Elle s’appelle Sabine, en el Festival de Mar del Plata y en la Lugones

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El amor fraterno en un documental que denuncia el abandono en terreno de salud mental. “Elle s’appelle Sabine” (2007) de Sandrine Bonnaire, film estrenado por primera vez en la Argentina durante el 27° Festival Internacional de Mar del Plata, llega esta semana a la Sala Leopoldo Lugones.

El otro puede ser constituido por las relaciones fraternales cuando no hay otro en las relaciones filiales -podría ser la tesis de este documental más que personal de Sandrine Bonnaire. Son muchas las preguntas que se hace el film, su directora, su espectador.

¿Puede una relación pésima con una madre pésima dar como resultado dos caras de una misma moneda?  A saber: Sandrine, bella actiz francesa del star system galo, deseada, admirada en su sensibilidad e inteligencia, protagonista de filmes de los mejores directores del siglo: Chabrol, Rivette, Doillon, Leconte, Varda; Sabine, una niña autista que se convierte en una mujer despreciada por la sociedad, representante del infierno más temido: la locura femenina, y por ese mismo motivo, destruida por las instituciones que deberían cuidarla: la escuela y el hospital psiquiátrico.

Este film muestra el modo en que el discurso positivista de la medicina destruye la integridad de los sujetos que se constituyen en su objeto de trabajo, de estudio, de investigación. También muestra los límites del discurso materno.

¿Cómo una mujer bella, sensible, afectiva, inteligente, que tiene una disminución de sus capacidades mentales, una debilidad mental, es destruida por un sistema que pregona el respeto por las diferencias y la igualdad ante las leyes, pero que sin embargo, no soporta al otro que le es ajeno a la racionalidad mecánica con la que funciona?

¿Cómo el deseo de la madre -más bien su goce- enferma a los hijos?

Hace años escribí mi pretesis para la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica: “Eva en cadenas”, con Erica Rivas y Cristina Lastra. En ese cortometraje, una asistente social de un juzgado –Lastra- tenía la misión de convencer a una psicótica –Rivas- de entregarse a la fuerza policial para ser internada por orden de un juez que recibía infinidad de denuncias de los vecinos. Erica era bella, inteligente, seductora, como Sabine en su adolescencia y juventud. La asistente social se veía atraída por esa belleza e inteligencia, y frente al mandato del juzgado, veía tambalear sus convicciones, sabía que una internación psiquiátrica convertiría la belleza de Erica Rivas en un despojo humano.

Vi Elle s’appelle Sabine en el último festival de Mar del Plata  y escuché la presentación de la actriz ahora directora Sandrine Bonnaire. Sus palabras me recordaron los argumentos y la hipótesis de ese trabajo arduo, que incluyó una investigación sobre psiquiatría y psicosis y terminó en una despojada y siniestra ficción de 15 minutos, con el premio a la mejor actriz para Erica, bellísima joven de 19 años en ese momento, otorgado por el Festival de Villa Gessell.

Bonnaire toma el toro por las astas. Denuncia el abandono que el estado francés hace de las personas con discapacidades mentales. Demuestra el modo en que el cuerpo de una joven autista es derruido, masacradas todas sus capacidades previas -tocar el piano, tejer, leer, bailar- y reducida la mujer a una masa inerte a la que solo le espera la muerte.

La salud mental no es, en este sistema de producción de capital, un tema del que se haga cargo el estado, salvo en instituciones como los “manicomios”, de larga data, creados antes de la imposición de la división internacional de trabajo y su consecuente racionalización del aparato represivo-estatal. Hoy en día, desde un discurso falsamente progresista, se habla de la desmanicomialización del aparato de salud, linda palabra que lleva a tomar decisiones peores que las anteriores: cerrar el Borda, entregar la enfermedad mental a la estructura familiar –que a menudo la provocó- abandonar a los pacientes, a que deambulen por la ciudad, para que sean los propios ciudadanos, sumidos en los terrores impuestos por el sistema del capital, quienes descarten al resto de “los otros”: el otro pobre, el otro extranjero, el otro enfermo, el otro loco.

El documental de Bonnaire es un documental político. No es un documental que enuncia principios o declama a través de declaraciones elaboradas por bienpensantes. Es un documental realizado por la voz subjetiva de una mujer que mira con la sensibilidad de una hermana, una madre, una indignada, una mirada comprometida con el ser que tiene enfrente, su hermana, y que ya no puede defenderse  por sus propios medios, un ser que ha sido masacrado por el estado que pregona la libertad, la fraternidad y la igualdad entre los seres humanos. Contradictoriamente, la patria de Lacan.

Su mirada parte de la intimidad y de la vida en común tenida con su hermana como su doble en la infancia –como todo hermano de la infancia. Unos años más tarde, los hermanos, se van de la casa familiar y el hermano mayor, muere. Ese desgarramiento de la estructura familiar que organizaba la vida de Sabine surte en ella el peor de los efectos, provocando en  la joven  sus primeros brotes autodestructivos. La madre no tiene mejor idea que llevarla al campo y seguirla separando de todo contacto fraternal. La chica empeora. Los médicos no saben qué hacer con ella. La familia, decide internarla.

Cinco años en un psiquiátrico bastan para hacer de una persona un animal.

Pero Sabine ha tenido suerte: Sandrine Bonnaire, otrora su hermana amada, ha podido separarse de esa madre y la ama. ¿Cómo es la forma del amor? ¿Cómo hace el amor para curar o para mejorar a las personas? ¿Cómo, en términos políticos, se puede considerar el efecto constructivo de las relaciones amorosas en un mundo cuya praxis política lleva a la destrucción de hombres, mujeres, niños, ancianos, comunidades étnicas y religiosas, aldeas, regiones, países?

La fuerza constructiva del amor de Sandrine Bonnaire, su mirada bella y trágica de la vida, nos entregan uno de los mejores documentales realizados sobre el tema. Psiquiatras, neurólogos, psicólogos y psicoanalistas, no abstenerse.