cumplir trabajos de las más variadas características. Eso es todo, amigos. Y no es poco. Por que cuando digo todo, todo esta ahí: La comedia y el Melo, y el musical más triste del mundo sin paraguas ni lluvias. Y Michel Piccoli, haciendo de Dios o del jefe, o de los dos. Los ricos y los pobres, y el sexo alienígena, y la verdadera razón de ser de la pantalla verde. Y mucho, mucho más. Los orígenes del cinematógrafo se dan la mano con Cars, y Jaques Demmy  pasea con Georges Franju por  La “Ville Lumière” (así en Francés  no por fino, si  no para que el nombre de los hermanos no falte a la cita) Y estoy seguro que muchos mas están presentes, a lo mejor me los perdí o seguramente cuando  haya terminado de escribir los recuerde. Quedará en el lector y, ojalá, futuro espectador el placer de descubrirlos, inventarlos o dejarse llevar, sin más.

Aceptar emprender un viaje de mentiras, sin mapas y con destino incierto. Con un conductor avezado, Leos Carax manejando un formula uno; O si prefieren imaginar los inicios: un espectáculo de ferias, un show de mago o ilusionista haciéndonos creer en imposibles, Leos Carax de esmoquin y chistera; O de equilibrista en las alturas, a punto de caer, Leos Carax algún palo se pega, pero se levanta y sigue. Hay que decirlo: en el caso de Holy Motors un espectáculo de ferias algo sofisticado, fino y a lo mejor canchero, pero una película que a fuerza de prepotencia visual y sonora nos lleva puestos, nos atropella, nos quiebra un par de huesos, pero así, maltrechos, hechos mierdas, nos levantamos y  pedimos mas, otra vuelta. Sacar ticket de nuevo para que nos vuelva mentir, para encontrar las costuras y preguntarnos: ¿Cómo lo hace?

Holy Motors es una película(o muchas) cinéfila, pero, por extraño que esto parezca, no mortuoria. Es una película viva. Una que mira para atrás, a la historia del cine, para alimentarse, pero también para adelante, al  futuro del cine, para seguir respirando. Una película que tiene los argumentos suficientes, potentes y macizos, como para afirmar y afirmarnos, aunque varios desde la década del 60, lo hayan dado por muerto y enterrado, que el cine no se va a morir nunca y en el interior de una sala compartida, menos aun.