Sie7e psicópatas

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Sin el nivel de la ópera prima, Martin McDonagh, recurre nuevamente a Colin Farrell esta vez como un guionista al que le faltan ideas. 

El inglés Martin McDonagh sorprendió hace cuatro años con su opera prima “Escondidos en Brujas”. Ahora con su segunda película no ocurre lo mismo. Ambas tienen en común al actor irlandés Colin Farrell, además de compartir similar género. Pero las analogías terminan aquí.

“Sie7e psicópatas” (“Seven Psycopaths”) cambia de escenario al trasladar la acción de Europa a los Estados Unidos y termina perdiendo, lo que quizás sea atribuible a que el realizador se pueda haber sentido más cómodo filmando en su propio continente que en Hollywood.

La idea en sí no era mala al mostrar a un guionista (Farrell) que, falto de ideas, busca ayuda en Billy, un imprevisible amigo (convincente Sam Rockwell) para establecer una lista y descripción de los siete psicópatas del título, para su nuevo film.

La búsqueda se va encadenando con la aparición de varios personajes, algunos psicópatas y otros víctimas de los mismos, generalmente interpretados por notables actores. Entre ellos sobresale Hans a quien da vida Christopher Walken, recordado por su dramático personaje de “El francotirador” o el más cómico de “Tiempos violentos” (“Pulp Fiction”). No le queda en saga Charlie (Woody Harrelson) a quien Billy le ha robado su perrito, quien merecería ser nominado a algún premio otorgable a animales (recordar “El artista”).

Hay aún algunas otras apariciones muy festejables como las de Tom Waits (impagable en el epílogo) o la muy episódica de Harry Dean Stanton pero lo que falta es justamente aquello de lo que trata la película, es decir un guión más coherente.

Se adivinan diversas influencias en “Sie7e psicópatas”, en su mayoría asociadas al cine negro y al thriller.  Por momentos evoca a Tarantino, en otros a Guy Ritchie (“Juegos, trampas y dos armas humeantes”) e incluso a los hermanos Coen sin alcanzar la precisión de estos en cuanto a consistencia en la trama de tempranos films tales como “Simplemente sangre” o “De paseo a la muerte”. Algunas escenas serán juzgadas violentas aunque su inclusión resulta justificada.

La historia pierde un poco de fuerza en su tramo intermedio pero por suerte remonta hacia el final y si hay algo que puede destacarse positivamente es que el cierre convence al develar algunas incógnitas e identidades de más de un personaje, entre los cuales algunos afectados del síndrome del título.

Lo más probable es que las opiniones de los espectadores sean disímiles por lo que, sin ser una obra mayor, puede ser del gusto de cierto tipo de público no necesariamente complaciente.