Mala fama

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Mala fama es una obra inquietante que se destaca por incluir en su elenco a un actor sordo pero más por sólida construcción y sus buenas actuaciones. 

Ciegos, sordos y mudos

En Mala fama hay ecos que vienen de muy lejos y otros de un pasado cercano y difícil. Sergio (Adrián Fiora) regresa al barrio de la infancia en busca de respuestas y, quizás también, de perdón. Allí ha dejado a su madre, a un amigo con el peso de su propio drama familiar y el secreto de un delito compartido. Sergio no es el protagonista de esta historia, auspicia más bien como narrador- personaje participando o saliendo de las escenas para darnos una visión externa y despojada de prejuicios. Nos abre la ventana a lo siniestro como quien regala un pasaje al infierno.

En un vaivén temporal que mezcla, pero no confunde, varios tiempos (hay escenas en pasado relatadas en forma de recuerdos por los personajes, escenas en tiempo pasado actuado como si fueran un presente, y escenas en tiempo presente real), conocemos la vida de Ramón (Jorge Noguera), un  joven enojado con su destino y dispuesto a cambiarlo aunque eso suponga desbaratar o destruir otras vidas.  Ramón vive con su hermano sordomudo (Carlos Reynoso) y con su padre (Luis Pasquali) que ha ido perdiendo la vista con el transcurso de los años. A la escena se suma, Yolanda (Silvia Bassi), la madre de Sergio, que es la vecina servicial y entrometida que se inmiscuye en  ese hogar sin madre, hablando mucho sin decir nada.

Schelling, antes que Freud, indicó que lo siniestro “nombra todo aquello que debió haber permanecido en secreto, escondido, y que sin embargo ha salido a la luz”.  A lo largo de la obra se mostrarán los oscuros vínculos entre los personajes y los hechos del pasado que los devela como seres frágiles y enfermos. La discapacidad física ( que permite incluir en la trama a un actor sordo) se desplaza, mediante la alegoría, hacia la discapacidad emocional que termina siendo más nociva e irreversible: todo lo que ocurre es tan inquietante y perturbador que el protagonista termina deseando aquello que nadie jamás desearía, termina queriendo aquello que, por naturaleza o destino, le fue negado.

Construida desde el costumbrismo, la obra rescata la esencia de la tragedia griega (el padre se queda ciego como aquel Edipo que cuando tuvo ojos no pudo ver) aunque le quita su rasgo moralizante: los personajes son presentados en todas sus contradicciones pero no juzgados (¿Quién podría hacerlo?), nadie es totalmente bueno o malo en una historia donde todos son, finalmente, ciegos, sordos y mudos.

Mala fama marca el debut como director de Marcelo Iglesias, a quien hemos visto brillar en obras como Diva, Loco Afán y Mátame de nuevo (sólo por nombrar algunas de la última época). Es un trabajo sólido donde todo está bien hecho: la escenografía, la música (“Con los ojos no te veo” reza la canción de Cerati que acompaña cada cambio de escena) y la iluminación rescatan ese ambiente de opresión y hastío que atraviesa el conflicto y marcan el ritmo de la buena interpretación de los actores.

Con un final inesperado,  la obra abre un sinfín de interrogantes sobre los lazos familiares, sobre la influencia de la infancia en nuestras vidas y sobre la posibilidad de atenerse al destino o cambiarlo sobre la marcha. Nos machaca también una pregunta (¿Hasta dónde se puede llegar por una caricia?) de la que nos da miedo conocer la respuesta. No queremos.